Cuando la fantasía del viajero se transforma en desinformación

Al encontrar figuras reales en los textos antiguos pero sometidas a definiciones erróneas, entonces no podemos hablar de fantasías, y entramos de lleno en el nebuloso mundo de la desinformación

Los platos labiales que comenzaron como un método de protección contra los traficantes de esclavos han terminado por ser un elemento estético femenino
Los platos labiales que comenzaron como un método de protección contra los traficantes de esclavos han terminado por ser un elemento estético femenino FOTO: Rod Waddington (nombre del dueño) https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/

Cuando los expertos de la barra del bar tragan un sorbo de su cervecita y señalan con mucho convencimiento que vivimos en la época de la desinformación, es preciso que saquemos a la luz este artículo para mostrarles que el asunto de la desinformación es tan viejo como la misma información. Que el contenido de los engaños habrá cambiado, puede ser. Pero el continente, esto es, los engaños en sí mismos, no son nada nuevo. Cojamos por ejemplo el mapa de Las crónicas de Núremberg. Estamos hablando de una obra artística exquisita y con un valor histórico incalculable, impreso en la ciudad alemana de Núremberg en 1493. La gracia de esta obra reside en que se trata de una crónica de la Historia de la humanidad, desde los tiempos de la creación cristiana hasta el siglo XV. El autor se basó en testimonios de sabios del calibre de Plinio el Viejo, Pomponio Mela o Beda el Venerable, que se dice pronto, porque estamos hablando de hombres de una fama universal.

Todos los hombres sabios del planeta, algunos de los cuales se estudian hoy en los colegios, se ilustraron durante siglos en el mapa de Las crónicas de Núremberg, y muchos de sus movimientos en pro del desarrollo de la humanidad estuvieron sustentados en algunas de las afirmaciones de dicha obra. Es importante que consideremos esto, a la hora de hablar de desinformación. Viajeros de todo el mundo susurraron sus secretos en las tabernas más oscuras, aventureros de fama conversaron con literatos de nombre inmortal a lo largo de milenios, hasta que todos esos susurros y esas conversaciones acabaron reunidos en las crónicas que estudiamos hoy. Si fuésemos sensibles plebeyos del siglo XVI, habríamos escuchado de la boca de los hombres más reputados distintas afirmaciones basadas en las crónicas, y, sin lugar a dudas, habríamos creído todas sus fantasías a rajatabla.

Mapa de Las Crónicas de Nuremberg donde aparecen representados los tres hijos de Noé y "siete razas monstruosas".
Mapa de Las Crónicas de Nuremberg donde aparecen representados los tres hijos de Noé y "siete razas monstruosas". FOTO: Crónicas de Nuremberg

Criaturas fantásticas... ¿o no?

Pero. Y este pero es enorme. Pero mucho de lo que mencionan estas crónicas está tergiversado por la mano negra de la desinformación. Hoy vamos a escuchar los susurros desinformativos de las tabernas medievales, seremos viajeros del medievo, y leyendo la sarta de incredulidades que se creían en la época llegaremos a la conclusión de que, muy probablemente, hoy nos creemos otra sarta de imbecilidades que harán levantarse más de una ceja de nuestros descendientes. Porque nadie puede creer hoy que existan...

  • Los nisyti que habitaban en Etiopía. Plinio el Viejo alabó la puntería en el tiro con arco de los pueblos del este, utilizando la analogía de que algunos etíopes parecían tener cuatro ojos, y sus sucesores se tomaron esta analogía al pie de la letra inventando la raza nisyti. Que supuestamente eran hombres con dos pares de ojos en lugar de uno.
  • Los blemia, que deben su nombre a una tribu nómada de Nubia que existió realmente hasta principios del medievo. Sin embargo, autores tan poco fiables en materias antropológicas como Shakespeare utilizaron este vocablo para designar a una tribu ficticia de hombres acéfalos, cuyos ojos, boca y nariz estaban incrustados en su tórax y su abdomen. Schedel llegó a ubicarlos sin hesitación en Libia, mientras otros exploradores aseguraron haberlos encontrado en la Guayana.
Los acéfalos de la Guayana según un grabado del siglo XVI.
Los acéfalos de la Guayana según un grabado del siglo XVI. FOTO: Jodocus Honius
  • Los bebedores con pajita de la India. Yo mismo he conocido a los bebedores con pajita y si bien es cierto que existen, la desinformación medieval desfiguró su verdadera esencia. Determinadas sectas hindúes consumen desde hace milenios un batido hecho con cannabis y conocido como Bhang Lassi (hoy puede probarse en la India), precisamente utilizando pajitas para tan psicodélico consumo. Pero decir que no son capaces de comer sin pajita por lo pequeñas que son sus bocas, o que se nutrían casi en exclusiva de los olores de las flores... decir que los malos olores eran capaces de matarlos... esto es un ejemplo de desinformación medieval de manual.
  • Los amyctyrae. Todos hemos visto fotografías de las tribus africanas mursi, que utilizan grandes discos de arcilla para aumentar la extensión de sus labios inferiores hasta concederles una forma excéntrica y ovalada. Hasta aquí estamos hablando de información. Ahora, cuando aseguramos que únicamente se alimentan de carne cruda y que utilizan el labio como sombrilla si hace mucho sol, entonces estamos formulando un chiste malo o cayendo de lleno en la trampa de la desinformación fantasiosa.
  • Los panóteos de Sicilia. Esta tribu era conocida en el medievo por la larga extensión de sus orejas, que utilizaban como manta para taparse si hacía frío (esto ya suena a cachondeo) o incluso para echar a volar tan lejos como quisieran. Mi mujer piensa que los panóteos pueden ser individuos víctimas de algún tipo de enfermedad genética que les hizo nacer con las orejas más grandes de lo normal, y que los antiguos exageraron su tamaño para otorgarles propiedades voladoras. Y puede ser que mi mujer haya dado en el clavo.
  • Las mujeres barbudas. Que existen. Sin duda. Sin embargo, lo que hoy se considera como una mujer víctima de un desajuste hormonal por exceso de andrógenos, entonces era señalado por los antiguos como una criatura mitológica y, por supuesto, de todo menos humana. El propio Plinio advertía que debíamos evitar a las mujeres con barba como si fueran la peste.
Retrato de Helena Antonia, dama de compañía de Constanza de Austria.
Retrato de Helena Antonia, dama de compañía de Constanza de Austria. FOTO: Piotr Łukaszewicz
  • Los cinocéfalos. Tenemos que entender que todo lo que fuera diferente era muy impactante para los antiguos que se paseaban por las selvas tropicales, así, con sus lanzas de madera y sus mentes carcomidas por el cornezuelo y las supersticiones religiosas. Entonces, donde nosotros vemos a un sencillo babuino, ellos veían a los temibles cinocéfalos, criaturas con cuerpo de hombre y cabeza de perro y capaces de cazar puñeteros pájaros con las manos, gracias a su habilidad a la hora de moverse por las ramas de los árboles.
  • Los hombres y mujeres con seis dedos. Que fíjate tú. Una anomalía genética tan común como cualquier otra, cuyo primer testimonio puede encontrarse en los textos de Plinio cuando escribió sobre las hijas de un patricio romano, se transformó con el paso de los años en una serie de criaturas que vivían desnudas en el agua y con grandes cantidades de vello en todo el cuerpo...

Podríamos encontrar otras criaturas en el amplio abanico de desinformación que nos confieren Las crónicas de Nuremberg, pero creo que los ejemplos descritos en este artículo son suficientes para probar mi argumento. Que la desinformación es tan antigua como la vida misma, que los viajeros del pasado se zambullían en la aventura con el convencimiento de que tarde o temprano se encontrarían con cualquier clase de bestias como las aquí descritas. Cuando un político vocifera hoy en la tarima una serie de adjetivos peyorativos para describir a los musulmanes o los subsaharianos (o los capitalistas estadounidenses, tanto da), este no deja de ser un nuevo tipo de desinformación basada en la ignorancia y el temor a lo desconocido, una nueva fantasía producto de nuestra época y que, muy probablemente, será ridiculizada dentro de 500 años por un compañero periodista de viajes que escriba sobre la desinformación del siglo XXI. A fin de cuentas, según dicen los expertos, el tamaño de nuestro cerebro no ha hecho sino disminuir un 10% en los últimos 30.000 años...