Una visita de cortesía al antipapa en Peñíscola

El Papa Luna nos espera transformado en estatua en la zona más elevada de la localidad castellonense

Vistas de Peñíscola.
Vistas de Peñíscola. FOTO: Alfonso Masoliver

Desde este mismo instante, ya no estamos a enero de 2022. Fuera los dos patitos. Tampoco estamos en el sofá de casa rascándonos esa tripita genuina, incluso desaparece la pantalla del móvil, se esfuma nuestro entorno mientras retrocedemos en el tiempo a una mañana de enero de 1422. Ni siquiera somos nosotros mismos quienes estamos: el desapego es absoluto mientras metamorfoseamos abruptamente en un caballero de la Orden de Santiago. Mira abajo. Tu montura te lleva a los muros de Peñíscola. Los tiempos han cambiado, otra vez. Hoy no encapotan las nubes el cielo valenciano pero sopla un viento que levanta los faldones de nuestra túnica y ensortija las crines del animal, es un viento húmedo, un viento tan húmedo que se siente palpable en nuestras mejillas, en los labios, incluso se siente palpable el sabor a sal que arrastra esta humedad del mar y la arena y olorcillos de olivos. Agradecemos el viento porque olemos mal y hace pocos kilómetros el caballo se encabritó al olernos el sobaco mientras subíamos, olemos de escándalo, es por las condiciones higiénicas de esta época. Atardecerá en pocas horas.

Jia, jia, Ruperta, vieja jamelga.., jia, condenada. Es importante que lleguemos antes de que anochezca.

El Papa Luna

Por el camino nos mentalizamos ante lo que vayamos a encontrar. Somos caballeros de la Orden de Santiago, ya lo he dicho. Gracias al Señor que hoy no nos toca ser caballeros de la Orden del Temple porque hace más de cien años que quemaron vivo a su líder cerca de París. Pero seguimos siendo servidores de la Iglesia Católica Apostólica Romana y quien nos recibirá en Peñíscola no es muy afín a la Iglesia Católica Apostólica Romana. Es el papa Benedicto XIII. ¿O mejor debería decir el papa Luna?

Castillo de Peñíscola.
Castillo de Peñíscola. FOTO: Alfonso Masoliver

Resulta que, en 1309, un papa francés decidió establecer su residencia en Aviñón (Francia) en lugar de la acostumbrada Roma, y menuda la que se armó. Los cardenales italianos se resintieron y nombraron un antipapa con sede en el Vaticano, provocando así un cisma cristiano que terminó con dos papas, uno en cada ciudad; hubo un amago de reconciliación que no sirvió de nada, en un momento de cachondeo hubo incluso un tercer papa elegido por los cardenales exiliados de los otros dos, el Espíritu Santo no daba a basto repartiendo papelitos. Y ciento y pico años después del inicio de la disputa acudimos a Peñíscola a visitar a Benedicto XIII. Somos portadores del enésimo mensaje con ofertas de paz que envía Roma.

¡Por fin aparece Peñíscola! Nadie discute su silueta blanca contra el fondo azul. La observamos unos momentos desde el monte y su península parece tan frágil desde allí, suspendida por un hilo de arena, que nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que no aguantará, que la ciudad se perderá en el mar dentro de doscientos o trescientos años. Únicamente el castillo parece capaz de resistirlo a todo desde lo alto de su peña, custodiado por una muralla de casas blancas que forman niveles hasta crear una imagen castiza de Minas Tirith. En las películas fantásticas todo tiene una apariencia fina y alargada, estilizada hasta el absoluto de un efecto de ordenador, pero cuando yo veo esas películas se me ocurre que sería un disparate malgastar los preciados recursos del planeta construyendo tantas virguerías. En el mundo real todo es más reducido, menos insinuante que las películas futuristas, más consciente de los recursos materiales y económicos, económicos también, porque dime tú cómo construirían Minas Tirith si no fueron alienígenas o con esclavos.

En la Peñíscola medieval

Sin embargo, esta aparente simplicidad aporta a nuestro mundo un elemento de densidad, hace que los objetos parezcan pesar un poquito más que en las películas, todo se puede palpar. Si nos cae una piedra encima, moriremos. El papa Luna puede ordenar nuestra muerte. No, de verdad, Orden de Santiago incluida, quién sabe, quién sabe lo que ocurrirá una vez lleguemos a la ciudad. Porque resulta que Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, el Papa Luna, es sucesor de otro señor al que nombraron Papa a las espaldas de Roma, algo así como cuando el impostor, el mariscal Denethor recibe a Gandalf y a Pippin en Gondor... ¿es demasiado tarde para cambiar la analogía?

Interior de Peñíscola.
Interior de Peñíscola. FOTO: Alfonso Masoliver

Pero ya hemos llegado ilesos a las puertas de la muralla de Peñíscola, la chupa de chapas de Roma. Somos caballeros de la Orden de Santiago en los últimos años del medievo, ni más ni menos. Entonces no debería sorprendernos que la muralla de Peñíscola no sea la misma que veríamos en el siglo XXI, haya calma, porque la muralla del siglo XXI la ordenó construir Carlos I y faltan setenta y ocho años para que el emperador llore por primera vez, todavía hay tiempo. Los guardias nos piden la documentación (o lo que fuera que se pedía en aquella época) y comenzamos la subida al castillo. Desde que el maestre de la Orden de la Montesa, Romeu de Cabrera, ofreció al papa fugitivo establecer su “sede papal” en Peñíscola, Luna no ha salido del bastión ni para dar una misa. Subimos la cuesta pero no pasamos junto al Bar Agustí o el Hotel El Maset porque en su lugar solo encontramos una caseta de los guardias que nos miran como ofuscados como culpándonos por el viento que hace hoy.

Fíjate si nos hemos ido atrás, que no encontramos ni la ermita de la Virgen de la Ermitana anexionada al castillo, porque esa la construyeron en el siglo XVIII y llegamos tarde, pronto, estamos en ese limbo extraño desde que la ciudad perteneció a los templarios hasta que comenzó la rebelión de las Germanías. Y ese limbo se llama Papa Luna. Cabalgamos al paso sobre Ruperta, atravesando una ciudad completamente diferente a la Peñíscola que conocemos. Es una segunda Peñíscola de una dimensión abierta en el pasado, como ocurría con los tres papas. Hemos cogido el camino que lleva al castillo por la Calle Mayor, interesados nada más que en llevar nuestro mensaje al moribundo papa y marcharnos de vuelta a Madrid (allí daremos respuesta al Cardenal Richelieu). Como deslizándonos llegamos al castillo de arriba.

Vuelta al siglo XXI

Estatua del Papa Luna en Peñíscola.
Estatua del Papa Luna en Peñíscola. FOTO: Lunamarina dreamstime

¡Snap! Si nos levantamos ahora mismo, cogemos el autobús y vamos de visita a Peñíscola, encontraremos los escenarios que sirvieron para películas y series de renombre, tales y como El Cid de Charlton Heston, Juego de Tronos y París-Tombuctú. Escenarios enredados con las telarañas de nuestro mundo, una península diminuta que todavía se agarra al hilillo de arena pero que antes o después inundarán las aguas, según aseguran los científicos de hoy. En el castillo de arriba del todo veríamos la estatua de un pontífice que señala con el gesto huraño a los inocentes paseantes, y en algún lugar de nuestra viva imaginación confundiríamos un recuerdo con un hecho real. Escuchamos a una mujer que dice que “Papa Luna” suena a nombre de trapero y nos sobreviene así un brote psicótico, rígidos en el sitio y rodeados, como traídos de otro mundo recordamos ese día de enero de 1422 que fuimos a llevarle un mensaje al antipapa. Entonces estaríamos dispuestos a jurar que el religioso nos recibió exactamente así.