martes, 25 julio 2017
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Cultura

El Prado sabe latín

  • La pinacoteca ofrece sus primeros itinerarios en latín alrededor de la obra mitológica de Rubens. Cuadros de temática grecorromana que servirán de excusa para juntar de nuevo a la lengua fundacional con la cultura europea

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«El Juicio de París» (1638)
«El Juicio de París» (1638)

Muchos no se acordarán de más latín que el «rosa, rosae, rosam, rosarum» que estudiaron en el colegio hace ya la tira de años y que repetían de carrerilla en busca del aprobado raspado; o de alguna otra expresión cuajada en el castellano de hoy del tipo de «a priori», «curriculum vitae» y «post data» –«entre comillas y sin tildes», recomiendan los entendidos–. Algunos bostezarán solo de pensar en una lengua «tan antigua» y ya sin uso –para ellos– o, simplemente, le tendrán tirria porque sí. Y otros, sin embargo, pensarán que es el idioma del que venimos –así es– y buscarán cualquier excusa para chapurrear un poco o para devorar a algún clásico como Ovidio, por ejemplo. Dos de estos últimos son Jorge Tárrega Garrido y Esteban Bérchez Castaño, presidente y vicepresidente del Collegium Latinitatis y los dos hombres que ayer dieron inicio en el Museo de El Prado a los itinerarios en latín –sin traducción– «para redescubrir destacadas obras mitológicas», dicen. Jornadas que se extenderán los viernes de mayo y en las que se ofrecerán recorridos didácticos impartidos –también por otros miembros de la asociación– en dicha lengua para conocer los cuadros de Rubens. Para comenzar, cuatro: «Las tres Gracias», «El juicio de Paris», «El banquete de Tereo» y «Aquiles descubierto por Ulises y Diómedes»; que en un resumen fugaz y en español vendrían a ser algo así como los inicios de la Guerra de Troya, la tragedia de Tereo comiéndose a su propio hijo o los «corpus delicti» del famoso trío.

Con los brazos abiertos

Antes de empezar la charla y el recorrido avisan: «Que no se asuste nadie, que aunque no se sepa latín también se puede venir porque el oído se va acostumbrando. El castellano viene de él y compartimos mucha palabras que se entienden». Tárrega y Bérchez ya habían ocupado el museo anteriormente por un curso que impartían. No más de 150 alumnos, no se podía sumar nadie. Ahora comparten su lengua con «todo el público que quiera. Por supuesto que esperamos profesores y estudiantes de Historia y Filología, pero son visitas libres».

Aguardan con los brazos abiertos a quien quiera acercarse a retomar una lengua que tiene olvidada o que domina o para probar suerte, Bérchez recuerda que el objetivo de la asociación es «favorecer el uso del latín en todos los contextos posibles, aunque siempre entendiendo esta lengua como un medio para llegar a los textos clásicos». Más allá del divertimento y sí como «algo serio y, sobre todo, teniendo en cuenta que es cultura».

Ahora, con este método en el que El Prado «latine loquitur» –habla latín– , tratan de reactivar un idioma que «ha retrocedido en la escuela y en la sociedad» con un «método activo con el que se avanza mucho más rápido y de una forma más eficaz que con el de análisis morfosintáctico con el que nos enseñaron a nosotros», expone Bérchez. Y en lo que su compañero le apoya: «Se ha estudiado de manera muy exacta, que está bien ‘‘a posteriori’’, pero primero hay que hacerlo con el tesoro que son los autores. Queremos crear en la sociedad esa base de gente que lea y disfrute con los clásicos».

Orgullosos estarían hoy del propio Pedro Pablo Rubens, que seguía utilizando este lenguaje durante el Barroco en las cartas que enviaba a sus amigos, como venía siendo una tónica habitual en los siglos anteriores. Ni el siglo VIII ni el X ni el XV contó con nativos del latín, sin embargo, se mantuvo. Newton y Lineo, por citar a dos, también lo utilizaron. La gente lo hablaba y se empleaba en tratados históricos y en textos científicos. ¿Por qué no podemos retomarlo ahora de nuevo?, se preguntan, y responden desde el Collegium Latinitatis: «Son visitas pensadas en la unión de todas las ramas de la cultura, y qué mejor que aunar esfuerzos en un palacio como éste con una lengua que ha sido el vehículo del arte durante tantos siglos». Juntar las «humanitas» en un paseo de no más de 50 metros que se completa en alrededor de una hora y que ahonda en «lo que somos hoy y lo que se ha repetido durante siglos en libros, en poesía y en cuadros», comenta Tárrega.

«Aquiles descubierto por Ulises y Diómedes» (1617-1618)
«Aquiles descubierto por Ulises y Diómedes» (1617-1618)

Rubens, el «Homero de la pintura» –que decía Eugene Delacroix–, está en el centro del corto viaje –aunque te vas chocando con varias «joyitas» ajenas al itinerario– porque «es quizá el pintor que mejor ha narrado las fábulas mitológicas», apunta Esteban Bérchez. También Velázquez y Goya lo hicieron, pero el pintor de la escuela flamenca sacaba la información para sus cuadros de los propios autores clásicos y «entonces es más fácil rastrear sus fuentes, que al final es para nosotros uno de los puntos fuertes de la visita: saber cómo el artista llega a pintar una vestimenta concreta». Una respuesta que guardó Ovidio en sus escritos, en este caso en «Metamorphoseon» («Las metamorfosis»).

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