Zaragoza

El gran amor prohibido de Primo de Rivera

José Antonio Primo de Rivera en una de sus poses más conocidas
José Antonio Primo de Rivera en una de sus poses más conocidaslarazon

«Todo está lleno de tu ausencia y tú no estás», le escribía José Antonio a Pilar Azlor de Aragón, la joven de noble familia a la que conoció hacia 1927.

Se conocieron hacia 1927, en una de las funciones teatrales que José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, fundador de Falange Española, disfrutaba organizando en casa de sus amigos. José Antonio tenía 24 años (24 de abril de 1903) y ella, Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, rubia, de ojos azules y miembro de una de las grandes familias nobiliarias de España, descendiente de reyes, cinco menos que él (1 de octubre de 1908). Él aún no había entrado en política y ejercía la abogacía desde abril de 1925 en su bufete del domicilio familiar, instalado en un entresuelo de la calle de Los Madrazo, número 26. El piso alquilado por su padre, el general Primo de Rivera, cuando éste presidía ya el Directorio Militar, estaba muy cerca de los teatros de la Zarzuela y del Apolo. José Antonio tardaba cinco minutos caminando hasta la puerta del Palacio de Villahermosa, donde se citaban siempre que el padre de ella se encontraba ausente; de lo contrario, quedaban en el Prado y de ahí subían luego juntos hasta el parque del Retiro.

«La primera vez que les vi pasear juntos fue en la playa de Ondarreta, en San Sebastián, situada en la bahía de la Concha», rompe hoy su silencio María Concepción Azlor de Aragón, de 90 años (31 de mayo de 1924), marquesa de San Felices y única hermana superviviente del gran amor de José Antonio. Una bella mujer de porte aristocrático, como su propio apellido, y de exquisito trato. Proclamada la Segunda República, el 14 de abril de 1931, su padre José Antonio Azlor de Aragón y Hurtado de Mendoza, monárquico empedernido y gentilhombre de cámara de Alfonso XIII, a quien profesaba auténtica devoción, cerró su palacio de Villahermosa (Museo Thyssen hoy) y nunca más volvió a Madrid, negándose a ver el Palacio Real sin rey. «Nos fuimos de este modo –explica María Concepción– a vivir a San Sebastián y Pedrola (Zaragoza); también en Javier, Navarra, y en Azcoitia. Precisamente en la ciudad donostiarra fue donde vi por primera vez a mi hermana con José Antonio cuando éste aún no había fundado la Falange. Yo tenía entonces alrededor de siete años, pues era casi dieciséis años menor que mi hermana».

Enamorada del orador

José Antonio y Pilar formaban una pareja ideal, aunque sólo fuera físicamente, dadas las continuas desavenencias provocadas por dos temperamentos fuertes que les hacían romper la relación para retomarla poco después. Uno de esos amores tempestuosos que sólo la mutua atracción física y el recíproco embelesamiento intelectual lograban recomponer una y otra vez. «Ella», como se la denominaba de forma enigmática, recelosa, en los círculos falangistas preservando su anonimato, era delgada, de metro setenta y dos de estatura, con esa apariencia frágil de porcelana de Limoges que fuera a romperse si no se la mimaba entre algodones; él, con metro setenta y ocho y ojos azules como los de ella, encandilaba a las mujeres también por su absorbente capacidad dialéctica. De hecho, llegó a dominar el lenguaje y a gesticular como nadie en el improvisado escenario de un salón, o vestido con un impecable traje oscuro y corbata a rayas en un mitin político o en un acto parlamentario. «Estaban enamorados –asegura la marquesa de San Felices– de lo contrario no hubiesen sido novios durante varios años. José Antonio fue el único novio de mi hermana. Iba también a verla a nuestro Palacio de Pedrola. Lo hacía a escondidas, porque mi padre no aprobaba esa relación. Es probable que hiciesen juntos alguna excursión a bordo del Ford-T que todavía conservamos allí casi intacto. Pilar no tenía carnet de conducir, pero a veces cogía el coche por el campo».

Amor en el anonimato

Sigue siendo hoy un secreto a voces en la familia que José Antonio enviaba cartas de amor a Pilar a través de un mensajero; o que le arrojaba incluso mensajes y poemas suyos en Pedrola desde el otro lado de una pequeña tapia, mientras ella leía discretamente algún libro en el llamado «bosquecillo» de palacio. «Mi hermana leyó prácticamente todo lo que cayó en sus manos desde los catorce años. Suplió así el acceso a la educación secundaria vetado entonces a la mujer con intensas y fructíferas lecturas. Tenía una profunda fe en Dios, transmitida por nuestros padres», agrega María Concepción. Otra mujer de la familia, que prefiere mantenerse en el anonimato, afirma: «Se querían muchísimo. Estoy casi convencida de que, si se hubiesen casado, la historia habría sido bien distinta pues José hubiese abandonado la política, en la que entró sólo para defender la memoria de su padre, volcándose en su profesión de abogado y en su propia familia». No resulta descabellado pensar así que, de haberse consumado el matrimonio, José Antonio no hubiese sido fusilado, como se relata en «Las últimas horas de José Antonio» (Espasa Calpe).

Pero al final, el padre de Pilar se opuso al enlace; entre otras razones porque, como monárquico medular, culpaba al padre de José Antonio de la caída de la monarquía tras su dictadura militar de siete años. «Mi hermana acabó casándose así con Mariano de Urzáiz, conde de El Puerto, el 12 de junio de 1935, en la capilla del Palacio de Villahermosa», concluye María Concepción. En la familia se rumorea todavía hoy que José Antonio llegó a pedir la mano de Pilar a su padre por carta, prometiéndole desvincularse de la política si accedía al matrimonio. Pero la carta jamás ha aparecido. Sea como fuere, José Antonio tuvo que conformarse al final con escribir versos como éstos a Pilar cuando ya nada tenía remedio:

Todo está lleno de tu ausencia y tú no estás./ Estoy solo. Tiembla el silencio alrededor como un cristal./ Un reloj cuenta los segundos infatigable: tac, tac, tac./ Y hay como un estupor de muerte en su manera de contar./ De ese sillón junto a los libros sobra, a mi lado, la mitad./ Como opaca pupila muerta mira el espejo sin mirar.