Al traste con la operación bikini

Saltar del gimnasio a la hamaca tiene sus consecuencias: 5 Kg más al final de las vacaciones. ¿Merecen la pena las dietas pre-verano para lucir cuerpo?

Saltar del gimnasio a la hamaca tiene sus consecuencias: 5 Kg más al final de las vacaciones. ¿Merecen la pena las dietas pre-verano para lucir cuerpo?

Mantener la línea no es como cultivar perejil, que si lo siembras en mayo lo tendrás todo el año. Si de repente saltamos del gimnasio a la hamaca y de una dieta extremadamente hipocalórica a los fritos, rebozados, salsas y otras grasas tan propias de la gastronomía veraniega, lo único que podemos esperar es que nuestras carnes recuperen, casi en un tris, la frondosidad de hace unos meses, justo antes de enloquecer con la dichosa operación bikini. Es el patrón que repite el 50% de la población con sobrepeso cada vez que llegan las vacaciones. Bajar y subir el volumen que se acumula en nuestras nalgas y barrigas imitando el movimiento del yoyó, ese viejo juguete que da nombre a las dietas inútiles culpables de todo este embrollo, y oscilando continuamente entre el encanto y la desesperación. Conclusión: al acabar el verano nuestro cuerpo lucirá entre dos y cinco kilos más. Son las expectativas que se desprenden de las investigaciones de diferentes científicos que cada año se devanan los sesos por encontrar una razón a los disparates que trae la operación bikini. Y no es extraño, viendo nuestro excelente apetito ante un buffet de hotel, que la mayoría se decante por nuestra endeble fuerza de voluntad. Nos arrojamos a los platos más apetitosos, sin preocuparnos de cuántas calorías añadimos o de cuántas fuentes de hidratos de carbono tan potentes como la pasta o el pan estamos mezclando en nuestro menú. Y día a día, comida a comida, obsequiamos a nuestras cartucheras y barrigas con unas reservas de grasas que no necesitan.

Roy Baumeister, psicólogo de la Universidad de Florida, aconseja que para cambiar con éxito un mal hábito antes es necesario fijar una motivación y una meta clara. Después, habrá que ejercer la fuerza de voluntad, entendiendo ésta, según sus palabras, como «la capacidad de resistir la tentación a corto plazo para cumplir la meta fijada a largo plazo». Neus Elcacho, dietista integrativa y nutricionista, da por bueno el deseo de lucir un mejor aspecto de cara al verano, ya que puede hacer más llevadero el esfuerzo que implica cualquier cambio. «El error –añade– está en focalizar esa motivación en un periodo de tiempo tan concreto. Deberíamos ser conscientes de que la dieta y los hábitos saludables fortalecen nuestro organismo, más allá de nuestro físico. Por eso, antes de emprender nuevos hábitos, sería bueno encontrar el equilibrio para ser feliz, quererse y dejar de juzgarse».

¿Y si aprendiésemos a educar nuestra fuerza de voluntad? En ello andan científicos como Hilke Passmann, profesora de neurociencia del Insead de Francia. Después de comprobar, en un trabajo muy reciente, que las personas con más materia gris en las subáreas de la corteza prefrontal gozan de un mayor autocontrol, no le cabe duda de que la mayor o menor motivación para seguir una alimentación sana podría tener su origen en esta región cerebral. Ahora su reto es averiguar si sería posible entrenar estas áreas cerebrales vinculadas con el autocontrol y si, dada la plasticidad del cerebro, se podría aumentar en ellas la cantidad de materia gris. Más de la mitad de las personas a quienes ha preguntado la compañía Aora Health, en una de sus encuestas, asegura que hacen deporte casi a diario en verano. Caminar, nadar, correr y los deportes acuáticos son los favoritos. Pero, con la misma cachaza que dicen esto, confiesan que lo de cuidar sus hábitos alimenticios es otro cantar. Y eso que intención no falta. El Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente señala en un informe que en este periodo pesan más en la cesta de los hogares productos como frutas y verduras, pero también se desperdicia un 9% más. Los sondeos sobre hábitos de compra y consumo desvelan la realidad. El 54% de los españoles modifica sus hábitos al llegar el verano, pero no precisamente para hacerlos más saludables. El 35,45% aumenta la ingesta de helados y dulces y el 22,73% consume más cerveza y refrescos. Ya llegará septiembre y, entonces sí, el 52% se compromete a decir adiós a esos kilos sobrantes y a sus malas costumbres a la hora de comer. Gonzalo Peñaranda, director de Aora Health, no deja de mostrar preocupación: «estos ciclos de aumento y reducción de peso no son sanos ni recomendables». De vuelta a casa, los nuevos propósitos de adelgazar toparán una vez más con un espectacular despliegue de esas dietas llamadas milagro que ofrecen más en un tiempo récord. Es verdad que muchas cumplen la promesa, pero a fuerza de restringir el alimento hasta niveles muy peligrosos para la salud. Los endocrinólogos y nutricionistas no se cansan de repetir que son regímenes imposibles de sostener y que no favorecen en absoluto un cambio de hábitos. Al contrario, provocan carencias nutricionales y un riesgo alto de cambios metabólicos muy severos.

¿Por qué estos remedios son tan inútiles? El encéfalo actúa como nuestros antepasados en tiempos de guerra, interpretando estas dietas como hambrunas breves y envía señales para almacenar grasas con las que afrontar escasez en un futuro. Es una costumbre desaconsejable, según investigadores británicos de las Universidades de Exeter y Bristol, que han resuelto que someter a nuestro organismo a dietas intensas puede provocar un efecto indeseado y totalmente opuesto al esperado. Nuestro organismo actuaría igual que el del petirrojo, más rechoncho en invierno para soportar las estrecheces de esta estación. El modelo ideado por estos científicos predice que, en realidad, la media de peso ganado por quienes se ponen a régimen es mayor que la de quienes nunca han hecho dieta. El desenlace es muy simple: «Si se consume ligeramente menos de lo necesario y de manera continua en paralelo a la realización de ejercicio físico, es mucho más probable lograr un peso saludable que embarcándose en dietas hipocalóricas», destacan.

Frente a tanta promesa, estaría bien saber que no se puede perder más de un kilo de grasa al mes, tal y como ha observado en un estudio Juan del Coso, investigador de la Universidad Camilo José Cela. Y eso combinando dieta y ejercicio físico. El ritmo de oxidación de grasa después de una hora de ejercicio intenso es de 42 gramos. El resto de lo que se pierde es agua y esto explicaría el efecto rebote en cuanto se recupera el líquido perdido. Dicho esto, ¿es razonable pretender que gane la batalla un desaborido plato de verduras al vapor? ¿Y si esto explicase por qué nueve de cada diez personas que empiezan una dieta cejan en el empeño antes de acabar? «Nos falta práctica», responde la nutricionista Elcacho. «No solo aquello que tiene mucha cantidad de carne, grasa o azúcar sabe delicioso, pero sabemos poco de cocinar vegetales más allá del vapor y el hervir». El problema surge cuando usamos la comida como un escape y un modo de compensar nuestro cansancio, tristeza o aburrimiento. o patologías», insiste. Pero si, como ella cree, es cuestión de ponerle amor y cariño, la cola para estrenar la última dieta milagro a la vuelta de vacaciones más vale que deje de esperar por nosotros.