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«Marie Curie»: la mujer antes y después de los dos Nobel

La catedrática Adela Muñoz Páez profundiza en la figura de la científica desde su infancia en la Polonia ocupada al papel imprescindible de los hombres que la rodearon

Adela Muñoz Páez, el pasado lunes en una de las estancias de la Facultad de Química de Sevilla
Adela Muñoz Páez, el pasado lunes en una de las estancias de la Facultad de Química de Sevilla FOTO: Manuel Olmedo

Sesenta años después de su muerte, Marie Curie recibió el reconocimiento oficial del país en el que había desarrollado toda su carrera: sus restos fueron trasladados al Panteón, junto a los de su marido, que había fallecido casi treinta años antes que ella. Un hecho esclarecedor sobre el desdén que tuvieron que soportar por parte de Francia, donde llegó a considerarse una vergüenza nacional la concesión del Nobel al destaparse las condiciones mediocres en las que trabajaban, en un cobertizo y sin ningún tipo de sueldo ni ayuda. Con las palabras que le dedicó el presidente francés Miterrand aquel día se cierra «Marie Curie» (Debate), una biografía plagada de anécdotas y testimonios con la que Adela Muñoz Páez (La Carolina, 1958) baja a la tierra a la genial científica.

Los dos premios Nobel que obtuvo –uno en Física y otro en Química–constituyen solo la carta de presentación de una mujer que fue singular toda su vida. El libro comienza dibujando su infancia en la Polonia ocupada, destacando el papel decisivo que sus padres jugaron ofreciéndole la misma formación que a su hermano. Ahí comenzaron las excepcionalidades en la vida de una mujer con un talento único que pudo desarrollar gracias a factores externos. «Quizá la excepcionalidad está en el plantel de hombres que la rodeó y que tuviera una madre que trabajaba», opina Muñoz Páez, divulgadora incansable y catedrática de Química de la Universidad de Sevilla. «Que hombres inteligentes entendieran que ella no podía tener una carrera científica era lo normal, lo excepcional son todos los demás con los que se topó. También hubo muchos otros que quisieron machacarla –apunta–. El mismo Einstein, que en su vida personal no fue el más feminista del mundo, a ella la apoyó muy decididamente». Sobre su relación pasa por encima porque «daba para un capítulo entero. Einstein chupa mucha cámara», bromea.

El primer hombre importante fue su padre, que supo cómo empujar a la pequeña de las Slodowska a explorar su inteligencia. Tras la muerte en apenas dos años de su hermana mayor y de su madre, acabó sus estudios con 16 años y su padre decidió que le vendría bien un año sabático con sus tíos. En ese tiempo, la entonces llamada familiarmente Mania se olvidó de estudiar, abriéndose a la diversión junto a su prima. Después vendrían sus años como institutriz para pagarse la universidad en Varsovia –una época que en sus «Notas autobiográficas» describe como «la de un prisionero»–, su estancia en una región campesina donde instruyó a los hijos de los trabajadores y siete años después el ansiado traslado a París. Hasta los 24, cuando ingresó en la Sorbona y adoptó el «Marie» con el que pasaría a la historia, solo había obtenido el título de Secundaria. El resto de su formación no fue reglada, como tampoco lo fue la de su futuro marido y durante diez años compañero vital y profesional. «En un mundo como el de finales del XIX, sin Pierre Curie, que sentía que la carrera de ella era tan importante como la suya, no sé si habría hecho lo que hizo», opina su biógrafa. «Él le servía un poco como parapeto. Le abrió las puertas de la Escuela industrial de Física y Química». A cambio, «Marie puso orden en la vida de Pierre, que no daba importancia a los ritos académicos. Cuando la conoció sin siquiera tenía un doctorado –detalla Muñoz Páez–. Se había criado en un ambiente un poco ácrata».Pese a todo, sus logros llegaron y en 1903 recibieron el Nobel por el descubrimiento del radio, un premio para el que Marie ni siquiera fue propuesta pero que el empeño de su esposo hizo posible. El Nobel le dio acceso a él a una plaza en la Sorbona, que Marie solo «heredó» a su muerte, algo que la llenó de contradicciones.

El tercer hombre determinante para la carrera de Curie fue su suegro, Eugène. «Él le dio todo el cuidado y cariño a sus nietas», según la autora, que resalta el profundo cambio en su carácter que supuso la muerte de su marido, atropellado por un carro cuando volvía del trabajo. La escritora repasa el escándalo Langevin –curiosamente su nieta Helena acabría casándose con un nieto de este–, su viaje a España recién proclamada la II República y la curiosa escuela que creó para educar a sus hijas y a los de sus colegas científicos. «Tuvo la creatividad no solo de de convencer a diez compañeros para que dieran clases, sino para que llevaran a sus hijos a ese experimento que podía haber salido fatal», explica la autora, que cuenta cómo «Los diez monitos» –así se llamó la cooperativa– se convirtió en «un auténtico vivero de investigadores». De aquellas clases surgieron una de las primeras ingenieras químicas, un alto comisionado de la Energía Atómica o la Premio Nobel Iréne Juliot-Curie –hija mayor de Marie y Pierre–. La clave fueron «los profesores de élite y una sola hora teórica al día».

Como su padre hizo con ella, Curie inculcó a sus hijas también el amor por el deporte –que practicó hasta cuando los efectos del radio la habían debilitado y que finalmente le provocaron la muerte a los 66 años– y la perseverancia que les permitió convertirse, como promulgaba su madre, no en las mejores sino en la mejor versión de sí mismas.