De vinos con Antonio Moral en Sagardi

Experto en música, apasionado de la fotografía (colecciona “instantes” inmortalizados con un moderno Iphone casi tan bueno como las antiguas cámaras) y amante del vino: así es Antonio Moral, el hombre que actualmente dirige desde 2010 el CNDM (Centro Nacional de Difusión Musical) que depende del INAEM (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). Anteriormente fue director artístico del Teatro Real durante 5 años, antes de llegar al que es actualmente su trabajo.

Gracioso, divertido y políticamente incorrecto, llegó al restaurante a Sagardi ubicado en el Paseo de la Castellana nº13, gastando bromas y con una sonrisa de oreja a oreja. No dudamos en dejarnos asesorar por el maitre, y el vino que degustamos fue un ​vino tinto de la casa de la Rioja Alavesa, Etxeita, crianza, ​que maridamos con unas txistorra maravillosa.​

“Lo peor es la gente que intenta clasificar la música. Hay dos tipos de música: la buena y la mala”, empezaba contándome Antonio cuando le pregunté sobre el reguetón.

Y es que este conquense, enamorado de su tierra hasta decir basta, se encuentra en un momento muy feliz de su vida porque considera que hace lo que más le gusta.

No hablamos ni de IVA ni de Montoro: principalmente porque Antonio se ha hartado de debatir estos temas en los últimos años.

Y es que Moral empezó estudiando Medicina porque era el gran deseo de su madre, hasta que en 3º de carrera lo dejó. “Hacía prácticas y trabajaba en suplencias de verano en el Hospital Gregorio Marañón en oncología. Aquel verano ya había terminado enfermería y conocí a una chica de 23 años que tenía un linfoma. Se murió dos meses antes de yo acabar mis prácticas”, relata. “Me di cuenta de que no estaba preparado para vivir eso día a día”, añade.

Sus tíos eran músicos y le perseguían para estudiar lenguaje musical: “el solfeo es lo más aburrido del mundo. Lo odiaba y tuve que rebelarme”.

Seguidores del rock y de la canción reivindicativa (los cantautores de los 70 que se manifestaban contra la dictadura como Paco Ibáñez o Lluis Llach), terminó amando la clásica casi de casualidad: “en mi 21 cumpleaños una novia que tenía me hizo un regalo. Yo le había dejado caer en multitud de ocasiones que quería el nuevo disco de Pablo Milanés, pero ella me regaló un cassette del Lago de los Cisnes y La bella durmiente de Chaikovski interpretado por la Filarmónica de Berlín y dirigida por Karajan”.

Me cuenta que era la primera vez que le había decepcionado un regalo: “me resistí a cambiarlo y me obligue a escucharlo”. Así que un buen día se decidió por ampliar el panorama clásico e influido por la marabunta acudió a El Corte Inglés de Preciados. “Pregunté por las ‘CUATRO ESTACIONES DE VIVALDI’. La dependienta que me atendió me recomendó el disco de I Musici en donde, por cierto, tocaba el padre de nuestra buena amiga en común Beatrice Altobelli”, explica.

Y es que recuerda como si fuera ayer el primer concierto del Teatro Real al que acudió. Fue en abril del 78. Tenía 22 años. Tocaba la ORTVE (¡entonces no estaban en el Monumental!). Interpretaban la 3ª de Mahler. “Me impactó ver allí a 110 músicos en un solo es escenario. Y me dije ‘¡coño! Aquí hay más gente que en mi pueblo’”, cuenta entre risas. “Estaba en la fila 7 del anfiteatro del Teatro Real, y a mi lado había sentado un señor que de pronto se levantó del asiento al final del concierto y empezó a gritar ‘¡asesinos! ¡fuera!’, dirigiéndose al director `(que era Odón Alonso). Yo estaba por aquel entonces “virgen y mártir”, y aquello (la música) me había encantado. No podía entender que no le gustara”, añade. Resultó que aquel hombre era un gran aficionado, se llamaba Juan Francisco Martín Aguilera, Conde de la Oliva y el Gaitán y presidente del Partido Carlista.

Al margen de aquella anécdota, así fue como Moral fue poco a poco introduciéndose en el mundo de la música clásica, que entonces lo compaginaba con la medicina. “En aquella época para acudir a un concierto o una ópera había que hacer grandes colas. Teníamos que luchar contra una agencia de reventa organizada, llamada Kamerton, que lo tenía todo monopolizado. Pero si Kamerton llegaba a la taquilla a las 11 de la noche, nosotros estábamos allí a las 10. Y en esa colas además se hacían muchos amigos”, cuenta.

Sus años mozos coincidieron con la época en la que Franco acababa de morir. Entonces la gran obsesión de casi todas las familias españolas era que uno tuviera un título universitario: “fíjate la obsesión que tenía mi madre con que yo fuera médico que, cuando llegué a dirigir el Teatro Real, ella me dijo ‘sí, sí... todo esto está muy bien, pero no eres médico’”.

“Viví lo que todos conocemos como la famosa ‘movida madrileña’. Pero yo el éxtasis lo conseguía con Karajan y no con las drogas”, añade. “Así, un grupo de amigos, frikis de la música clásica, nos juntamos y fundamos una nueva revista musical en diciembre del 85, SCHERZO”.

Eran 8 socios, y Antonio el más joven. El primer número consiguieron financiarlo con publicidad. En los 90 vendían 15 mil ejemplares, llegando a mercados como el mexicano, argentino, colombiano... Y es que esta revista musical a día de hoy sigue liderando el mercado, y compitiendo contra cabeceras como ‘Ópera Actual’, ‘Ritmo’, ‘Melómano’, ‘Doce Notas’, ‘Codalario’, ‘Platea Magazíne’, entre otras.

“Creo en el destino”, confiesa. Apolítico, inconformista, pasional, algo disperso... son algunos de los adjetivos que me atrevo atribuir a mi protagonista de esta cata. Auténtico, directo y amigo de sus amigos.

“Prefiero morir como mi madre, paseando a pleno sol”, revela. Cuando le pregunto sobre su lema no duda en asegurar que no hace frases ni cita frases. Supongo que vive su verdad y si acaso la verbaliza a su manera.

“No aspiro a nada. Tan sólo a mantenerme y a seguir disfrutando de la vida”, explica. Y es que entre sus defectos, me cuenta que padece el de confiar en aquella gente que no debería hacerlo, aun cuando lo ‘ve venir’. “¿Mi virtud? Ser como soy: abierto y con una enorme capacidad de comunicación. No soy ni primitivo, ni sofisticado”, asegura.

Se considera una persona normal, que hace a diario lo que puede, lo que le dejan.

“He buscado una libertad y al final la he conseguido. La libertad es el bien más preciado de una persona”, finaliza.

Cuenta

Alcachofas de Tudela a la parrilla

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Solomillo de vaca vieja con pimientos de Gernika

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