El impune escándalo de Clinton

Por Carlos Navarro Ahicart

Últimamente, y por fin, estamos comenzando a oír hablar del escándalo de los correos electrónicos de Hillary Clinton. Un hecho que se remonta a su etapa como secretaria de Estado en los EE.UU., durante la cual utilizó un servidor privado para intercambiar información clasificada del gobierno norteamericano, un delito que supone una “alta traición” al país y por el cual han debido exiliarse otros personajes tales como Edward Snowden, por su implicación en el caso de Wikileaks.

Entre los más de 3.000 e-mails con información sensible en el servidor de Clinton se encontraban unos informes del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, avisando con antelación de un altamente probable ataque terrorista orquestado por el jeque ciego en la embajada americana de Bengasi, que fueron ignorados por Clinton y sus funcionarios. Diez días después, se produjo un atentado similar al previsto por el Departamento de Defensa en el que murieron cuatro estadounidenses, entre ellos el embajador en Bengasi.

El FBI se comprometió a hacerse cargo de la investigación de este oscuro asunto que rodea a la actual candidata Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos y, tras encontrar evidencias clarísimas de la implicación de la misma, ha comunicado que no recomienda imputar a Clinton por este escándalo. Resulta curioso que el director del FBI sea nombrado por el mismísimo presidente de los Estados Unidos, en este caso Barack Obama, quien recientemente ha apoyado públicamente la candidatura de Hillary Clinton para ser su relevo en la Casa Blanca en las próximas elecciones presidenciales.

Que alguien que, como ha demostrado la principal agencia de investigación criminal de los Estados Unidos, haya expuesto de tal forma la seguridad y la inteligencia de toda una nación sea candidata del partido del presidente y no vaya a ser condenada por ello resulta insultante para todos: tanto para los ciudadanos norteamericanos como para aquellos que defendemos y promovemos los valores liberales originales basados en la separación de poderes y la igualdad ante la ley. Unos valores que, además, formaron parte de la esencia creacional de los Estados Unidos contra la tiranía del Imperio Británico. Si los Padres Fundadores levantaran la cabeza y viesen en qué se ha convertido aquello por lo que lucharon, no me cabe duda de que habrían abandonado los fusiles durante la revolución americana y se habrían ido a vivir en alguna oscura caverna en las Montañas Rocosas.

Una tenebrosa aura envuelve el gobierno de los Estados Unidos de América desde hace años, y resulta desalentador que el sistema vaya a seguir igual aun con la “primera mujer en la Casa Blanca” y que la alternativa sea un macabro, xenófobo y aislacionista candidato del partido Republicano (colega de Hillary no hace mucho tiempo, además).

Hoy más que nunca debemos preguntarnos dónde se esconden la libertad y la democracia verdaderas que tanto necesitan, nuevamente, los estadounidenses frente a una estructura estatal liberticida y corrupta, que se asemeja más a una mafia de tres al cuarto que al ideal liberal del siglo XVIII.