On China

“La Tierra, hogar común de los seres humanos, está atravesando hoy por cambios complejos y profundos y la extraordinaria interdependencia derivada de la multipolarización, la globalización económica, la informatización y la diversidad cultural hace de la sociedad humana una comunidad de futuro compartido, al tiempo que se nos presentan desafíos inéditos, sobre todo, el creciente proteccionismo y unilateralismo”. Lo podría haber escrito cualquier Presidente norteamericano desde la caída del Muro de Berlín, pero el texto corresponde al segundo párrafo del artículo del Presidente chino Xi Jinping, publicado con motivo de su visita a España. Un lenguaje globalizador, una visión amplia, una terminología liberal y un cierto destino manifiesto. Sólo al alcance del líder de una superpotencia, de un antiguo emperador o de un buen negociante.

Henry Kissinger, el profesor y Secretario de Estado norteamericano que reestableció las relaciones con China en los años 70 para debilitar a la URSS, escribió hace pocos años un libro titulado On China, en el que constataba que la potencia asiática había llegado para quedarse y donde establecía algún paralelismo entre la China de nuestro tiempo y la Alemania del siglo XIX, que desafió el poder británico imitando y multiplicando su desarrollo y reclamando sin cesar, hasta la extenuación de la guerra, un nuevo orden internacional en el cual Alemania pudiera tener las opciones coloniales que poseían otros imperios. La capacidad de atracción de su poder blando a través de institutos culturales y de redes comerciales situaron a los alemanes a la cabeza de Europa, y a Bismarck, a la cabeza de las potencias europeas y del orden liberal decimonónico inventado por los ingleses.

El hábil negociador Xi Jinping encabeza una gran potencia asiática cuya economía dobla la de Japón y sus empresas entran en la lista de las más importantes del mundo. Y cuyo crecimiento, el milagro chino, ha estado impulsado desde el pragmatismo al haber sabido mantener un sistema político cerrado e inmisericorde con la disidencia mientras China construía paralelamente un sistema económico abierto, basado en los patrones del liberalismo. Y ha sido implementado además, con una estrategia internacional de influencia comercial pero no de intervención política o alteración violenta del orden mundial. Reclamando la soberanía sobre Taiwán desde la diplomacia y la presión económica, considerando a Corea del Norte como un potencial desestabilizador y a Rusia como un aliado circunstancial cuyas pretensiones euro asiáticas están alejadas de los intereses chinos. Centrados éstos en seguir fortaleciendo la hegemonía en Asia, en buscar salidas al mar y al océano sin barreras americanas, en aprovisionarse de energía, modernizar el ejército y la capacidad de innovación tecnológica, y en comerciar.

Pero el líder imperial Xi Jinping dirige un régimen que niega la libre expresión y mantiene en campos de reeducación (según dicen informes creíbles consultados por la revista Time) a un millón de musulmanes de la etnia uigur; que esconde en las llamadas cárceles negras a disidentes, corruptos y desaparecidos a quienes nadie se atreve a reclamar; y que cierra sus puertas a cualquier apariencia de cambio político mientras celebra con toda solemnidad el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx: un antiguo ideólogo decimonónico, referente de la izquierda europea durante algún tiempo, creador de una religión laica, basada en la opresión y el empobrecimiento generalizado que se profesa, aún en nuestros días, en algún lejano lugar del Asia Oriental.