¿Fake Sciences?

Por Álvaro de Diego

“Hemos visto cómo generaciones enteras sufrían y se perdían por el influjo de máximas falsas, y nosotros mismos hemos sufrido sus efectos”. Quien así se expresaba era Goethe, que se afligía de la facilidad con que en su tiempo era posible “extender por todas partes el error gracias a la imprenta”. Si hubiera podido asomarse a la era digital, corroboraría hasta qué punto la “falsa doctrina” puede hoy hacer su efecto, “mezclada, como la cizaña, con lo bueno”. Ya lo constató Jean François Revel: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Revel estableció, de hecho, una amplia gradación del embuste, que abarcaba desde la mentira simple hasta complejas elaboraciones ideológicas sustentadas en la propaganda masiva y la acomplejada credulidad occidental.

A juicio del intelectual francés, el engaño no podía instalarse de forma duradera en las llamadas ciencias exactas, salvo en aquellos casos de evidente psicopatología. Y descubría las estafas científicas que, como las delirantes teorías biológicas del bolchevismo o de los nazis, descansaban en aberraciones ideológicas como la lucha de clases o el mito del hombre ario. Solo el Estado totalitario, partidario a carta cabal del gulaj para el disidente, podía perpetuar tales añagazas.

No obstante, Revel observaba también cómo los más grandes científicos dejaban de serlo conforme se alejaban de su especialidad. Gigantes como Albert Einstein, Frédéric Joliot-Curie o Bertrand Russell habrían incurrido así en la extravagancia de auspiciar un desarme nuclear unilateral (estadounidense, por supuesto) revistiendo con su prestigio en el campo de la física o las matemáticas su impericia, cuando no total ignorancia, en el de la geoestrategia. Por cierto, ¿habrá tenido un efecto inédito la explosiva imprevisibilidad de Trump en el reciente y esperanzador anuncio norcoreano?

Sea como fuere, estas disfunciones se han visto exponencialmente multiplicadas cuando sus protagonistas son hombres (o mujeres) de ciencia que asumen el papel de astros mediáticos. Veamos solo tres ejemplos, el primero destacado por Revel. En la amenaza del “invierno nuclear” se complicó el quizá mayor divulgador científico de todos los tiempos. Carl Sagan, que “amaba la ciencia, y amaba la popularidad, y dedicó toda su energía a conciliar ambas”, explotó así lo que en la teoría de los efectos poderosos de los medios se conoce como el “síndrome del mundo perverso” o situación en que los espectadores compulsivos interpretan el mundo que les rodea como un lugar mucho más inseguro que quienes no consumen tanta televisión. Sagan utilizó su popularidad para sacudir a la opinión pública con el apocalipsis de un holocausto atómico. El informe que basaba estos agoreros pronósticos fue publicado en Science y Foreign Affaires sin que se le formularan las evaluaciones habituales (revisión por pares, sobre todo) en este tipo de revistas científicas.

El segundo caso es el del docente de la Universidad de California en Berkeley, académico de las TIC más citado del mundo y gran gurú de la globalización. Pues bien, el padre de conceptos hoy axiales como “sociedad Red”, “sociedad informacional”, e incluso “Era de la Información”, se ha permitido el lujo de terciar en la crisis catalana acusando a la democracia española de aplicar una “represión pura y dura (...) a una escala nunca vista en la Europa contemporánea”. El reputado profesor, natural de un pueblo de Albacete por cierto, concede caracteres de estadista a la “carismática” (sic) alcaldesa Ada Colau.

Un caso aparte es el del recientemente desaparecido físico teórico Stephen Hawking. Sin duda una de las mentes más geniales de nuestro tiempo, Hawking padeció desde bien pronto una esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que le postró en una silla de ruedas hasta privarle prácticamente de toda movilidad una gran parte de su vida. Paradójicamente, quien mostraba extraordinarias dificultades para comunicarse (desde mediados de los años ochenta utilizaba un complejo sintetizador de voz para hacerlo) se convirtió en todo un icono pop. El científico británico no tuvo reparo en dar el visto bueno a su participación animada en los Simpson o aparecer en la comedia televisiva The Big Bang Theory. Sorprende, sin embargo, que un científico de su talla, cuyas teorías resultan particularmente difíciles para los legos (entre los que me encuentro), se descolgara en ocasiones con las más epatantes manifestaciones. En este sentido, Hawking recomendó que no se procurara contactar con los extraterrestres pues, tratándose de una posible civilización más avanzada, podrían aprovechar la ocasión para aniquilarnos (en cuyo caso uno se plantea si no nos habrían localizado ellos antes). En otra ocasión recomendó, ante la inevitable destrucción de nuestro planeta, colonizar Alpha Centauri, nuestro vecino probablemente habitable más cercano. Si consideramos que este sistema estelar se halla a unos 30.000 años de viaje espacial conforme a la tecnología actualmente disponible, se intuye la jugada del habilidoso tahúr. No hay alternativa a salvar el nuestro, que es, a día de hoy, el único planeta apto para nuestra vida humana.

A Sergio Ramos se le critica mucho, pero es difícil sorprenderle en una declaración inopinada. Habla solo de fútbol y de causas solidarias. Por algo es el capitán del mejor club del mundo.