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Analizo el presente de la edad de oro de la ficción internacional en un momento en el que su creatividad y su virtuosismo técnico y las interpretaciones las convierten en el 8º arte y el género preferido por millones de espectadores.

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Alberto Rodríguez y Rafael Cobos: el mejor talento para «La Peste»

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Sobre el autor

Cecilia García

Soy una fanática de la televisión, del pasado y de su apasionante presente con el mayor volumen de series de calidad hasta el punto de que necesitaría 24 horas al día para verlas todas. Seriéfila y cinéfila por vocación, asisto con estupor al gran salto de calidad que se está viviendo.

Si por algo se caracterizan Alberto Rodríguez y Rafael Cobos es por ser extremadamente meticulosos en sus propuestas. Saben cómo armar un guion sólido, sin resquicios ni arritmias narrativas que rompan el ritmo de la ficción. Cuidan a los personajes, a los que dotan de una entidad poderosa y, al tiempo, contradictoria y poliédrica. Y, conscientes de que se manejan en el lenguaje audiovisual, no dejan al azar ni la puesta en escena ni la ambientación. Todas estas virtudes están presentes en “La Peste”, la nueva serie original de Movistar+, que se estrena el próximo 12 de enero y que tendrá la temporada completa bajo demanda desde su estreno. Un “thriller” de ocho episodios con el que los creadores hacen su primera incursión en televisión.

En 2002, Alberto Rodríguez sorprendió a la crítica con “El traje”, en la que demostró un compromiso como ciudadano que se alejaba de los tópicos y las moralinas en su acercamiento a la emigración y la marginación social a través de una historia original y con unos diálogos frescos y chispeantes. Tres años después, en 2005, inició su colaboración con Rafael Cobos en “7 vírgenes”, una cinta valiente y arriesgada en la que de nuevo fijaba su mirada en la realidad más cruda, la que no queremos ver.

Una constante de su filmografía, que se confirmó en “Grupo 7” (2012), es la capacidad de ambos para plasmar con contundencia, sobriedad estética y credibilidad las aristas más incómodas de nuestra sociedad. Con esta cinta, sin complejos, Rodríguez y Cobos, ruedan una película de género, un “thriller”, algo poco habitual en la cinematografía patria. La cinta logró dos premios Goya. En ella, Rodríguez demostró lo que se intuía desde sus inicios: que era un excelente director de actores.

“La isla mínima” (2014) significó la consagración de ambos. Sin duda ya está por derecho propio entre las mejores películas del cine español. Con unas interpretaciones magistrales de Javier Gutiérrez, Raúl Arévalo, Nerea Barros, Antonio de la Torre y Jesús Castro, entre otros, volvieron al “thriller” como un género que les permitía hablar de la descomposición de una sociedad, que transita con dificultad entre el franquismo y la democracia, a partir de la desaparición de dos chicas. La película logró diez premios Goya, entre ellos, el de Mejor Película. Dos años después demostraron su pujanza con “El hombre de las mil caras”, una ficción centrada en la figura de uno de los personajes más controvertidos de la historia reciente de España: Francisco Paesa, ex agente secreto del gobierno español y responsable de una operación contra ETA.

La filmografía de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos es una radiografía sagaz de nuestro tiempo en la que demuestran su querencia por los claroscuros y los contrastes que se pueden vivir en un mismo entorno. Porque la realidad nunca es lineal, es plural y alambicada. Poco dados a las concesiones, su integridad artística es de alabar, ahora muestran un fresco de la turbulenta Sevilla del siglo XVI en la serie “La Peste”, en la que se ven todas las complejidades de la condición humana. La ficción está ambientada en la segunda mitad del siglo XVI en Sevilla. La ciudad era la metrópoli del mundo occidental por su lugar estratégico, ya que era la puerta de acceso de América en Europa. Eso facilitó que floreciese la riqueza gracias al mercado internacional y la venta de metales preciosos como el oro y la plata. En Sevilla vivían cristianos, judíos conversos, moriscos, esclavos, pícaros, ladrones, prostitutas, nobles y plebeyos. Ese crisol de religiones y clases sociales provocaba que también hubiese una ciudad de sombras provocadas por la desigualdad, las hambrunas y las epidemias. Durante un brote de peste, varios miembros destacados de la sociedad sevillana aparecen asesinados. Mateo, condenado por la Inquisición, tiene que resolver estos crímenes diabólicos para lograr el perdón del Santo Oficio. La investigación de Mateo guía al espectador a través de un entorno lleno de contrastes. La represión pública convivía con el hedonismo privado; el misticismo con el caos; conventos relajados y burdeles reglamentados; de cárceles como escondite, hospitales que parecen tumbas y traiciones y deslealtades.

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