La habitación 2314

Javier Blanco

En la habitación 2314 del Hospital Río Hortega de Valladolid acaba de fallecer mi padre. Lo ha hecho por ese maldito “bicho” que ya hace casi dos años se colaba en nuestras vidas y al igual que un tsunami, nos ha ido embistiendo de manera indiscrimada y abrupta y ha puesto patas arriba toda nuestra sociedad de bienestar. Y ahí continúa, vivito y coleando.

Esos números fríos, que cada día hemos ido conociendo, y que me ha tocado editar durante cientos de días en mi oficio de “juntaletras”, para informar cuántos contagios ha habido o las personas que han fallecido en el último día, han dejarlo de serlo para convertirse, en mi caso, en una auténtica y dolorosa realidad.

A lo largo de estos últimos días he mirado a la cara y he vivido el día a día de los profesionales de la Sanidad, exhaustos por estos dos años de guerra fría, y por que ya vuelven a estar saturados ante la presión hospitalaria que sufren y que se avecina en las próximas fechas. Su labor es encomiable, supera la excelencia. Cualquier aplauso, de esos que en los días de en-cierro dábamos a las ocho de la tarde cada día, se queda chico. Y el trato dispensado tanto a mí, permitiéndome estar en zona Covid, viviendo los últimos suspiros de mi padre, como a él mismo, tratándole con sumo cariño y con una diligencia suprema, e incluso bromeando con él, aún conociendo el trágico desenlace que estaba al llegar, es algo que jamás podre olvidar.

Este “bicho” nos ha hurtado de los besos y abrazos de nuestras personas más cercanas. Nos ha vuelto más huraños y desconfiados. Ha conseguido que se haya instalado entre nosotros el miedo y la angustia. Pero también nos ha enseñado que hay miles de profesionales que se dejan la vida a diario para combatirlo. Miles de ciudadanos anónimos que han aportado y siguen aportando su granito de arena en ayudar a los más vulnerables y afectados. Y cuántas lecciones hemos aprendido durante este tiempo de los más pequeños, que han asumido con resignación, pero con un comportamiento ejemplar, el no poder jugar o celebrar sus cumpleaños con sus amigos.

La 2314 es una más de las miles de habitaciones donde hemos ido perdiendo a los nuestros, y muchos de ellos no han tenido una mano amiga (salvo la de los sanitarios) para ayudarles a ese tránsito hacia el más allá. Por ello, y en estos tiempos de congoja, cualquier precaución es poca ante lo que estamos viendo día tras día con unas cifras de contagios que vuelven a dispararse, y aunque la vacuna está frenando al “bicho”, todavía habrá cientos de habitaciones mortuarias esperando.

Así que por favor, toca cuidarse, pero también, más que nunca debemos celebrar la vida. Vivir cada momento al máximo, pero también al máximo de precaución. Que como dice el lema del famoso anuncio, vivir acojona, pero sinceramente el hecho de estar vivo, es acojonante. Aprovéchenlo. Es nuestro regalo.