La niña de nueve años que se rió de los adultos y se convirtió en un auténtico “best seller”

Daisy Ashford publicó en 1919 “Los jóvenes visitontes” una novela sobre un triángulo amoroso que hizo las delicias de una población necesitada de risas tras la gripe española

A finales de 1919 nadie estaba de humor para grandes celebraciones. La I Guerra Mundial y después la gripe española habían diezmado a la población y su capacidad de ver más allá de su propia tragedia. Hasta que una niña de nueve años recordó a todos los adultos lo estúpidos que eran, y con su inocencia, su candor, un sentido del humor endiablado, y un montón de faltas de ortografía publicó una novela, “Los jóvenes visitontes” que devolvió un poco de ligereza y felicidad a la vida.

Su nombre era Daisy Ashford y el fenómeno de su libro fue tal que hasta se hizo una adaptación teatral en el West End al año siguiente. Escrito a lápiz en un pequeño cuaderno rojo, la novela narraba la historia de un triángulo amoroso en que la niña se reía de las costumbres de las clases altas de la Inglaterra eduardiana. El título en inglés era “The young visiters”, que ya daba con la clave del encanto del libro. En inglés, visitantes se escribe visitors, con o. En sus primeras tres letras ya había un error ortográfico. Pero sólo conseguían forzar más la comicidad de esta deliciosa lectura para todas las edades.

Cuando el crítico y escritor Edmund Wilson recibió el manuscrito de “Al otro lado del paraíso”, la primera novela de Francis Scott Fitzgerald, lo primero que dijo fue asegurarle que "era un clásico de la misma clase que lo fue “Los jóvenes visitontes”. Muchos escritores de la época aplaudieron la tenacidad y tensión narrativa de una historia de trasfondo melodramático, pero observaciones llenas de humor e ironía. ¿Así nos ven los niños?, decían sus lectores divertidos y avergonzados a un tiempo. Evelyn Waugh, en su novela “Un puñado de polvo”, asegura que es el libro favorito de su héroe, Tony Last.

En palabras de J. M. Barrie, autor de “Peter Pan”, que se encargó de escribir el prólogo de la novela: “Me parece una novela notable para un niño, notable para cualquiera por lo completa que es. Los niños suelen quedarse siempre a medias, como un gatito cuando salta. Ella no”. ¿Pero quién era esta asombrosa fuerza de la naturaleza?

Ashford nació como Margaret Mary Julia Devlin el 3 de abril de 1881. La mayor de tres hermanas, eran parte de una acomodada familia que vivía a las afueras de Londres. Con sólo cuatro años, ya dictaba a su padre sus historias y en 1890 escribió su gran obra, escrita sin ayuda. “Me encantaban los días de lluvia porque eso significaba que me podía quedar en casa leyendo y escribiendo”, aseguraba Ashford. Para todos aquellos padres que ahora están preocupados por la educación en casa y lo que supondrá para sus hijos, ella nunca fue a la escuela y sólo recibió tutorías de sus padres.

Lo más extraordinario de su historia es que, cuando llegó a la adolescencia, dejó de escribir. Aún tuvo tiempo de escribir la que ella consideraba su obra maestra, “La hija del ahorcado”, pero ya no le quedaba vocación ni interés para continuar escribiendo. Guardó todas sus historias en los cajones de su cocina y se dedicó a una vida más azarosa, siendo secretaria, camarera durante la I Guerra Mundial, florista y conserje de un hotel. Es una especie de RImbaud infantil de la ciudad de las chimeneas.

El azar hizo que en 1919 Ashford recuperase aquella libretita roja y se la dejase a una amiga para animarla mientras estaba convaleciente de la gripe española. Disfritó tanto que la novela fue pasando de enfermo a enfermo, hasta que llegó a las manos del escritor Frank Swinnerton, que entusiasmado luchó para que se publicase tal cual estaba escrito. El éxito fue extraordinario. Después se recuperarían otras de sus viejas historias de niñez, pero no alcanzaron tanto éxito. Nunca escribió nada más. La última historia data de cuando acababa de cumplir 14 años. Su precocidad fue asombrosa. En sus últimos años intentó escribir una autobiografía, pero destruyó horrorizada el manuscrito. No tenía nada más que decir. Murió el 15 de enero de 1972 rodeada de sus cuatro hijos.

La novela nos presenta al señor Salteena, “un hombre mayor de 42 años aficionado a pedir a las personas que se quedaran con él”. La primera frase del libro ya define perfectamente al personaje. Llega a su casa una invitación de su amigo Bernard: “No soy exactamente un caballero, pero casi no lo notarás”, se describe a sí mismo. En la invitación le pide que venga a su casa con alguna de las jóvenes sirvientas que tiene en casa, “que sean guapas”. La escogida será Ethel, una chica de diecisiete años que se convertirá en el objeto de deseo de los dos hombres. “Pareces una erupción, querida, tus colores no concuerdan con tu cara”, escribe.

El libro nunca llegó a traducirse al castellano, pero sigue siendo una pequeña maravilla que sólo la condescendencia adulta puede obviar. ¿Puede un libro de una niña de nueve años ser cien veces más interesante que uno de un hombre de 45 años? Por supuesto, aunque tenga ocho millones de faltas de ortografía, lo que demuestra que, en un texto, la ortografía es como el maquillaje, está bien para disimular la fealdad, pero sólo para eso.