¿Volverá la liga antimáscarilla?

Durante la gripe española nació una asociación en contra de esta medida sanitaria, que ahora ya es obligatoria, por los mensajes contradictorios que recibían de los gobernantes

Una familia con mascarilla en la población universitaria de Berkeley
Una familia con mascarilla en la población universitaria de BerkeleyLa RazónArchivo

El decano de la Universidad de Berkeley, muy cerca de San Francisco, escribía el 21 de octubre de 1918 esta urgente carta a todos los estudiantes: “Actúa de forma inteligente y no te alarmes. El miedo reduce tus resistencias. Mantente alejado de todas las masas; evita el transporte público, no asistas a fiestas de ninguna naturaleza; ve a la cama de inmediato si te encuentras mal, la gripe es una enfermedad de contacto personal”. Acababa de obligar a usar máscaras en cualquier espacio público y, siguiendo las ordenanzas municipales, aseguraba que quien no las llevase podía ir a la cárcel.

La universidad de Berkeley es el centro por donde se cree que entró la enfermedad en San Francisco, una de las ciudades más castigadas por la gripe española por la precipitación en el desconfinamiento que llegaría después. Debido a la I Guerra Mundial, la universidad también se había convertido en un centro militar de adiestramiento de cadetes y se habían habilitado más de 260 camas para los nuevos estudiantes. El 6 de octubre llegaba se informaba del primer caso, dos estudiantes que llegaban del este del país. Dos semanas después todos los colegios de la ciudad habían cerrado. “73 nuevos casos hoy. Miss Hine está destrozada. Uno de sus hijos acaba de morir en la enfermería y una amiga suya está muy enferma. No somos una casa alegre estos días. Me han vuelto a llamar diciendo que ningún estudiante salga sin máscara”, aseguraba una de las profesoras que vivía en una residencia de estudiantes el 18 de octubre.

Las máscaras se convirtieron en el principal tema de conversación durante aquellas primeras semanas. Primero las autoridades aseguraron que no eran esenciales, que sólo servían para personas enfermas, luego que no eran esenciales pero sí recomendables, y por último que eran del todo obligatorias, lo mismo que ha ocurrido con el coronavirus. “Wattie me asaltó ayer por atreverme a salir a la calle sin máscara. Yo solo tenía un velo plegado cubriéndome la boca y la nariz. Ella nunca sale sin su máscara, es demasiado virtuosa para no hacer lo que le dicen. Yo soy demasiado estúpida para dejarme sola”, escribía la profesora el día 24 de octubre.

El 28 de octubre se publica la ley que obliga al uso de máscaras en espacios públicos bajo multas de hasta 500 dólares. Dos días después, 171 hombres y 4 mujeres habían sido detenidas por no respetar las ordenanzas. “Querido, si estuvieses aquí también llevarías máscara. Primero nos lo aconsejaron, luego lo convirtieron en ley. No te extrañe que no pare de hablarte de ello porque es lo único de lo que habla la gente estos días. Y sí, llevo máscara, pero no por miedo a la gripe, sino porque no tenemos dinero para pagar una multa”, cuenta la profesora por carta a su marido, que está en Washington.

Después de que los casos en San Francisco y alrededores bajaran durante la primera oleada, a finales de noviembre las autoridades aseguraron que las máscaras ya no eran necesarias y empezó a abrirse la ciudad. La gente buscó en seguida volver a sus vidas y llenaron bares y teatros. En enero, los casos se habían multiplicado por cuatro y las autoridades, desbordadas, volvieron a obligar por ley el uso de mascarillas. Sin embargo, la fatiga social era demasiado fuerte y nació la llamada Liga antimáscara, que se negaba a hacer caso de la nueva normativa. “La señal del dolar exalta más que la señal de la salud”, se lamentaba William C. Hassler, doctor jefe que supervisaba la actuación municipal frente a la pandemia.

Su argumento era contundente. Cuando la gente estaba obligada a llevar máscara había diez casos de contagio al día. Cuando se dejó de llevarla obligatoriamente, los casos habían subido a 75 al día. Y a finales de enero los casos llegaban a los 200 al día. Pero empezó a circular una foto en que el propio Hassler y el alcalde de la ciudad, James Rolph, conocido como “Sunny Jim”, no llevaban máscaras. El jefe de policía, al ver la foto, tuvo que multar al alcalde con 50 dólares.

La tónica de las detenciones siempre era la misma. “John Raggi, detenido en la avenida Columbus, aseguró que no llevaba máscarilla porque no creía ni en máscaras ni en ordenanzas, ni siquiera en la cárcel. Ahora no tiene ocasión de no creer, está en la cárcel de la ciudad”, publicaba “The Chronicle”. Desafiar la ley de la máscarilla llegó a extremos violentos y hubo un caso de un tiroteo con tres policías heridos al intentar detener a una persona sin máscara. Su nombre, James Wiser, un herrero que no paraba de gritar “¡las mascarillas son una tontería!”

Lo cierto es que las continuas contradicciones sobre el uso de la mascarilla sacó de quicio a la población. La Liga Antimáscara empezó a coger importancia hasta el punto que consiguió reunir a 4.500 personas, como ahora ocurre en Madrid en el barrio de Salamanca, bajo el grito “¡Queremos recuperar nuestra libertad!”. La presión popular fue tan fuerte que el 1 de febrero consiguió que las autoridades volviesen a quitar la obligación de llevar mascarilla.

En realidad, la Liga Antimáscara sólo representaba un uno por ciento de la población de la ciudad. Eran cerca de 5.000 personas por una población de 500.000, pero entre sus miembros había varios doctores, que no creían que la medida era efectiva, al menos no con el tipo de mascarillas que usaba la mayoría de la población, y algún cargo electo del propio Ayuntamiento. Periódicos como “The Chronicle” apoyaron a los agitadores y declararon que la obligación de llevar máscara era anticostitucional. “Hace unos días me reía de la idea de llevar mascarillas. Quería ser independiente. No me daba cuenta del precio que esa idependencia iba a tener”, aseguraba el jefe de la Cruz Roja de la ciudad, John A. Britton, lo que demuestra el vaivén en el que se movían las autoridades sanitarias sobre el uso de las mascarillas y que acabó por confundir del todo a la población.

Las proclamas de la liga antimáscara se limitaban a exigir su libertad y atacar a los responsables políticos y sanitarios de la ciudad, sin aportar ideas de qué hacer frente a la pandemia. Entre sus miembros estaba el antiguo alcalde de la ciudad, Eugene E. Schmitz, que fue encarcelado después del gran terremoto de la ciudad en 1906 por extorsión. La directora del movimiento era Emma Harrington, una abogada, activista y la primera mujer que votó en San Francisco, en el año 1911.

“No podemos prestar atención a estos agitadores públicos en momentos críticos como éste. Nos importa la salud de las personas y no si a la gente le gusta o no la mascarilla”, aseguraba Arthur H. Berendt, presidente de la Comisión de Salud de San Francisco.

La liga tampoco fue una fuerza unida y pronto empezaron a surgir divergencias entre sus líderes. Poco antes del 1 de febrero, Harrington fue relegada del cargo de directora en una tensa reunión. “Yo he alquilado la sala y ahora voy a cerrar las luces”; dijo William Scott, miembro de la Liga y el movimiento desapareció. Su objetivo, no obstante, tuvo éxito. ¿Cómo acabarán las protestas que ahora arrecian contra las contradicciones de este Gobierno?