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Política

El hundimiento de Junts: de la hegemonía absoluta al peor resultado de su historia

El CEO certifica el derrumbe de un partido que trata de recuperar el espacio de la antigua Convergencia

Carles Puigdemont y Artur Mas larazon

Durante décadas, el nacionalismo catalán de centroderecha vivió instalado en una «pax» política que parecía inagotable. Convergència era la fuerza hegemónica, un enorme espacio que combinaba orden, estabilidad y gestión, y que dominaba presidencias, diputaciones y alcaldías sin apenas competencia real. Ese modelo se quebró del todo con el procés. Lo que empezó como un intento de Artur Mas de rescatar a CiU de la crisis acabó transformándose en un movimiento que devoró a su propio creador y diluyó por completo la identidad política del antiguo espacio convergente. Una década después, la encuesta del CEO vuelve a certificar un derrumbe sin paliativos: Junts caería a 20 diputados, su peor registro histórico, empatando con la fuerza que compite por su electorado: Aliança Catalana.

El punto de partida de esta caída fue la implosión del modelo pujolista. El intento de Mas de encauzar el malestar social y la crisis institucional a través del soberanismo abrió la puerta a una radicalización que, muy pronto, dejó sin sitio al nacionalismo conservador tradicional. Cuando la CUP vetó a Mas y aupó a Carles Puigdemont a la presidencia, el movimiento independentista viró hacia un populismo de izquierdas canalizado en los antisistema y en ERC que tuvo efectos devastadores para Junts: rompió con su electorado clásico y le creó competencia directa.

ERC se hace grande

A partir de 2017, mientras ERC se adaptaba con rapidez al nuevo escenario del procés y al posprocés, consolidando un discurso más progresista y conectando con los valores emergentes del independentismo urbano y juvenil, Junts se mantuvo desorientado. La estrategia de Puigdemont, aunque reforzada por su figura mediática, resultó insuficiente para frenar el desgaste: el partido sufrió fugas y crisis de liderazgo que minaron su capacidad de renovación.

El ascenso de ERC fue constante. Su adaptación ideológica le hizo captar votantes desencantados de Junts y posicionarse como alternativa sólida, llegando en 2021 a superar a Junts y llevando a Pere Aragonès a ser presidente, mientras Junts ocupaba un rol secundario con la vicepresidencia. Sin embargo, la convivencia no duró: Junts abandonó el ejecutivo a mitad del mandato, dejando patente su debilidad institucional.

La caída de Junts se reflejó también en el terreno municipal: perdió control, fue cediendo espacios en diputaciones y capitales de comarca, y su mapa territorial quedó limitado. Este retroceso coincidió con una crisis ideológica profunda. El giro hacia un independentismo progresista entre 2016 y 2021 alejó a su base tradicional, mientras que los intentos posteriores de reconquistar el espacio conservador, endureciendo discursos sobre seguridad, inmigración y orden social para competir con Aliança Catalana, llegaron demasiado tarde y sin credibilidad.

El ascenso de Aliança

El aparición de Aliança Catalana ha sido la prueba definitiva de que el ciclo político del procés ha llegado a su fin. La sociedad catalana ya no responde a los viejos códigos del independentismo «woke» que marcaron la última década, y ni Junts ni ERC conservan la credibilidad necesaria para movilizar a aquel electorado. La erosión acumulada (promesas incumplidas, giros tácticos constantes y un relato desconectado de las preocupaciones reales) ha dejado a los dos grandes partidos procesistas sin narrativa y sin base emocional.

En este vacío ha irrumpido Sílvia Orriols, cuya agenda de orden, identidad y seguridad ha captado a una parte del independentismo desencantado que ya no encuentra referente en Junts. El CEO lo refleja: Junts es la formación con menor fidelidad de voto de toda Cataluña. Solo uno de cada cuatro votantes de Puigdemont repetiría, mientras que uno de cada cinco migraría directamente a Aliança Catalana. Y la paradoja es que el ascenso de Orriols no se explica por un repunte del soberanismo (solo el 48% de sus votantes quiere un Estado propio), sino por un hartazgo profundo hacia quienes lideraron el procés.

Ante este desmoronamiento, Junts ha tratado de rearmarse ideológicamente. Tras años abrazando un independentismo de izquierdas, el partido intenta ahora recuperar el espacio convergente clásico: baja fiscalidad, defensa del tejido empresarial, mayor firmeza en seguridad, mano dura contra la multirreincidencia, la okupación o los efectos de la inmigración irregular. Es un giro que pretende frenar la fuga hacia Orriols y abarcar de nuevo la totalidad del voto soberanista. Pero llega tarde. La figura de Puigdemont, lejos de cohesionar, desgasta; su estrategia judicial fallida, el descrédito del Consell de la República y sus bandazos ideológicos han generado una fractura interna que ya se expresa en las encuestas.

El CEO confirma que Cataluña vive en un tablero político nuevo, sin la lógica emocional del 2017. El independentismo ha pasado de 66 escaños en 2017, a 55 en 2024, y ahora apenas sumaría 42. Mientras su alcaldía más grande es la de Sant Cugat del Vallés, municipio de 98.000 habitantes, y otros tantos alcaldes locales están en rebeldía reclamando a Puigdemont un cambio de estrategia y más pragmatismo: "No todo puede girar alrededor de Waterloo", dicen.

El procés se ha apagado y sus partidos, incapaces de renovarse, pagan el precio de haber construido un proyecto sin continuidad. El ciclo lo cierra, simbólicamente, el ascenso imparable de Aliança Catalana.