Las marmotas se asustan más cuando otras les gritan en “dialectos extraños”

Los animales se comunican y una variedad de códigos dentro de una misma especie a la que podemos llamar dialectos. Estos pueden tener un papel fundamental en su comportamiento, como es el caso de las marmotas.

A lo largo de la historia se han lanzado todo tipo de vituperios sobre la comunicación animal. El lenguaje es uno de los últimos bastiones donde los humanos justificamos nuestra unicidad. Ningún otro animal tiene lenguaje ¿verdad? Pues depende, porque ese es precisamente el caso que nos trae aquí. Las marmotas se comunican e incluso tienen dialectos. Formas distintas de expresarse que les ayudan a reconocerse para, por ejemplo, solo acudir al auxilio de los gritos de ayuda proferidos en su propio dialecto, abandonando a su suerte a quienes hablen cualquier otra cosa.

Pero, antes que nada, ya que vamos a hablar de lenguaje animal ¿Acaso podemos? ¿Cómo hemos de llamar a la forma en que las anguilas eléctricas usan las descargas para comunicarse? ¿Son los bailes con los que las abejas señalizan su alimento una especie de lenguaje? ¿Qué ocurre con los delfines, que llegan a ponerse nombres propios entre sí? ¿Y los grandes simios que han aprendido a hablar en lengua de signos e incluso a construir nuevas palabras?

Llámale X, pero no estamos solos

Podemos llamarle como queramos, pero en algunas de estas formas de comunicación vemos algo parecido a palabras con su propio significado, a veces hay incluso una especie de sintaxis rudimentaria de tal forma que el propio orden de esas “palabras” cambia el mensaje. Nadie dice que el lenguaje de estos animales esté tan desarrollado como el nuestro, pero muchos guardan propiedades comunes y algunos cumplen, aunque de forma rudimentaria, cada criterio que los teóricos consideran necesario para hablar no solo de comunicación, sino de lenguaje y, por lo tanto, de lenguas. Así que llamémosle como le llamemos, no somos los únicos que utilizan complejos sistemas de comunicación.

Lo más peculiar es que, si bien esto es bastante conocido, las similitudes entre las lenguas humanas y las sofisticadas formas de comunicación animal tienen un paralelismo más que ha llamado la atención de etólogos y neurocientíficos: también tienen dialectos. La diferencia entre lengua y dialecto es algo espinosa. Toda lengua fue en su momento el dialecto de una más antigua, si queremos verlo así, pero su popularización, el poder de quienes la hablaban y otros factores extralingüísticos han sido algunos de los principales motivos por los que esos dialectos tomaron la etiqueta de lenguas hechas y derechas.

Lo mismo, pero diferente

Dejando a un lado la política, en este caso, cuando hablamos de dialectos en el mundo animal, nos referimos a las diferentes formas de comunicarse que adoptan varios grupos de una misma especie. Un ejemplo clásico son algunas especies de pájaros con cantos particulares. Un buen ornitólogo sabrá distinguir el piar de un escribano cerrillo del de un gorrión de corona blanca. Es más, podrán distinguir si el escribano gorrión de corona blanca es de Estados Unidos o de Canadá o si el escribano cerrillo vivió en el siglo XIX o de la más rabiosa actualidad.

Simplemente no suenan igual, y no solo porque cada individuo tenga sus peculiaridades. De hecho, para definir uno de estos dialectos animales hace falta que las diferencias comunicativas entre los dos grupos con supuestos dialectos distintos sean mayores que entre cualquiera de sus propios miembros. De esta forma podemos asegurarnos de que las diferencias no se deben a pura casualidad de cómo se han distribuido sus representantes.

Como decíamos al principio, históricamente hemos querido desligar el lenguaje de la naturaleza, de hecho, llegó a prohibirse investigar el posible origen evolutivo del lenguaje. Así pues, también se dio la espalda a estos casos de dialectismo. Ya fuera en aves, anfibios o incluso en mamíferos, se tomó, si acaso, como una mera curiosidad. Este error ralentizó el estudio de una particularidad en la comunicación animal que podría ser clave para entenderles a ellos y a nosotros mismos, porque lejos de ser un detalle sin importancia, en la naturaleza los dialectos pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Y ese es el caso de las marmotas.

Ardillas dicharacheras

Las marmotas son animales extraños. Claramente cuentan con el aspecto de un roedor, y lo son, pero ya es más complicado intuir su parentesco con las ardillas. Ardillas, marmotas y perritos de las praderas son esciúridos (de la familia Sciuridae). Un grupo de animales adorable, pero engañosamente anodino. Al ser animales gregarios, los perritos de las praderas poseen uno de los sistemas de comunicación más sofisticados del reino animal. No solo son capaces de transmitirse información básica a través de chillidos de alerta, sino que pueden concretar el tipo de predador que se aproxima y combinar palabras para formar nuevas a través de un proceso llamado “generatividad” que muchos creían exclusivo de los humanos.

Pues bien, lo cierto es que, al otro lado del Atlántico, en nuestras propias tierras, sus parientes las marmotas tienen su versión de lenguaje. Mucho más humilde, la verdad, pero también fascinante. En este caso, lo realmente sorprendente no es tanto un rico vocabulario o la presencia de sintaxis, sino los dialectos de los que estábamos hablando antes. Hace tiempo que sabemos que las marmotas alpinas (Marmota marmota) son un ejemplo de dialectismo como pocos. Sus poblaciones tienen una gran cantidad de variantes en el tono y duración de sus gritos de alerta y el origen de estas diferencias no parece del todo claro.

Lo más intuitivo es suponer que discrepancias se deben a motivos geográficos, al haber quedado aisladas poblaciones distintas a uno y otro lado de un río, un desfiladero o una cordillera. De hecho, la amplísima distribución de las marmotas alpinas parece reforzar esta idea. No en vano podemos encontrarlas fuera de los Alpes que les dan nombre, sino que se esparcen desde Inglaterra hasta Rusia pasando por la meseta castellana y, cómo no, nuestros Pirineos. Del mismo modo que la distancia la distancia y los accidentes geográficos han ayudado a que nuestras lenguas evolucionen por separado diferenciándose entre sí, ¿no es posible que haya ocurrido algo similar con las marmotas?

Lo cierto es que posiblemente no. Existen ejemplos donde el aislamiento geográfico ha condicionado la aparición de dialectos en animales, en especial aves canoras. No obstante, en este caso la diferencia entre los gritos de dos poblaciones de marmotas relativamente cercanas no parecía mucho menore que la que podíamos encontrar entre distintos países. Claramente el aislamiento es un factor importante, pero no tanto por motivos geográficos como sociales.

Pues bien, hace relativamente poco, un grupo de investigadores publicó los resultados de su estudio, para el cual estuvieron varios años analizando los sonidos de cuatro poblaciones de marmotas alpinas. Concretamente, su interés se centraba en las llamadas de alarma. En el estudio, los investigadores apuntan a que estas diferencias entre poblaciones se deban posiblemente a factores aleatorios y debidos al aprendizaje de padres a hijos, pero no tanto geográficos o genéticos.

Sea como fuere, lo que el estudio parece haber descubierto es que, ante un mismo peligro (un ser humano acercándose a menos de ochenta metros de las marmotas) las distintas poblaciones producían llamadas de alerta diferentes para avisar del riesgo a sus paisanas. Pero lo que es más importante, la reacción ante un grito de alerta dependía del dialecto de este. Cuando las marmotas escuchaban un grito de alerta en un dialecto diferente al suyo mostraban un mayor sobresalto y huían inmediatamente a sus madrigueras. La interpretación de este hecho no es sencilla, pero parece apuntar a que el grito contiene información más allá del concepto “peligro”. Información que tal vez no sea fácil de entender en un dialecto extranjero y que, ante la duda, lleva a las marmotas a “ponerse en lo peor”. Un peligro desconocido siempre estimula al máximo nuestro instinto de autopreservación, y eso es más o menos lo que observaron los investigadores durante el estudio.

Puede que con un grito familiar sean capaces de evaluar el verdadero peligro, desde dónde viene la amenaza o el verdadero riesgo y ese nivel de precisión puede que no sea digno de recibir el nombre de “lengua”, pero desde luego que comparte rudimentos con nuestros pomposos idiomas. Comunicación, al fin y al cabo, precisa, variable y con matices que hacen que dos interlocutores puedan entender cosas distintas si no comparten un mismo registro. Eso, para muchos, es lenguaje, sea humano, o producto de una suerte de ardillas con sobrepeso.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Cuando los etólogos hablan de dialecto no se refieren exactamente a lo mismo que los lingüistas. Esa es parte de la complejidad de las ciencias, donde incluso las palabras de uso popular adquieren significados ligeramente diferentes en función de la disciplina que las emplea, cada una con un bagaje diferente que imprime en ellas distintos matices.

REFERENCIAS (MLA):