Sociedad

La inteligencia artificial resucita a Beethoven para completar su inacabada 10ª sinfonía y así es como suena

El resultado es tan plausible que la mayoría de los expertos no saben indicar dónde termina Beethoven y empieza la IA

Ludwig van Beethoven
Ludwig van Beethoven FOTO: Flickr (nombre del dueño)

¿Es el arte algo exclusivamente humano? ¿Hay una diferencia entre lo estético y lo artístico? ¿Puede una máquina crear o están condenadas a generar sin rastros de creatividad? Hace unas décadas, los artistas y filósofos del arte más renombrados habrían estado bastante de acuerdo en responder, respectivamente que: sí, sí y que jamás de los jamases llegaríamos a ver creatividad en una máquina. Pero los tiempos cambian y las nuevas tecnologías nos obligan a confrontar nuestras especulaciones con escenarios reales que, hasta ahora, solo creíamos posibles en la imaginación. Era fácil empecinarse en que un ordenador no podría producir arte cuando lo más autónomo que hacían era jugar al ajedrez u otros juegos con reglas tremendamente acotadas. Ahora, en un giro Copernicano, el ser humano parece estar migrando hacia alguna órbita del universo creativo y quienes pretendan anclarnos a su centro deberá dar buena cuenta de todo lo que la inteligencia artificial ha logrado producir, demostrando que algo puede parecer arte, sentirse como arte, ser indistinguible del arte y, sin embargo, no ser arte en absoluto. Tarea difícil sino imposible, y es que el último reto ha llegado de la mano digitalmente incorrupta de Beethoven.

Durante las últimas décadas, programas más y más sofisticados se han enfrentado a retos artísticos y, ya fuera mediante un proceso creativo o una complejísima imitación de lo que los humanos hemos creado, han dado a luz pintura, música, literatura, escultura, etc. Es frecuente que, de vez en cuando, encontremos noticias diciendo algo parecido a lo que sigue: un grupo de expertos han sido incapaz de distinguir qué cuadros habían sido pintados por una IA y cuáles por un humano. La famosa prueba de Turing en su versión de bolsillo, esa que plantea que, en realidad, no importa tanto que una máquina sea inteligente (o creativa) sino que lo parezca, y qué mejor señal de una imitación perfecta que aquella que nos resulta indistinguible de la realidad. Eso es, exactamente, lo que un equipo mixto de musicólogos, historiadores y expertos en inteligencia artificial y música computacional ha logrado hacer. Ni más ni menos que 194 años después de la muerte de Ludwig van Beethoven, han decidido enfrentarse al reto de completar su décima sinfonía. Algo que otros ya habían intentado hacer sin el apoyo de la tecnología, como fue el caso del musicólogo Barry Cooper, que logró unir 250 compases para dar vida al primer y segundo movimientos de la inacabada sinfonía en 1988. No consiguió mucho más, pero, hasta ahora, es lo más cerca que hemos estado de terminarla.

Una doble polémica

Completar la obra de un compositor difunto nunca es fácil, y no solo porque supone bucear en la psique de un genio, sino porque la comunidad suele estar siempre lista para saltar sobre el resultado, dentellando los puntos más débiles de la pieza y haciendo que, de las heridas, broten ríos de supuestos fallos imperdonables. No obstante, es inevitable caer en la tentación. Como humanos buscamos la completitud y, cuando olvidamos la ambigua autoría de estas medias piezas y escondemos las cuestiones ontológicas bajo la alfombra, podemos disfrutar de maravillosas obras de arte que, regalándonos en los escrúpulos, no habríamos podido lograr. Uno de los ejemplos más sonados fue el de lo que posiblemente sea la ópera más gloriosa del nacionalismo ruso: Las bodas del príncipe Igor. Borodín, profesor de química en la Academia de Medicina y Cirugía y genio de la composición musical, murió en 1887, antes de completar su ópera. Sin embargo, ahora podemos escucharla gracias a que Rimski-Kórsakov fue a casa del difunto para recoger sus partituras y, durante el año siguiente, las completó intentando ser tan fiel como pudiera al espíritu de su amigo.

Vemos, por lo tanto, que completar la obra de otro no es algo nuevo. Tampoco lo es que pretendamos que una inteligencia artificial cree arte. Ambas cosas son pretéritas y polémicas en sí mismas. La novedad es combinarlas y lograr, no solo un nuevo hito en la tecnología musical, sino una multiplicación de la controversia que ya generaban por separado. Y, ahora que está claro el contexto y los cenagales que pretendemos explorar, cabe preguntarse qué ha conseguido la IA realmente.

La primera respuesta pasa por aclarar que, en realidad, sería injusto atribuir el éxito o fracaso de esta empresa solo a la Inteligencia Artificial. Esta no es más que una herramienta (por sofisticada que sea) y necesita de operadores y asesores, como quien dice. En este equipo híbrido entre humano y máquina, se encuentran mentes como la del Dr. Matthias Röder, director del Instituto Karajan, Ahmed Elgammal como experto en generar “arte” con inteligencias artificiales, el compositor Walter Werzowa, el experto en música computacional Mark Gotham y el musicólogo y pianista Robert Levin.

El afán de completitud

El proyecto no sería fácil. Por un lado, había complicaciones menores, aunque engorrosas, como transcribir la obra de Beethoven en un lenguaje fácil de computar para la máquina. Pero el verdadero reto estaba en otro lugar, pues hasta ahora, el intento de completar partituras las había extendido apenas unos segundos. A pesar de las dificultades, el equipo comenzó a trabajar en junio de 2019 y empezaron planeando la acometida. Debían reunir la obra del maestro, porque, a fin de cuentas, la inteligencia artificial analizaría toda ella y extraería tendencias que permitieran completar los compases faltantes con melodías y armonías propias del genio, soluciones similares a las que ya hubiera usado, de algún u otro modo, en sus anteriores trabajos. Claro que, para cualquier musicólogo, esto no sería suficiente, porque la obra de una persona no es igual durante toda su vida, cambia a medida que se acumula, madura, se degrada o hasta resurge.

En el caso de Beethoven esto es especialmente llamativo. Es bien sabido que padeció una sordera que fue empeorando durante sus últimos años hasta perder prácticamente toda la audición. Cuando empezó a perder oído, sus partituras se vieron afectadas y las antaño profusas notas agudas comenzaron a volverse escasas, centró su producción en tonos más graves, o al menos así fue durante un tiempo. Al perder incluso más oído, Beethoven fue consciente de que debía enfocar su trabajo de otro modo y, de repente, la restricción tonal con la que estaba creando desapareció y volvieron los tonos agudos, saltando de unos a otros con las más vertiginosas cabriolas. Para completar la décima había que tener en cuenta esto y hacer que siguiera más la tendencia de sus últimos trabajos que la de sus tímidos principios.

Por otro lado, los fragmentos de la décima sinfonía que Beethoven sí llegó a componer no son correlativos y convenía que los expertos indicaran a cuál de los cuatro movimientos pertenecía cada uno, cómo y dónde situarlos dentro de cada uno de ellos. La IA no solo tendría que aprender a completar los huecos que dejara este puzle, sino que debería componer la armonía que fuera a acompañar a esta melodía y construir puentes entre las notas que dejo Beethoven y los nuevos compases de la máquina. Finalmente, la IA debería orquestar la obra, esto es, distribuir la partitura entre los distintos instrumentos que fueran a interpretarla. Y, por supuesto, todo esto debía parecer sacado del tintero del propio Beethoven.

Unos meses después

En noviembre de 2019, el equipo ya había conseguido recrear unos cuantos compases, los suficientes como para ponerse a prueba ante un grupo de periodistas, estudiantes de música y expertos en Beethoven. La audiencia fue incapaz de saber dónde terminaba el genio y empezaba la máquina, no podían distinguir unos compases de otros. Los únicos que fueron capaces de superar el reto eran quienes ya conocían de antemano las pocas notas que Beethoven nos había dejado de su décima sinfonía. Las pruebas se fueron sucediendo y los éxitos acumulándose. Ahora, poco más de dos años después y como conmemoración del 250 aniversario del nacimiento de Beethoven (diciembre de 1770), Magenta Musik 360 ha hecho pública la obra completa en un evento

El resultado puede escucharse en ESTE ENLACE a partir del minuto 16:90 y, tal y como prometían las pruebas intermedias, es realmente sensacional, entendiéndose estrictamente como la RAE lo define, que “causa sensación o llama la atención […]”. Queda a la discreción del oyente añadir la parte final de la definición que dice algo así como “[…] generalmente por ser muy bueno”. Porque sin duda, habrá quien tras escucharla se acantone aún más en la negativa de que una inteligencia artificial pueda hacer arte.

Dirán que no es más que una copia ingeniosa, una sofisticada forma de rellenar huecos con las sobras de otros trabajos, pero no un plano de autor preparado realmente desde cero. Cabría preguntarse si existe por lo tanto tal cosa como la que piden, si acaso no usa nuestra imaginación las mismas artimañas que este ingenio mecánico. Cuando soñamos utilizamos retazos de aquello que hemos vivido, de sensaciones que en algún momento fueron reales e independiente a nuestra creatividad. No será fácil deshacer este entuerto, pero más difícil sería convencerse de que algo que a todas luces parece arte, en realidad, no es más que un finísimo engaño.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El trabajo de este equipo no pretendía descubrir qué notas habría elegido Beethoven exactamente, sino crear una composición tan cercana a su estilo como fuera posible. Podría haber salido algo muy diferente y ninguna de las dos ser la solución que Beethoven habría querido. No obstante, lo esperable es que ambas tuvieran tanta esencia del genio como fuera posible.

REFERENCIAS (MLA):