El genio que de día cambiaba la química y de noche revolucionaba la ópera

Aleksandr Borodín ha pasado a la historia como uno de los mayores compositores de todos los tiempos, pero para él la música solo era una afición y su corazón estaba puesto en la química.

Dicen que hay música en todas partes, pero poco se habla de la ubicuidad de los propios músicos. Rara es la biografía que no incluya algunas líneas para destacar una afición o una pasión musical truncada. Einstein hacía sus pinitos con el violín y Cantor era un niño prodigio de ese mismo instrumento. No obstante, sus historias se quedan pequeñas si las comparamos con las de otro genio que, paradójicamente, pasa más desapercibido que ninguno. En él, esa afición marginal, ese pasatiempo de tardes lluviosas, ha trascendido más que su verdadera profesión. Porque la maravilla de sus obras ha logrado eclipsar su vida como científico, tanto que ahora nos sorprende cuando, perdido en un libro, encontramos su nombre en el contexto de la química.

Estamos hablando de Aleksandr Borodín, uno de los mayores compositores de la historia, perteneciente a un movimiento llamado nacionalismo ruso, que buscaba desembarazarse de las influencias foráneas, encontrando las raíces de sus propias melodías. Dicho esto, aquí puedes acompañar la lectura con sus famosas Danzas Polovtsianas.

Borodín, junto con César Cuí, Modest Músorgski, Nikolái Rimski-Kórsakov y Mili Balákirev a la cabeza, eran conocidos como “el gran puñado” y representaban el núcleo duro del movimiento. Mayormente autodidactas, estos músicos lograron cambiar el panorama sinfónico de su madre patria. Los éxitos musicales de Borodín son suficientes para grabar su nombre en la historia, sobre todo teniendo en cuenta que, para él, aquello era solo una de las mitades de su vida, y ni siquiera la mitad más importante.

El médico renegado

Aleksandr entró en la vida por la puerta de atrás, como hijo bastardo de un príncipe georgiano, Luka Gedianov. En 1833, sus escarceos con Avdodtya Konstantinova Antonova dieron a luz a un niño que, como era costumbre, sería atribuido a alguno de los sirvientes: Porfiry Borodín. Por suerte, el príncipe se aseguro de que su amante y Aleksandr no pasaran necesidad, dándoles una casa, una generosa asignación y proporcionándoles los mejores tutores particulares.

En un entorno así, Borodín tuvo la oportunidad de desarrollarse intelectualmente, tanto en las artes como en la ciencia. Aprendió inglés, francés y alemán con sorprendente facilidad y al parecer, con tan solo 13 años ya había construido un rudimentario laboratorio de química donde preparaba explosivos para pirotecnia y extraía tinciones para producir sus propias pinturas. Su genio estaba bien despierto, lo suficiente para que su cuestionable condición social no le impidiera acceder a la Facultad de Medicina de la Academia Médico-Militar, donde se convirtió en el primero de su clase.

No obstante, la medicina no logró apasionarle, en parte porque buscaba más respuestas que dogmas, y, por otro lado, porque entró a formar parte del grupo de investigación del doctor Nikolay Zinin, una leyenda de la química rusa. El magnetismo de Zinin atrapó a Borodín y el buen doctor no tardó en percatarse del potencial que tenía aquel joven. Sin embargo, Borodín era un hombre de principios. Si había decidido estudiar medicina sería médico y no otra cosa.

Terminada la carrera comenzó a ejercer como galeno en un hospital militar. Mientras, daba salida a sus verdaderas pasiones, se doctoraba estudiando el efecto del ácido arsénico y fosfórico en el cuerpo humano desde una perspectiva más química que médica. Tres años después de dejar la universidad, siendo ya doctor, aceptó al fin su destino, colgó la vara de esculapio y se embarcó en un viaje por Europa para sumergirse en la química de una vez por todas.

Sin camisetas por Italia

Durante sus viajes conoció a verdaderas estrellas de la química cuyos nombres suenan incluso a los estudiantes de la ESO. Durante algún tiempo trabajó con Robert Bunsen, el inventor de los clásicos mecheros que hay en los laboratorios. Algo después, se integró en el grupo de investigación de Emil Erlenmeyer, precisamente durante la etapa en la que este inventaría el matraz Erlenmeyer que todos hemos manipulado en las prácticas del instituto. Asistió a clases impartidas por figuras legendarias como Kirchhoff y Helmholz y se enfrentó a las ideas de otro titán, como fue Kekulé.

Entre todas estas experiencias, tal vez la más chocante fue aquella vez en que, con repentina valentía, Borodín y unos amigos decidieron viajar de Heidelberg a Italia prácticamente con lo puesto. Durante el viaje tuvieron que comprar camisetas nuevas y cuentan que iban dejando las sucias a modo propina. La historia ya es rocambolesca de por sí, pero se vuelve todavía más extrema al saber que, entre los amigos con los que viajaba, había otro famoso químico ruso, posiblemente el más importante de todos los tiempos, Dimitri Mendeléyev, el mismísimo padre de la tabla periódica.

Al volver a Rusia, Borodin estaba cambiado y su bagaje como investigador le permitió convertirse en profesor de química de la Academia de Medicina y Cirugía, ascendiendo a catedrático con tan solo 30 años. Y por si esto fuera poco, su trayectoria no solo siguió creciendo, ganando relevancia dentro y fuera del país, sino que desarrolló toda una serie de iniciativas de corte social entre las que destacan dos. Por un lado, la organización de conciertos benéficos con el propósito de recadar el dinero necesario para becar a jóvenes que no pudieran permitirse estudiar. Por otro, la creación de medicina avanzada en Obstetricia solo para mujeres; una iniciativa pionera en Rusia que trataba de llevar la educación superior a toda aquella persona con voluntad de aprender.

Pero, ¿qué hizo?

Quien intenta profundizar en el trabajo científico de Borodín puede encontrarse decepcionado. De una figura con su trayectoria esperamos, equivocadamente, que haya revolucionado su disciplina poniéndola patas arriba con teorías brillantes, pero en realidad incluso la mayoría de los genios se limitan a contribuciones más modestas. El trabajo de Borodín era bastante técnico y especializado, granitos de arena indispensables para el avance de la química, pero que por sí solos, pueden parecer insustanciales.

De entre toda su producción, que no fue poca, suelen destacarse tres hitos relacionados con la llamada síntesis orgánica, esto es, en pocas palabras: la producción de compuestos cuyo elemento principal es el carbono. Descubrió la demostración de la sustitución nucleofílica y la reacción de Borodín, más conocida como reacción de Hunsdiercker, quien la redescubrió ochenta años después. No obstante, hay un descubrimiento que destaca especialmente: la reacción aldólica.

En realidad, esta última reacción fue co-descubierta por Borodín y Charles-Adolphe Wurtz en 1872, pero desde entonces ha sido perfeccionada como técnica para sintetizar fármacos y otros productos. A veces, un mismo compuesto químico puede presentarse con estructuras ligeramente diferentes, como si lo viéramos al espejo, algo parecido a comparar nuestras dos manos. Estas moléculas se llaman esteroisómeros y es fácil que ambas versiones de una misma molécula se presenten mezcladas al sintetizarlas. El problema es que, por mucho que se parezca, sus propiedades pueden ser completamente distintas. Tal vez una tenga cualidades terapéuticas y la otra sea tóxica, por eso es tan importante. Sin embargo, la reacción aldólica es selectiva, permitiendo sintetizar un esteroisómero concreto y evitando esa engorrosa mezcla.

Gracias a esta reacción se ha sintetizado la atorvastatina, que, si bien ha sido sobrerecetada, casos concretos de hipercolesterolemia familiar han demostrado beneficiarse de su uso. Y más allá de la farmacología está el pentaerythriol, que se aplica tanto en cosméticos como en explosivos, pasando por pinturas y compuestos plásticos. Sin sus descubrimientos este camino habría sido mucho más difícil.

Pero no lo olvidemos, porque como hemos dicho, mientras investigaba e impartía clase, el eminente químico dedicaba sus ratos libres a la música: a tocar el violoncello y a llenar de tinta miles de pentagramas. Al principio, sus canciones eran tímidas, sencillas y llenas de clichés, como las de cualquier otro aficionado, pero conocer a las personas adecuadas y compartir con ellas sus pensamientos le dio la sabiduría y a la confianza para llevar todo aquello un paso más allá.

Su mujer, Ekaterina Sergeevna Protopopova, era una fantástica pianista. Entre ella y el Gran Puñado, fueron animándole a componer. De hecho, fue Balakirev quien más le apoyó durante la composición de su primera sinfonía, la cual fue un éxito rotundo. De entre toda su obra, destaca su poema sinfónico “En las Estepas del Asia Central” en el cual se respira el espíritu puro del nacionalismo ruso al que se debía, pero tal vez sus dos piezas más conocidas fueron su Tercera Sinfonía y la ópera de “El príncipe Ígor” del cual, es muy posible que te suenen sus famosas danzas polovtsianas (que posiblemente lleves un rato escuchando).

El legado de Borodin no es el de Lavoisier, Mendeleyev o Boyle, pero sin duda alguna logró convertirse en un gran científico de su época. Tal vez a pesar de no abandonar su gusto por la música, tal vez precisamente por ello. Y es que mientras crecía académicamente, Borodín no dejó de garrapatear partituras. Tal vez, la mejor forma de recordarlo sea con una de sus frases.

Como compositor que busca permanecer en el anonimato, me da vergüenza confesar mi actividad musical. Esto es bastante comprensible. Para otros, es su principal negocio, la ocupación y el objetivo de su vida. Para mí es una relajación, un pasatiempo que me distrae de mi negocio principal, mi cátedra. Amo mi profesión y mi ciencia. Amo la academia y a mis alumnos, hombres y mujeres, porque para dirigir el trabajo de los jóvenes, hay que estar cerca de ellos.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Borodín fue un gran químico y académico, uno de los mejores del país, pero no revolucionó la química del mismo modo que hicieron algunos de sus compañeros. Fue una figura digna de recordar y con una vida sumamente interesante. Eso es todo y, desde luego, no es poco.

REFERENCIAS (MLA)