Sociedad

Nuestros antepasados se cambian de nombre: llega el Homo bodoensis

Unos investigadores de la Universidad de Winnipeg han propuesto un nuevo nombre con el que denominar a nuestros antepasados que vivieron en África y el sur de Europa hace 500.000 años´

Diorama mostrando un par de Homo bodoensis en la sabana africana del Pleistoceno Medio (Ettore Mazza)
Diorama mostrando un par de Homo bodoensis en la sabana africana del Pleistoceno Medio (Ettore Mazza) FOTO: Ettore Mazza Creative Commons

Cuando un científico se encuentra cómodo, es fácil que comiencen a salir por su boca palabras de una jerga extraña, incomprensibles para quien no comparta disciplina con él. Son términos tan específicos que a veces solo comprenden quienes estudian exactamente el mismo ámbito de especialización, sin importar que sean matemáticos, físicos o biólogos. Pero ¿por qué esta complejidad? La respuesta es algo de Perogrullo: porque las ciencias pretenden dar cuenta de un mundo incluso más complejo.

Se trata de términos increíblemente específicos y que, para funcionar correctamente, han de estar definidos a la perfección. De hecho, cuando esto último falla, la comunidad científica entra en cierta confusión y, comparar estudios que traten un mismo tema se vuelve una pesadilla. ¿Estarán usando el término del mismo modo? ¿Acaso le dan connotaciones diferentes que puedan alteran por completo los resultados de su investigación? Eso es lo que, según un equipo de investigación de la Universidad de Winnipeg, lleva pasando décadas con nuestros antepasados más remotos y, precisamente para evitar ambigüedades, proponen un nuevo nombre para referirnos a nuestros antepasados africanos del Pleistoceno Medio: Homo bodoensis.

Pocas pistas

Para entender el conflicto, es importante evidenciar lo complicado que es definir una nueva especie de cualquier ser vivo. Imaginemos que encontramos un escarabajo que nunca habíamos visto antes y, cotejándolo con algunos catálogos de entomología, encontramos algunas especies más o menos parecidas, pero que no coinciden a la perfección. Si se lo llevamos a un experto, mucho más ducho en encontrar diferencias significativas entre estos coleópteros, puede que nos diga que sí parece de una especie concreta, ya catalogada en el pasado. Sin embargo, que tiene algunas variaciones que no sabría decir si se deben a que es, en efecto, una especie cercana a aquella otra, tal vez una subespecie diferente o, incluso, que no sea más que parte de la variabilidad que se espera de su subespecie, al igual que hay personas más narigudas, corpulentas o patizambas. Si los expertos que tratan con animales vivitos y coleando tienen tantos problemas, imagina cómo crecen estos cuando se enfrentan a los fósiles.

Al presente llegan los restos que llegan, y tras esta tautología se esconde una verdad que atraviesa la antropología, porque, por muchos restos que podamos encontrar, estos no llegan a representar más que una ínfima parte de la variedad que existía cuando seguían con vida. Una misma especie puede mostrar diferencias anatómicas en función de su distribución geográfica y, por supuesto, pueden cambiar a lo largo de los siglos, aunque sigamos entendiéndolas como una misma especie. La pregunta, entonces, es cómo saber si las diferencias que hay entre dos cráneos humanos, son suficientes como para atribuirles una clasificación diferente, si son variaciones geográficas, generacionales o debidas a la edad o sexo del individuo. Poco a poco y sobre todo gracias a los análisis genéticos, esta incertidumbre se ha ido reduciendo. Sin embargo, la antropología evolutiva lleva mucho tiempo abordando estas cuestiones y, sobre la marcha, ha permitido que se consoliden algunas clasificaciones cuestionables.

Recreación del Homo bodoensis (Ettore Mazza)
Recreación del Homo bodoensis (Ettore Mazza) FOTO: Ettore Mazza Creative Commons

Lo que existe y lo que no

Como ejemplo, merece la pena utilizar el mismo en el que se ha centrado la doctora Mirjana Roksandic, la líder del equipo de la Universidad de Winnipeg del que hablábamos antes. Ella ha reparado en que, tradicionalmente, se han identificado muchos fósiles de homínidos del Pleistoceno Medio encontrados en África y el sur de Eurasia como, o bien Homo heidelbergensis o al Homo rhodesiensis. Al parecer, según relata la doctora, las definiciones de estas dos especies no están del todo consensuadas y, en ocasiones, caen en ciertas contradicciones que hace complicado trabajar con ellas. De hecho, los recientes estudios de ADN han obligado a reclasificar algunos restos de supuestos Homo heidelbergensis como neandertales primitivos.

Lo que propone la doctora, por lo tanto, es acuñar un nuevo nombre para aquellos antepasados directos de nuestra especie que vivieran hace aproximadamente 500.000 años en África y parte del Sur de Europa. De este modo, plantea una definición que (si bien hemos simplificado aquí hasta el absurdo), permitiría determinar el espacio geográfico y temporal, así como las particularidades osteológicas de estos homínidos. El nombre elegido ha sido Homo bodoensis, un topónimo elegido a tenor de un cráneo encontrado en Bodo D’ar, en Etiopía. Este habría pertenecido, según esta nueva clasificación, al Homo bodoensis.

Sin duda, no será fácil que la comunidad acepte esta propuesta. Las ciencias han de resistirse un poco ante los cambios, lo justo para que puedan ser puestos en tela de juicio y que cualquier punto flaco que puedan tener emerja a la luz del día. En este caso, la última palabra la tendrá la Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica, que responderá a las necesidades de la comunidad, teniendo en cuenta cuánto llegue a popularizarse este nuevo nombre para nuestros antepasados.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Es fácil malinterpretar el avance y creer que hemos encontrado una nueva especie humana. La verdad es más sutil y, como decimos en el artículo, el avance no consiste en haber encontrado algo nuevo, sino en tomar algo ya conocido y haberlo identificado como una posible especie diferente. Harán falta más estudios que apoyen esta clasificación y, por supuesto, será necesario aguardar a tener noticias del sentir de la comunidad académica.

REFERENCIAS (MLA):