Sociedad

¿Existe la realidad?: La momia que enfrentó a la comunidad científica

Para algunos intelectuales el saber científico es indistinguible de la brujería, no hay tal cosa como una realidad externa y el conocimiento no progresa. ¿Tienen razón?

Ramses II
Ramses II FOTO: NadineDoerle Creative Commons

Hay un chiste que dice así: “Si el oxígeno fue descubierto por Carl Wilhelm Scheele en 1771 ¿cómo respiraban en 1770?” No es un gran chiste, al menos no si se suelta así, a bocajarro. Es demasiado absurdo y se hace difícil conectar con una afirmación tan evidentemente falsa, a fin de cuentas ¿acaso hay alguien que pudiera tomar en serio tal sinsentido? Pues sí, desgraciadamente lo hay.

A finales del siglo XX, el sociólogo de la ciencia Bruno Latour escribió un texto tremendamente polémico. Su título era Sobre la existencia de los objetos existentes y no-existentes. Bajo un nombre tan alambicado, lo que Latour defendía podía equipararse al lamentable chiste del oxígeno. Recientemente, los científicos habían encontrado lesiones inconfundibles en la momia de Ramsés II, la única forma de explicarlas era asumir que, en vida, aquel anciano faraón había padecido la enfermedad de la tuberculosis. Pero para Latour esto era intolerable. ¿Cómo podía haberse infectado por un bacilo que no sería descubierto hasta 1882 por Robert Koch?

La era del posmodernismo

Es fácil ridiculizar la postura de Latour tomándola por la trivialidad que aparenta ser. Lo difícil es entender dónde falla lo que realmente quiere decir Latour. El buen sociólogo no cree exactamente que el bacilo de Koch no existiera hasta que Robert lo observó bajo el microscopio. Para Latour el anacronismo está en que, a lo que nosotros llamamos tuberculosis es más que el microorganismo. Entendemos dicha enfermedad en un marco científico, le atribuimos un origen microbiano y sabemos que es curable con relativa facilidad. Para él, todo ello forma parte de un constructo social al que llamamos tuberculosis, y este no tendría demasiado que ver con el constructo social al que los egipcios habrían atribuido la enfermedad de Ramsés II, en un momento donde no había tratamientos eficaces y, por lo tanto, las consecuencias eran muy distintas a las actuales.

Para los egipcios nuestra tuberculosis recibía el nombre de Saodowaoth, y era un mal que ni atribuían a microorganismos ni tenía cura. Desde la perspectiva de Latour aquellos dos constructos eran inconmensurables, ambos eran igual de válidos cada uno en su contexto social y temporal, por lo que aplicarlos fuera de su momento histórico sería caer en un anacronismo. Por eso rechazaba el uso de la palabra tuberculosis para definir una enfermedad previa al 1882. Lo que Latour estaba haciendo era explorar las consecuencias del trabajo de Kuhn y Feyerabend. Thomas Kuhn fue el padre del giro sociológico de las ciencias y planteaba que, en las ciencias, el cambio de un paradigma a otro era más caprichoso de lo que podía parecer (siendo un paradigma el conjunto de convenciones y conocimientos compartidos por una comunidad de científicos y gracias al cual podían interpretar sus resultados).

¿Existe el progreso científico?

En sus primeros escritos al respecto, Kuhn sugería que la explicación que Newton dio sobre la gravedad no podía ser considerada como inferior o peor a la que daría Einstein casi 300 años después. Más adelante se arrepintió de algunas de sus conclusiones y rebautizó a los paradigmas como matrices disciplinares. De algún modo, Kuhn sugería que el progreso científico no era tal como popularmente entendíamos y eso estaba claramente enfrentado con lo que podemos ver en el día a día. O sus observaciones o sus razonamientos debían estar errados. Aunque su trabajo le llevase a la conclusión de que la física newtoniana y la relativista eran imposibles de comparar, la relativista había demostrado una capacidad predictiva muy superior, indicando, probablemente, que se ajustaba mucho mejor a lo que sucede en la realidad.

No obstante, Feyerabend tomó la decisión opuesta y decidió negar ese progreso científico que todos intuimos llevando al extremo las conclusiones de Kuhn. Así fue como dio a luz a lo que él llamó “anarquismo epistemológico” y que popularmente conocemos por el “todo vale”. Si las matrices disciplinales son inconmensurables no podemos afirmar que las ciencias progresen a medida que renuevan sus paradigmas, simplemente los cambian siguiendo criterios que son más sociológicos que racionales. Siendo completamente sinceros, Feyerabend no creía todo lo que llega a afirmar en sus escritos. Puede que dijera que las ciencias y la brujería aportan conocimientos de una validez equivalente, pero él mismo reconoce estar extremando su postura para subvertir a la comunidad científica, para explorar las conclusiones más recónditas.

Sea por lo que fuere, Latour fue, en cierto modo, un hijo intelectual de Feyerabend y de su relativismo epistemológico, y para él todas las formas de obtener (supuesto) conocimiento son equivalentes. Desde esta perspectiva no es tan demencial negar que Ramsés II padeciera tuberculosis, pero para aceptar tal hipótesis hemos de comulgar con otra asunción más que resulta tremendamente conflictiva: no existe una realidad externa.

¿Hay una realidad ahí afuera?

De algún modo, Latour sugiere que la definición de “tuberculosis” depende completamente de nuestra percepción contemporánea de la enfermedad, pero podríamos decir que eso es, tan solo, la interpretación moderna de la enfermedad si la describimos a partir de sus síntomas y consecuencias, hay una forma mucho más universal de definirla y es la siguiente: la tuberculosis es la enfermedad causada por los microorganismos del complejo Mycobacterium tuberculosis. Las ciencias requieren asumir la existencia de una realidad externa y objetiva sobre la que poder formular proposiciones y el microorganismo descubierto por Robert Koch es parte de esa realidad, y, de hecho, ya lo era antes de ser descubierto.

La verdad de una afirmación depende de que cuánto se adecue a una realidad externa, si no asumimos la existencia de esa realidad externa ninguna afirmación podría considerarse verdadera o falsa, las ciencias carecerían de sentido e incluso la defensa del anti-realismo se quedaría sin más argumentos que un nihilismo adolescente. No obstante, esto no termina de justificar que exista algo ahí afuera. Solo hemos dicho que las ciencias son incompatibles con negar el realismo, pero no por qué de ello derivamos que ha de haber una realidad externa y no simplemente que las ciencias se equivocan. Estaríamos cayendo en la misma trampa que aplicó Kant para defender la existencia del libre albedrío. Para él, si no asumimos que las personas tienen cierta libertad más allá de sus condicionamientos biológicos o contextuales, no tiene sentido hablar de moral, seríamos una suerte de autómatas sin responsabilidad sobre nuestros actos. Como él no está dispuesto a desechar la moral, afirma que se ve obligado a aceptar la libertad (exista o no, cosa que jamás sabremos) para así poder seguir trabajando.

En cierto modo, Kant sabía que su razonamiento estaba teñido de pensamiento desiderativo, esto es: justificaba su conclusión no en la razón, sino en sus ganas de que ella y sus implicaciones fueran ciertas. En este caso, las ciencias han demostrado afinarse a medida que han ido avanzando. Son capaces de predecir con una precisión sorprendente y gracias a ellas hemos diseñado dispositivos tecnológicos que para los antiguos serían indistinguibles de la magia, es más: ¡funcionan! Todo ello son avales que respaldan la idea de que ha de haber una suerte de realidad externa que las ciencias pueden predecir y modelizar con más o menos exactitud.

Por mucho que algunas corrientes posmodernistas se empeñen, las ciencias no hablan solo de constructos sociales, hay algo más, independiente de nosotros y nuestra cognición. Ramsés contrajo la tuberculosis durante el siglo XIII antes de Cristo y el conocimiento científico es algo más que una pura convención. O como dijo el físico y matemático Alan Sokal: Invito a cualquiera que tome las leyes físicas por meras convenciones sociales a que intente transgredirlas desde la ventana de mi apartamento (vivo en la planta veintiuno).

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Las ciencias sociales son ciencias y deben ser rigurosas. La gran diferencia que presentan con otras ciencias tradicionalmente conocidas como duras (en todo caso) es que su objeto de estudio es mucho más complejo y, por lo tanto, más difícil de controlar en un estudio para asegurarnos de que estamos midiendo solo aquello que nos interesa medir. Esto no las hace inferiores ni reductibles a ciencias más básicas como la física.
  • La química es algo más que procesos físicos y no es práctico (ni viable) estudiar los hechos químicos únicamente desde el marco de la física. Lo mismo ocurre con la sociología, la economía y, por supuesto: la psicología. Precisamente por eso hay que tener tanto cuidado con el “todo vale” y entender que no toda interpretación de los hechos es igual de válida, ni en las ciencias duras, ni en las “blandas”.

REFERENCIAS (MLA):