Sociedad

De China a Constantinopla: las lenguas que cruzaron un continente

Una investigación nos revela el periplo de los antepasados de turcos, mongoles y japoneses a través de Asia

En este mapa podemos ver la distribución actual de las lenguas transeurasiáticas. En gamas de verde, las lenguas turcas; en gamas de amarillo/naranja, las lenguas mongolas; en gamas de azul, las tunguses; en violeta las lenguas coreánicas y en rojo las japónicas.
En este mapa podemos ver la distribución actual de las lenguas transeurasiáticas. En gamas de verde, las lenguas turcas; en gamas de amarillo/naranja, las lenguas mongolas; en gamas de azul, las tunguses; en violeta las lenguas coreánicas y en rojo las japónicas. FOTO: Martine Robbeets et al. (Nature)

La historia está llena de relatos apasionantes de viajes, migraciones y éxodos, de pueblos que tuvieron que dejar su hogar ancestral y buscar otro lugar, quizá más próspero o quizá menos violento. Pero la mayoría de esas migraciones está perdida para nosotros: ocurrieron hace miles de años, antes de que aprendiéramos a escribir, antes de que hubiera historia. De esos viajes de la prehistoria sabemos menos de lo que nos gustaría, pero algo podemos averiguar gracias a la arqueología, la genética… o la lingüística. Las poblaciones humanas modernas son, al fin y al cabo, hijas de esas migraciones. Sus antepasados, a lo largo de su recorrido, imitaron las palabras, copiaron la cultura, y a veces tuvieron descendencia con sus vecinos. Todo eso sigue presente en las poblaciones modernas, y forma un rastro que podemos seguir, piezas de un rompecabezas que nos cuentan la historia no escrita de esas gentes.

Hace unos días, la revista Nature publicó un artículo que nos cuenta una de esas historias: habla sobre los pueblos transeurasiáticos, una familia que agrupa a turcos, mongoles, tunguses, coreanos y japoneses. En la actualidad estos pueblos se extienden entre el Océano Pacífico y las costas del Mediterráneo, y en época histórica fueron los dominadores de la estepa que se extiende entre Hungría y Mongolia. Su cultura es muy variada: desde los pastores de caballos de la estepa a los cultivadores de arroz de Japón. Pero si esta reconstrucción es correcta, hubo un tiempo en que todos compartían la misma cultura y la misma lengua. Ese tiempo y esa cultura es la que vamos a intentar reconstruir.

Un inicio accidentado

Las primeras indicaciones de que todos estos pueblos podían estar emparentados vinieron de la lingüística. En el siglo XIX varios investigadores señalaron paralelismos entre algunas palabras de las lenguas turcas y mongolas. Como ambos grupos habían sido históricamente pueblos de la estepa, con culturas basadas en el pastoralismo y una vida nómada, estas similitudes parecían naturales: es probable que inicialmente fueran una sola cultura nómada que se separó en algún momento en una rama turca y una rama mongola. Llamaron a esta asociación familia altaica, por las montañas del Altai, en el centro de Asia.

Durante décadas esta hipótesis gozó de muy buena prensa, pero a mediados del siglo XX una nueva generación de lingüistas empezó a poner en duda las similitudes en el léxico turco y mongol. Los parecidos entre palabras son muy resbaladizos, porque casi nunca tenemos que la palabra “agua” es idéntica en los dos idiomas. Lo habitual es que “agua” en un idioma suene parecido a “algo relacionado con el agua” en el otro. Por ejemplo, muke en manchú es “agua”, y mören en mongol es “río”. ¿Son suficientemente parecidas esas palabras? ¿Se parecen porque ambas vienen de una palabra ancestral que significaba “agua”, o es simplemente una coincidencia? Éstas son el tipo de objeciones que los lingüistas empezaban a defender en la década de 1950. Y lo complementaban con un argumento todavía más potente: los turcos y los mongoles han compartido hábitat durante siglos. ¿No será más razonable pensar que sus palabras se parecen porque unos han imitado la lengua de los otros? Quizá en múltiples ocasiones, a veces del turco al mongol y otras veces a la inversa.

La situación no mejoró cuando se incorporaron coreanos y japoneses a la mezcla. Era cierto, algunas palabras de estas dos lenguas tenían paralelismos con palabras turcas y mongolas, pero ahora estábamos incorporando a unas gentes que ni siquiera compartían la cultura altaica. Japoneses y coreanos son agricultores, y lo han sido durante milenios. Tienen también una cultura de pescadores y navegantes que no puede estar más lejos de la vida en la estepa. Los parecidos entre las lenguas altaicas, el japonés y el coreano ¿reforzaban la idea de que todas ellas tienen un origen común? ¿O al contrario: eran la prueba de que muchos de esos paralelismos son meras casualidades?

Sólo la lingüística no basta

El artículo de Robbeets y colaboradores se inscribe en el centro de esta disputa. Lo que han hecho es diseñar un criterio para determinar qué palabras es razonable que vengan de un origen común y cuáles es razonable pensar que son préstamos de otras lenguas. El criterio incluye, por ejemplo, que si en una lengua la palabra tiene un significado amplio (del tipo “agua”) y en todas las demás tiene un significado restringido (del tipo “río”) entonces es razonable pensar que la palabra original es la de significado amplio y las otras lenguas la adquirieron a través de un préstamo, seguramente de un grupo que la usaba sólo con el significado restringido. En ese caso la palabra no puede considerarse ancestral a todas esas lenguas, sólo a la primera.

Este enfoque ha arrojado resultados sorprendentes: los investigadores siguen encontrando un sustrato común a todas estas lenguas, un núcleo de palabras que parecen provenir de una lengua ancestral a turcos, mongoles, tunguses, coreanos y japoneses. Pero ese sustrato no tiene nada que ver con la vida de la estepa o con el cultivo del arroz: tiene que ver con la agricultura del mijo. Las palabras incluyen “campo de cultivo”, “sembrar”, “cereal” (concretamente, la palabra que en las lenguas modernas se usa para el mijo, y no para otros cereales), pero también “fermentar”, “moler”, “tejer” o “cuerda”. Sólo un animal aparece en la lista: el perro.

Espigas de mijo común (Panicum miliaceum), la variedad que probablemente trabajaron los ancestros de los pueblos transeurasiáticos. El mijo se domesticó en el nordeste de China alrededor del 10.000 a.C., y es probable que fuese un cultivo muy apropiado para pueblos seminómadas, por los escasos 50 días que pasan entre la siembra y la cosecha.
Espigas de mijo común (Panicum miliaceum), la variedad que probablemente trabajaron los ancestros de los pueblos transeurasiáticos. El mijo se domesticó en el nordeste de China alrededor del 10.000 a.C., y es probable que fuese un cultivo muy apropiado para pueblos seminómadas, por los escasos 50 días que pasan entre la siembra y la cosecha. FOTO: Jschnable (Wikimedia)

Este vocabulario apunta a una sociedad eminentemente agraria y que ha desarrollado varias industrias relacionadas con los cereales, como la producción de bebidas fermentadas o la artesanía textil. Es notable la completa ausencia de la ganadería en este vocabulario común: el léxico sugiere que esta población ancestral no criaba animales, con la sola excepción de los perros, que están asociados a todo tipo de culturas humanas desde muy antiguo.

¿Dónde vivió esta gente, y en qué época? El análisis lingüístico también puede darnos alguna pista en ese sentido, porque viendo cuán diferentes son esas palabras en las lenguas modernas podemos estimar cuánto tiempo llevan separadas las diversas ramas. En este caso la fecha más probable es el 7.000 a.C., aunque con una horquilla amplia, entre el 3.500 y el 11.000 a.C. Armados con este dato podemos tratar de confirmar o rebatir el análisis fuera del mundo de la lingüística. Los autores acudieron a la arqueología, y se preguntaron qué yacimientos conocemos de más o menos esa antigüedad, que estén situados en Asia y que muestren evidencias de cultivo de mijo. Y la realidad es que no muchos, y todos en las región del río Liao, en el nordeste de la actual China. Probablemente ésas son las coordenadas de la patria ancestral de estos pueblos.

Localización aproximada de la tierra ancestral de los pueblos transeurasiáticos, según la reconstrucción de Robbeets y colaboradores. El círculo de color violeta es una estimación basada en la diversidad actual de lenguas en la región, bajo el supuesto de que la patria ancestral será una región que conserve lenguas de casi todas las ramas (el círculo incluye lenguas de todas las ramas salvo las japónicas, pero éstas se hablaron en época histórica en el punto 5). La elipse negra es una estimación más fina basada en el léxico común y en la arqueología, y comprende la cuenca occidental del río Liao.
Localización aproximada de la tierra ancestral de los pueblos transeurasiáticos, según la reconstrucción de Robbeets y colaboradores. El círculo de color violeta es una estimación basada en la diversidad actual de lenguas en la región, bajo el supuesto de que la patria ancestral será una región que conserve lenguas de casi todas las ramas (el círculo incluye lenguas de todas las ramas salvo las japónicas, pero éstas se hablaron en época histórica en el punto 5). La elipse negra es una estimación más fina basada en el léxico común y en la arqueología, y comprende la cuenca occidental del río Liao. FOTO: Martine Robbeets et al. (Nature)

Llegado a este punto nos hemos de plantear cómo queremos llamar a esta gente. Hemos pasado de un cuadro en el que estos pueblos eran esencialmente pastores de la estepa con una vida nómada a otro muy distinto, en el que su cultura original era agrícola y asentada en las vegas fértiles de un río. Es por eso que cada vez más se reserva el adjetivo “altaica” para la rama que comprende a turcos, mongoles y tunguses, y se prefiere el nombre de familia transeurasiática para el linaje completo. El término está bien elegido, porque desde el este de China estas gentes recorrerán todo el continente, y terminarán asentados en las islas más orientales de Asia y en las mismas puertas de Europa.

Lo que las palabras nos dicen

La lingüística nos da también algunas pistas sobre cómo ocurrieron estas migraciones. Las diferencias entre el léxico altaico y el de coreanos y japoneses sugieren que éstos fueron los primeros en separarse de la patria ancestral. El trabajo de Robbeets y colaboradores fecha esta separación algo antes del 3.500 a.C. Para esa fecha los antepasados de coreanos y japoneses ya habían incorporado un nuevo elemento a su vocabulario común: el mar. Términos para “océano”, “barco” o “pez globo” son comunes a ambas ramas, pero están ausentes en las lenguas turcas y mongolas. Y, de nuevo, la arqueología le hace un guiño a la lingüística: efectivamente, alrededor del 3.500 a.C. tenemos en Corea asentamientos de gente que cultivaba el mijo, para los que la pesca era una parte importante del sustento y cuya industria tiene algunas similitudes con las culturas del río Liao. No es una prueba definitiva, pero sí una interesante concomitancia. ¿Fueron estos asentamientos el hogar de los antepasados de coreanos y japoneses?

Lo fueran o no, lo que está claro es que a partir de este punto su historia toma su propio camino. La arqueología nos informa de que pocos siglos después una migración procedente del este de China traerá el cultivo del arroz a Corea. Y lo que vemos en el vocabulario es que las palabras relacionadas con el arroz parecen estar “recicladas” a partir del léxico del mijo, lo cual sugiere que, efectivamente, el arroz fue una adición tardía a la cultura. De aquí en adelante los japoneses empezaron a desarrollar su peculiar cultura en las islas, y los coreanos hicieron lo propio en el continente.

En cuanto a turcos y mongoles, su historia es, tal vez, la más interesante. Aunque hoy los conocemos como aguerridos jinetes de la estepa, lo cierto es que eso ocurrió relativamente tarde, entre el 500 a.C. y el 500 d.C. Antes de eso sus antepasados vivieron durante milenios como agricultores en el este de la actual Mongolia, cerca de su patria ancestral. Su vocabulario común nos revela una innovación ganadera: los cerdos. Pero no hay caballos, no hay leche ni derivados de ésta y no hay indicaciones de un estilo de vida nómada. Simplemente, durante milenios siguieron haciendo lo que sus antepasados hacían tan bien.

No sabemos qué les llevó a abandonar ese estilo de vida. Quizá el clima cambió, o quizá otros pueblos, que en el sur se estaban desarrollando en el incipiente imperio chino, les empujaron a dar el salto de la agricultura sedentaria al pastoralismo nómada. Lo que sí sabemos es que ese cambio fue gradual, e incluyó mucho contacto con otros pueblos que ya conocían el arte del pastoreo. Nos lo dicen sus palabras, que son préstamos de lenguas iranias o chinas, como es el caso de los términos para “vaca” o “caballo”. También vemos que su léxico empieza a incorporar términos relacionados con la taiga y la estepa, términos que están totalmente ausentes en las lenguas coreanas, japonesas y tunguses, que nunca entraron en contacto con los hábitats del centro de Asia.

La patria ancestral de los turcos es especialmente difícil de establecer, en parte por la extraordinaria extensión geográfica que han alcanzado sus gentes. En el mapa el círculo violeta señala, de nuevo, la región con mayor variedad lingüística en la actualidad. Las zonas en cian marcan el único lugar en que se hablan en la actualidad lenguas bulgáricas, la rama del turco hablada en la Bulgaria histórica; limitadas hoy al curso medio del Volga, en el pasado se hablaron mucho más al este y también en Europa oriental. La elipse negra, de nuevo, es la estimación de la patria ancestral basada en la lingüística y la arqueología, y la sitúa cerca de la zona de origen de los pueblos transeurasiáticos.
La patria ancestral de los turcos es especialmente difícil de establecer, en parte por la extraordinaria extensión geográfica que han alcanzado sus gentes. En el mapa el círculo violeta señala, de nuevo, la región con mayor variedad lingüística en la actualidad. Las zonas en cian marcan el único lugar en que se hablan en la actualidad lenguas bulgáricas, la rama del turco hablada en la Bulgaria histórica; limitadas hoy al curso medio del Volga, en el pasado se hablaron mucho más al este y también en Europa oriental. La elipse negra, de nuevo, es la estimación de la patria ancestral basada en la lingüística y la arqueología, y la sitúa cerca de la zona de origen de los pueblos transeurasiáticos. FOTO: Martine Robbeets et al. (Nature)

La historia de los pueblos transeurasiáticos no es sólo la de un viaje extraordinario. También es la historia un vuelco total en la cultura y las costumbres. Sus antepasados cultivaban el mijo, usaban sus fibras para tejer y construían casas subterráneas. Los japoneses, hoy en día, son famosos por una gastronomía muy centrada en los productos del mar, una de las más célebres del planeta. Los mongoles fundaron una dinastía en China y su imperio multiétnico destruyó la hermosa Bagdad del califato abasí. Los turcos pasaron de ser mercenarios a dueños de sus propios destinos, y su ingenio y perseverancia les llevó a poner fin al mismísimo Imperio Romano. Pero todas estas cosas no nos conciernen hoy. Todo esto podemos leerlo en los libros porque ya es, al fin, historia.

QUE NO TE LA CUELEN

  • La búsqueda de paralelismos entre las lenguas es un negocio resbaladizo, y lo es especialmente cuando se basa en “palabras que suenan parecido”. Hay muchos mecanismos que pueden hacer que dos palabras que no tienen ninguna relación se terminen pareciendo: los idiomas pierden vocales y consonantes de forma habitual, y a veces copian directamente la palabra de alguna lengua vecina. Análisis de este tipo, no siempre llevados a cabo con el cuidado debido, son los que han relacionado con todo tipo de lenguas, desde el íbero a las lenguas caucásicas y al bereber. Para que cualquiera de esas relaciones sea tomada en serio es preciso demostrar que los paralelismos no son producto del azar, o de la imitación entre las dos lenguas.
  • Las familias lingüísticas mejor establecidas son, con diferencia, la familia indoeuropea y la afroasiática. Ambas se benefician de tener más de 3.000 años de registros escritos, lo cual permite establecer con gran detalle qué aspectos de las lenguas son ancestrales y cuáles han aparecido a lo largo de la historia.
  • En el caso de las lenguas transeurasiáticas, muchos especialistas todavía no consideran que la relación entre las diferentes ramas esté firmemente probada. Las semejanzas en el vocabulario señaladas inicialmente están ahora fuertemente desacreditadas, pero los paralelismos en la construcción de los verbos sigue siendo un argumento a favor, y una nueva generación de lingüistas, como los autores del artículo del que hemos hablado hoy, está tratando de articular un caso más matizado y sólido en favor de su existencia.

REFERENCIAS