
Geología
Descubren un nuevo superdepósito de oro en China
Mientras tanto, España cuenta con el mayor yacimiento europeo… Y no está explotado aún.

Cada vez cuesta más encontrar grandes yacimientos de oro. No porque el metal esté a punto de agotarse, sino porque los depósitos fáciles ya se descubrieron hace décadas. Aun así, de vez en cuando, la Tierra sorprende. Bajo kilómetros de roca, en silencios geológicos que duran cientos de millones de años, siguen escondidas acumulaciones colosales del metal más codiciado de la historia.
El último ejemplo llega desde China, donde un equipo de científicos ha anunciado la posible existencia de un “superdepósito” de oro a gran profundidad. Según las estimaciones preliminares, la cantidad podría superar las mil toneladas, una cifra difícil de imaginar: más oro del que algunos países han extraído en toda su historia moderna. De confirmarse, sería uno de los mayores depósitos jamás identificados.
En Uzbekistán, en pleno desierto de Kyzylkum, se encuentra Muruntau, considerado durante años el mayor depósito de oro del planeta. La mina, visible desde satélites como una cicatriz gigantesca en la Tierra, alberga reservas estimadas en miles de toneladas y lleva décadas sosteniendo buena parte de la producción mundial.
Algo parecido ocurre en Indonesia, en el complejo de Grasberg, famoso por su cobre, pero también por sus inmensas reservas auríferas, o en Nevada (EEUU), donde varias minas conectadas forman uno de los mayores sistemas productores de oro del mundo. En Yanacocha (Perú), se explotó durante años un yacimiento tan vasto que alteró la economía regional y convirtió a la zona en uno de los epicentros mundiales del metal precioso.
Estos depósitos suelen llamarse “supergigantes” o “megadepósitos”, aunque el término no tiene una definición estricta. En general, se reserva para aquellos yacimientos que combinan tres factores raros: una cantidad extraordinaria de oro, una extensión enorme y un contexto geológico capaz de concentrar el metal durante millones de años sin que se disperse.
El oro no aparece por casualidad. Se mueve disuelto en fluidos calientes que circulan a gran profundidad, suele ascender por fracturas de la corteza y acaba precipitando cuando cambian la presión o la temperatura. Para crear un megadepósito hacen falta condiciones muy especiales: grandes volúmenes de fluidos, estructuras geológicas estables y mucho tiempo. Muchísimo tiempo.
España también forma parte de esta historia, aunque a otra escala. El mayor depósito de oro conocido en el país se encuentra en Salave, en el occidente de Asturias. Allí, bajo capas de roca próximas a la costa, se concentra el yacimiento aurífero más importante identificado hasta ahora en territorio español. De hecho, es el mayor yacimiento de oro no explotado de Europa.
No es comparable en tamaño a Muruntau o Grasberg, pero sí lo bastante grande como para haber sido explotado intermitentemente desde época romana y seguir siendo objeto de debate científico, económico y social. Los romanos, de hecho, sabían reconocer estos lugares excepcionales. En Las Médulas, en León, desmontaron montañas enteras con ingeniería hidráulica para extraer oro disperso en grandes volúmenes de sedimentos. Y en Salave ya extrajeron hasta 7.000 kilos.
La paradoja es que hoy, con satélites, geofísica avanzada y perforaciones ultraprofundas, descubrir nuevos gigantes es cada vez más difícil. No porque no existan, sino porque están ocultos a mayor profundidad, bajo zonas urbanizadas, protegidas o técnicamente complejas. El hallazgo reciente en China sugiere que buena parte del oro del futuro podría no estar cerca de la superficie, sino varios kilómetros tierra adentro.
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