Tutankhamón, la maldición llega a Madrid

Una exposición en Ifema, «La tumba y sus tesoros», reconstruye estancias de la sepultura y muestra, a través de copias fidelísimas, los objetos que se encontraron junto a la momia del faraón

Momia de Tutankhamon, con su célebre máscara, en la exposición Ifema.
Momia de Tutankhamon, con su célebre máscara, en la exposición Ifema.Cristina Bejarano

Son réplicas, pero no están exentas de valor. Están hechas por artesanos egipcios actuales y muchas de ellas están rematadas con oro o cuentan con un recubrimiento de pan de oro. El primer montaje de esta exposición alcanzó los cinco millones de euros y es probable que la copia de la máscara funeraria más célebre de todo el mundo rebase fácilmente los 10.000. Las piedras preciosas se han sustituido por materiales que el ojo profano no sabría distinguir de las originales y se han mantenido, incluso, los errores originales, los pequeños gazapos que se les deslizaron a los orfebres y escribas egipcios en el momento de preparar el ajuar (en una de las capillas doradas, escribieron mal el nombre del faraón dentro de un cartucho).

La exposición que Ifema dedica a Tutankhamón –y que se inaugura mañana sábado– es un recorrido por la historia del descubrimiento arqueológico más conocido de todos los tiempos y muestra, con rigor y un minucioso detallismo, los tesoros que albergaba en su interior a través de reproducciones exactas de las piezas que se hallaron. El recorrido enseña cómo se encontraba la tumba en el momento en que, tres mil años después de ser sellada, Howard Carter la abrió en 1922 -momento en el que exclamó: «¡Veo cosas maravillosas!»-, emulando la disposición concreta de cada uno de los objetos (se han replicado tres de las cuatro estancias de la que estaba compuesta la sepultura del Valle de los reyes, incluida las paredes policromadas).

La arqueóloga Esther Pons sonríe al escuchar la palabra «maldición»: «Es cierto que algunas tumbas tenían advertencias en la entrada, pero es algo común a todas las culturas, no solo a la egipcia. Pero, precisamente, la de Tutankhamón, no la tenía. Además, Lord Carnarvon, que financió las campañas de excavación, murió tres años después, pero debido a su salud. De hecho, había acudido a Egipto por ese motivo, porque tenía mejor clima que su país natal. Es cierto que el pájaro que Carter cuidaba se lo comió una serpiente, pero eso no quiere decir nada, y, en cuanto a su descubridor, lo cierto es que falleció de un infarto de corazón en 1939».

La egiptóloga revela datos interesantes y que están presentes en esta exhibición, como los pequeños sarcófagos de las hijas del faraón (una murió a los cuatro meses de nacer y la otra era neonata) que se depositaron junto a su padre, y que se hallaron también 170 bastones, una pista que remite al delicado estado de salud de Tutankhamón. «Sabemos –explica Esther Pons– que padecía malaria, que murió por la infección de una herida en la rodilla –que se causó al caerse de su carro, que estaba también en su tumba y que era de caza o deporte, porque era demasiado joven para acudir a la guerra–, y que tenía una reducida movilidad,lo que explica la presencia de los bastones. La causa de esto último provenía de la costumbre de los matrimonios entre parientes próximos. De hecho, Tutankhamón se casó con su hermanastra».

Para ella lo más relevante es seguir analizando individualmente cada una de las piezas –hace poco se ha descubierto que una daga y un escarabajo fueron trabajados con hierro de fuera de nuestro planeta y que debió caer con algún meteorito–, aunque reconoce que todavía hoy lo más importante es conocer el día a día de las personas corriente en el Antiguo Egipto. Uno de los aspectos que todavía le siguen asombrando de este descubrimiento es la disposición de «los recipientes para la comida. Estaban todos perfectamente colocados debajo de una de las camas. Lo que sorprende, además, por otro motivo. A pesar de lo que muchos piensan, esta tumba ya había sido saqueada por los ladrones. Eso explica el desorden de una cuarta cámara, que no se ha reproducido aquí. De hecho se estima que llegaron a llevarse alrededor del 60 por ciento de las joyas».