La “Ira de Dios” que mató al Papa

La peste negra arrasó roma y acabó con Pelagio II mientras el mundo se temía la llegada del Apocalipsis

«El triunfo de la muerte» de Pieter Brueghel El Viejo (Museo del Prado) narra estos hechos
«El triunfo de la muerte» de Pieter Brueghel El Viejo (Museo del Prado) narra estos hechos

La llamada Ciudad Eterna fue menos eterna que nunca en el año 589, cuando millares de cadáveres apilados en carromatos debieron trasladarse extramuros desde el centro para que no pudiesen contagiar a nadie más. Eran las infelices víctimas de la pandemia de peste negra o bubónica que asoló también España y Marsella en aquella época. En noviembre, el Tíber se desbordó, provocando el hundimiento de varios edificios antiguos y de los almacenes de cereales de la Iglesia que contenían las reservas alimenticias para la ciudad de Roma durante el invierno.

Antes de que acabase el año, la peste se dejó sentir con toda su mordacidad. Las gentes se llevaban las manos a la cabeza: «¡Es la ira de Dios! ¡Cómo haremos para aplacarla!», vociferaban evocando las plagas bíblicas. En el Vaticano, la situación no era ni mucho menos mejor. El Papa Pelagio II acababa de morir entre estertores, víctima de la maldita peste, con los ganglios inflamados en la ingle, las axilas y el cuello.

Un papa monástico

Algunos obispos se dejaron llevar por el pánico ante la sospecha de que Dios hubiese vuelto la espalda a Roma derramando toda su ira. No en vano, la ciudad seguía sometida al asedio de los lombardos, que la saqueaban a todas horas. Los altercados violentos en las calles estaban a la orden del día. Y a todo eso se sumaba la pandemia de peste que dejaba muertos a cada momento y las terribles inundaciones. Parecía el fin del mundo.

Los romanos se refugiaron en sus casas, desesperanzados, mientras de vez en cuando oteaban por los postigos de las ventanas temerosos ante la llegada del Apocalipsis. Y en medio del caos reinante, debía elegirse un nuevo Papa. Los obispos señalaron al mismo hombre. Nadie más preparado y bondadoso a sus ojos que el monje benedictino Gregorio. Era extraño hasta entonces que un fraile atrajese de modo tan unánime las miradas de los prelados para ocupar el solio de Pedro. Pero eran tiempos en los que el Papado reclamaba no solo el liderazgo de la Iglesia, sino la culminación de una labor política del más alto nivel.

Tampoco es menos cierto que Gregorio había sido prefecto y que encarnaba como pocos la excelsa virtud de la caridad. Se le veía a menudo rodeado de los más necesitados, con quienes compartía la comida y oraba por sus intenciones. Era el hombre de fe que necesitaba la Iglesia en aquella época tan virulenta. Elegido finalmente por unanimidad, Gregorio experimentó un gran seísmo interior. Él anhelaba abrazar la vida monástica, contemplativa y silenciosa, tal y como como establecía la Regla de San Benito. Todo lo opuesto a las exigencias del Papado, convertido en el centro de las miradas ajenas y hasta de los entramados políticos. ¿Pero acaso no debía obedecer él a los designios del Señor? Cuenta la leyenda que, asediado por las dudas, Gregorio huyó de su residencia, antiguo monasterio, para refugiarse en el bosque y tratar de sortear su destino. Finalmente, retornó a Roma al cabo de tres días para asumir su pontificado con resignación, haciéndose muy pronto merecedor del título «Siervo de los Siervos de Dios».

Los cantos gregorianos

El comienzo de su reinado pasará a los anales de la Historia de la Iglesia por una sola anécdota tan increíble como cierta. El Papa Gregorio pidió al pueblo que saliese en procesión por la ciudad como penitencia por los pecados cometidos, convencido de que era la única solución para que cesase de una vez para siempre la terrible pandemia de peste. Y así, mientras se celebraba el oficio, se apareció a los presentes el Arcángel San Miguel con su espada desenvainada en lo alto de la fortaleza, anunciando el fin de la epidemia. El príncipe de las milicias celestiales derrotó así, espadón en mano, al encarnizado enemigo.

Poco después, en señal de agradecimiento, el Papa Gregorio bautizó a la fortaleza con el nombre de Castillo Sant’Angelo de Roma. Una estatua de San Miguel conmemora hoy aquella milagrosa jornada. El Papa se haría llamar Gregorio Magno, convirtiéndose así en Padre de la Iglesia con una importante contribución. Trabajador incansable, su legado de cartas y escritos doctrinales es de enorme relevancia. Inició la evangelización de los ingleses y negoció con los lombardos el pago de un tributo a cambio de que pusieran fin al asedio de la ciudad. Pero hay una última aportación fundamental: recopiló desde los primeros cánticos que los cristianos entonaban en las catacumbas y sumando los posteriores compuso un maravilloso Antifonario. Gracias a él, conocemos hoy los célebres Cantos Gregorianos.

LAS CALUMNIAS DE SABINIANO

Sabiniano fue elegido Papa al morir Gregorio. Ambos se conocían. En el año 593, Gregorio le había nombrado Nuncio en Constantinopla, pero le hizo regresar enseguida por su torpe gestión. Sabiniano jamás se lo perdonó. Movido por el odio y el resentimiento, se dedicó a desprestigiarle. Difundió la calumnia de que solo el afán de admiración presidía sus buenas obras y le acusó también de haber dilapidado el patrimonio eclesiástico para dar de comer a los pobres. Pero todo eso no hizo más que granjearle la enemistad de los fieles y del clero.
Por eso, aunque hizo algunas cosas interesantes, como normalizar el tañido de las campanas para avisar del comienzo de los santos oficios, la leyenda presenta hoy a Sabiniano como un hombre avaro y falto de caridad, que en plena hambruna abrió los graneros para vender el trigo bien caro, en lugar de repartirlo entre los más necesitados.