La maldición de los Braganza

La dinastía portuguesa, reinante desde 1640, resultó herida de muerte a raíz del atentado a Carlos I, penúltimo rey del país, en la Plaza del Comercio

Grabado del atentado que costó la vida a Carlos I de Portugal
Grabado del atentado que costó la vida a Carlos I de PortugalLa Razón
FECHA: 1908. La dinastía de los Braganza, reinante en Portugal desde 1640, resultó herida de muerte a raíz del atentado que mató a Carlos I, penúltimo rey del país.
LUGAR: LISBOA. María Pía de Saboya, madre del rey Carlos I, sabía muy bien ya cómo ahogaba el dolor pues su hermano, el rey Humberto, había muerto también asesinado.
ANÉCDOTA: Carlos nunca olvidó ese rocoso lugar en la playa de Cascaes, llamado «Mexilhoeiro», donde una fuerte ola le arrebató de la mano de su madre siendo niño.

La dinastía de los Braganza, reinante en Portugal desde 1640, resultó herida de muerte a raíz del atentado que costó la vida a Carlos I, penúltimo rey del país, el 1 de febrero de 1908. Más de dos siglos y medio de historia formaban parte ya de un vaguísimo y nostálgico legado; desde que el primer monarca de la dinastía, Juan II de Braganza, reinase con el nombre de Juan IV hasta 1656, sucedido por su hijo Alfonso VI, que dejó a su vez la corona en manos de su hermano Pedro II, en 1683.

Y así, sucesivamente, ocuparon luego el trono Juan V (1706-1750), José I (1750-1777)... hasta llegar a Luis I, padre del infeliz Carlos de Braganza, que había cedido a éste la corona tras su muerte, en 1889. Al cabo de 19 años del reinado de Carlos I de Portugal, a cientos de kilómetros de Lisboa, en la Plaza Mayor de Salamanca, José de Alpoim, el gran intrigante revolucionario –grueso, rubio y con cara de niño–, paseaba con Miguel de Unamuno cuando recibió la noticia del regicidio. Gritó, complacido: «¡Ya murió el canalla!». Entre tanto, una hoja anónima circulaba por Lisboa, clamando: «Muerte a los sanguinarios Alfonso Costa, Alpoim y Ribeira Brava, los verdaderos asesinos del Rey y el Príncipe real». La acción revolucionaria portuguesa no podía explicarse, desde luego, sin el protagonismo de las sociedades secretas.

En su célebre «Relatorio», Machado Santos, inspirador de la República, había afirmado que «la masonería es la madre de la Revolución». Al mismo tiempo, el ilustre masón francés Quartier-la-Tente aseguraba que la francmasonería no estaba organizada para la acción y que su secreto le impedía lanzarse a la lucha y actuar como corporación fuera del templo. Por eso surgió el Carbonerismo, condenado por el Papa Pío VII en el ocaso de su pontificado. La resurrección de esta sociedad secreta fue espectacular en Portugal, hasta convertirse en un poderoso foco antimonárquico que jugó un papel decisivo en el asesinato de Carlos I.

Incluso cierto día, la reina Amelia de Orleans, consorte de Carlos I, para hablar en secreto con un ministro, le llamó al centro de la sala: «Mejor aquí, porque si no saldrá mañana todo publicado en “O Mundo”». Y claro que salió pues... ¡hasta el telefonista era carbonario!

El pendenciero don Carlos había sucumbido a esa plaga antimonárquica. Nacido el 28 de septiembre de 1863, hijo de Luis I y de María Pía de Saboya, el infortunado Carlos I de Portugal tenía demasiados enemigos cuando subió al trono con 26 años, tras la muerte de su padre. Su madre era otra mártir, de la que heredó la ambición de mandar. Hija del rey Víctor Manuel II de Italia, María Pía sabía muy bien ya cómo ahogaba el dolor, pues su hermano, el rey Humberto, había sido asesinado antes que su hijo Carlos, también rey, y que su nieto el príncipe heredero. Perdió incluso el trono y, sin él, quedó privada del fasto y la grandeza que eran para ella como una segunda naturaleza. Por eso fue meritorio que, aun siendo mimada desde niña y habiendo amado el lujo sin límite, aceptase con magnanimidad su nueva situación.

De hecho, ella misma solía decir: «Quienes quieran tener una reina, han de pagarla». Era valerosa, como su hijo. Cuando el mariscal Saldanha fue a saludarla, después de comunicar al monarca que, una vez más, se convertía en dictador, ella le dijo: «Si yo fuera el rey, os haría fusilar aquí mismo». Don Carlos nunca olvidó ese rocoso lugar en la playa de Cascaes, llamado Mexilhoeiro, donde una fuerte ola le arrebató de la mano de su madre, cuando era niño. Salvado por un farero, visitó siempre aquel bello enclave y murió sin poder acabar un cuadro que lo reproducía. María Pía jamás tuvo contemplaciones con su hijo, forjando en él la firmeza de carácter.

El chaval dedicaba gran parte de su tiempo a las lecciones de griego, alemán, matemáticas y equitación. Jugaba también con sus amigos, uno de los cuales destrozó de una pedrada, en el jardín del palacio de Ajuda, un hermoso cactus. «Fui yo», mintió el chiquillo para proteger a su amigo. Cuando la reina fue a levantarle el castigo, al cabo de tres días de encierro en su habitación, le increpó: «¿Por qué mentiste? No fuiste tú». Don Carlos respondió, iracundo: «Quien se lo dijo, madre, me ha traicionado». Y el destino quiso que lo traicionasen más tarde al precio de su valiosa vida.

Monarca apacible

El padre del difunto rey Carlos I de Portugal era un monarca apacible, que amaba la soledad. Tocaba con maestría el violoncelo y traducía a Shakespeare. Don Luis I había heredado de los Braganza la ternura y la sensibilidad artística. Por eso, don Carlos se afligía cada vez que la Prensa trataba a aquel hombre bondadoso de «protector de ladrones» y de «primer traidor». Aunque luego él mismo sufriera esa misma incomprensión y cruel desprecio de sus enemigos. Don Carlos, como ya sabe el lector, contrajo matrimonio con Amelia de Orleans, perteneciente a una dinastía destronada. La reina Amelia había aprendido desde pequeña a ser ordenada, ahorradora y cuidadosa. Nació en 1865, en el destierro de Inglaterra. Allí vivía precisamente su padre, el conde de París, alejado de su país por Napoleón III, pretendiente al trono que había ocupado su abuelo Luis Felipe de Orleans, último rey de Francia.