Fútbol, cuando el fascismo cogió la pelota

Ni Hitler ni Franco ni Mussolini fueron grandes seguidores del fútbol, sin embargo, todos ellos utilizaron el deporte rey para hacer llegar al ciudadano de a pie los valores que consideraban buenos para la nación e involucrarle en la causa

Benito Mussolini nunca había visto un partido de fútbol. No digamos ya dar una patada a un balón. Sin embargo, sí sabía de su potencial. Las posibilidades políticas y propagandísticas que se escondían detrás del juego de la pelota eran perfectas para hacer llegar el mensaje. El deporte permitiría al fascismo del Duce introducir en la sociedad los valores y símbolos de la nueva religión laica que venía a sustituir en Italia a las anteriores creencias. No tardó, por ello, demasiado en promover una práctica física que, además, alcanzaría un hito de popularidad durante los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932: Italia quedaría segunda en el medallero, solo por detrás de los anfitriones. Las organizaciones de alto rendimiento, como la Opera Nazionale Balilla, dividían a los jóvenes según su edad y sexo con el fin de formar «hombres fuertes para la guerra» y «madres sanas para engendrar futuros soldados». Y, como conviene que cunda el ejemplo para hacer más creíble el discurso, paralelamente se desarrolló el mito del Mussolini deportista. El dirigente practicaba de forma habitual esgrima, equitación, esquí y natación, y no tenía ningún reparo en que se le fotografiase en acción (para luego ser portada de la Prensa nacional). «Mi único placer es el deporte», llegó a reconocer en 1928 a modo de eslogan. Ese era el modelo con el que los italianos debían identificarse.

Así llegaron los años treinta en los que los ídolos deportivos comenzaron a equipararse a las estrellas del espectáculo. Los medios de comunicación se vuelcan con el deporte, en general, y el fútbol, en particular, para lograr la cohesión social, además de utilizarlo como herramienta para ganar prestigio internacional. El balompié se convierte así en un mecanismo para propagar el sentimiento patriota: se ensalzan la pertenencia al grupo, la fidelidad y la disciplina. Los extranjerismos son sustituidos por términos en italiano y el régimen ya controla hasta el número de forasteros que juegan en la liga. Como remate, se impone por decreto el saludo romano antes de cada evento. No levantar el brazo supondrá una sanción.

Pero el momento de máxima expresión del fútbol llegó cuando la «Azzurra», la selección nacional, ganó los Mundiales de 1934 y 1938, el más eficaz de los mecanismos de cohesión social. Era una orden directa del Duce: «Italia debe ganar. Es una orden». Se aceleraba así el proceso de pertenencia al Estado fascista. Muy por encima de la lucha de clases, pues de esta manera se compartía el objetivo de la victoria sobre otros países.

Empresas como la de Benito Mussolini son las que aborda Cristóbal Villalobos Salas en su ensayo «Fútbol y fascismo» (Altamarea). Como nos enseñaron los romanos, que hicieron bueno eso del «pan y circo» acuñado por el poeta Juvenal, los espectáculos, en este caso el deporte, son viejos amigos de los políticos: si se mantenía al pueblo ocupado con los devenires de la arena era más probable que descuidaran su preocupación por controlar al gobierno de turno. Una base que terminó evolucionando hasta ese adoctrinamiento en el que, llegado el siglo XX, se convirtió el deporte. Basta con recordar la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS dentro de las canchas de juego.

Villalobos Salas comienza su texto hablando del fútbol como un deporte de masas, pero despreciado por los intelectuales pero que, poco a poco, se ha ido haciendo un hueco entre los Camus, Pasolini, Orwell y Benedetti. Todos ellos terminaron dedicándole parte de sus páginas. Javier Marías, también, que se ha referido a él como el circo y el teatro de nuestro tiempo: emoción, temor y temblor, desolación o euforia.

El crítico de arte Hal Foster afirma que «el fútbol es el escenario donde se resuelven los oscuros manejos del destino, sobre todo. en lo que respecta al destino nacional». El motivo por el que Borges nunca comulgó con él: «Despierta el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así. La idea de que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible». Para el periodista Ramón Lobo, «como en la guerra, el fútbol tiene reglas (...) es un catalizador de la estupidez humana, del odio, la envidia, el nacionalismo exacerbado». Un escenario en el que se muestran las diferencias de las identidades (familia, ciudad, nación...). El espíritu tribal, fuente del nacionalismo, ha sido invocado por los dictadores del siglo XX aprovechando lo que, según Vargas Llosa, es el irracionalismo del ser humano, un sentimiento que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados. «No resulta extraño, por tanto, que los dictadores hayan usado habitualmente este deporte para conseguir sus objetivos políticos», escribe Villalobos: «El fútbol hoy empieza a ser tenido en cuenta en estudios académicos por su capacidad para propagar ideales políticos, así como para formar y cohesionar identidades».

Si Italia fue la primera en recuperar la noción clásica del deporte como arma política, la Alemania de Hitler y la España franquista harían lo propio. Eso sí, sus dirigentes no imitarían a Mussolini en la práctica deportiva. Eran más de pesca, en el caso del español, y de pintura y cine, por parte del Führer. También se dejó llevar este último por lo que se vio en los JJ OO del 32. La imagen que habían dado sus compadres italianos quería verla ahora en sus filas. Fue la meta que su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, marcó en rojo. El destino se lo había puesto en bandeja, dos años antes de que Hitler subiera al poder, Berlín había sido designada como la sede las siguientes Olimpiadas, las del 36. Ante el peligro inminente que ya se presuponía, socialistas, comunistas, sionistas, norteamericanos... pidieron al Comité Olímpico Internacional cambiar de lugar por el carácter «autoritario y racista» del nuevo régimen alemán. Y fue entonces cuando Hitler se percató de la utilidad del evento, que, quitando algunos repasos como el de Jesse Owens, fueron un éxito: «Desplegaron la imagen de una Alemania fuerte, cohesionada, moderna y capaz de cualquier cosa», apunta Villalobos.

Con la constante nazi de afirmar la superioridad de la raza aria en el ámbito intelectual y en el físico, los jerarcas alemanes hacían constantes alusiones a la práctica deportiva en los jóvenes como método fundamental para mejorar su formación.Según Hitler, «los jóvenes del futuro deben ser tan rápidos como un galgo, tan recios como el cuero y tan duros como el acero». Por lo que se desarrollaron programas en busca del «superhombre nazi».

En el fútbol, los clubes introdujeron el «principio de supremacía del líder», o «Führerprinzip», que, como ya ocurrió en Italia, obligaba a iniciar y acabar los partidos con el saludo fascista. Se cambió el sistema de competición para evitar rivalidades regionales y lograr así una Alemania unida y fuerte. Y, por supuesto, los equipos con alguna traza judía fueron eliminados: «Se consideran inaceptables».

Por su parte, España no iba a ser menos. Complementado con el «Cara al sol», también se impuso el saludo fascista. La selección se convirtió en la conexión entre el régimen del 39 y la nación española, y durante la Segunda Guerra Mundial se jugaron partidos amistosos frente a Portugal, la Francia de Vichy, Alemania e Italia. Postura que cambiaría tras la derrota de las potencias del Eje, cuando el fútbol inició un proceso de «desfascistización». Años más tarde, los imponentes nuevos estadios de Madrid y Barcelona, la llegada de los Kubala y Di Stéfano, las victorias europeas del Real Madrid y de la Selección española, la popularización de la Quiniela, los diarios deportivos, las retransmisiones radiofónicas... dotaron al fútbol de una influencia social inimaginable hasta ese momento. Contribuyó a mejorar la imagen internacional del país, que, salvo contadas excepciones, no tenía gran peso en el deporte.

Los periódicos españoles llegaron a dedicar un 17% de sus páginas al deporte, mientras que la política nacional apenas llegaba al 3%. El ex ministro Javier Solana comentó que, por entonces, el fútbol era la droga social necesaria «para hacer olvidar al hombre de la calle sus problemas cotidianos, y utilizado sistemáticamente en vísperas de las jornadas laborales más conflictivas». Y es que Fraga Iribarne, como ministro de Información y Turismo, dispuso las corridas de toros y el fútbol para todas las vísperas de las jornadas del Primero de Mayo como seña de identidad.

En definitiva, también logró un gran éxito a la hora de expresar la identidad nacional a través del fútbol «porque el “nacionalismo banal” franquista no tenía, en apariencia, implicaciones políticas y era, de esta manera, fácilmente asumible por amplios sectores de la sociedad», cierra el autor.

Una simple actuación

Los símbolos y los gestos se cuidaban al detalle (en la imagen, la Selección italiana, en formación, antes de un partido del Mundial del 38). El tradicional apretón de manos previo al encuentro fue sustituido por el saludo romano, decisión comunicada por la propia Federación, que advirtió a los jugadores de la falta de disciplina que supondría no realizarlo. Tras la caída de Mussolini, los jugadores Silvio Piola y Giuseppe Meazza afirmaron que el saludo se trataba de una simple actuación, un fascismo de apariencia que aceptaban para no tener problemas.