Harriet Tubman: La verdadera historia de la abolicionista repudiada por Trump y Kanye West

El rapero ha afirmado que esta esclava nunca liberó al pueblo negro, «sino que simplemente los hizo trabajar para otra gente blanca». Señala así a Una figura pionera (primera mujer en liderar un asalto militar y en aparecer en los billetes de 20 dólares) que tampoco agrada al presidente de Estados Unidos

Harriet Tubman Library of CongressMark Gulezian/NPG

West y Trump. Kanye y Donald. Dos estrellas indiscutibles cuando pisan su terreno: el rap para el primero; los negocios para el presidente. Otro asunto son las fobias (y también filias) que desatan cuando se ponen el traje de político. Juntos forman una pareja que ya demostró su amor en el pasado, incluso sin el consentimiento de Kim, faro del clan Kardashian y mujer del cantante. «Mi esposa me llamó y quiere que deje claro que no estoy 100% de acuerdo con todo lo que hace Trump», rectificaba West tras abrir su corazón al empresario. Y es que la Kardashian es mucha Kardashian.

No le pareció bien a la «influencer» aquello de que «nadie puede hacer que no lo ame» que el rapero le dedicó al presidente en la primavera de 2018. «Él es mi hermano. Amo a todos. No estoy de acuerdo con todo lo que hace en todo el mundo. Eso es lo que nos hace individuos. Y tenemos el derecho al pensamiento independiente», escribía el cantante. El inquilino de la Casa Blanca, por su parte, sacaba pecho de tener a semejante altavoz a su lado (más de 30 millones de seguidores en Twitter), pero era más escueto en la contestación: «Gracias Kanye, ¡genial!». 

Eran los tiempos mozos de una relación que ha sufrido con el paso de los años y con la llegada del «caos», como definió el artista de la gestión de Trump durante los últimos meses. Entonces, llegó Dios y «me dio claridad», apuntaba recientemente el rapero que, además, había sentido la llamada del altísimo de que «es el momento», confesaba West al anunciar su candidatura a la Presidencia de Estados Unidos. Pero, ya saben, donde hubo fuego quedan cenizas, y las apariciones del político debutante no hacen más que confirmar que aspirante y presidente están cortados, en parte, por un mismo patrón.

Durante estos primeros días de presentación ante los medios, no ha dudado el cantante en poner el dedo sobre una vieja conocida de su «colega» Trump: Harriet Tubman (1820-1913), la mujer que está llamada a sustituir a Andrew Jackson, séptimo presidente de Estados Unidos, en los billetes de 20 dólares. Un cambio que se debería producir este mismo año, pero que «motivos técnicos», alegados por la Administración Trump, han retrasado la fecha hasta 2028; por lo que habrá que esperar todavía un tiempo para poder decir aquello de que Tubman, esclava y activista negra, es la primera mujer en poner su rostro en el papel moneda estadounidense. 

Tubman fue esclava hasta que en 1849 se escapó de una plantación junto a sus hermanos, Ben y Henry, primero, y, más tarde, en solitario gracias al «ferrocarril subterráneo» que ayudaba a los afroamericanos a escapar de las plantaciones. A finales del 50, se enteró de que su sobrina iba a ser vendida junto a sus hijos, así que regresó con el único propósito de liberarlo. Lo logró. Volvería para hacer lo propio con su hermano Moisés, nombre con el que Tubman comenzaría a ser reconocida por llevar a su pueblo a la libertad.

Así pasaron hasta once años en los que esta mujer iba y venía al Eastern Shore de Maryland para rescatar al mayor número de personas posible (incluidos sus otros tres hermanos, sus mujeres y sus hijos). «Mi investigación ha confirmado que movió a unas 70 personas en aproximadamente trece viajes y dio instrucciones a unas 70 más que encontraron su propio camino a la libertad», confiesa Kate Clifford Larson, autora de «Destino a la tierra prometida: Harriet Tubman»: un libro que le llevó años de trabajo y que es reconocido como un documento indispensable para conocer la historia de esta mujer menuda.

«Fue una mujer muy admirada, para disgusto de sus oponentes masculinos. Algunos de ellos no podían superarla, eran incapaces de entender cómo se sentían tan atraídos por su mente, por su coraje», asegura Clifford Larson. Y añade que «al arriesgar su vida sirvió como un ejemplo. Hubo quienes se miraron en ella y decidideron seguir sus pasos».

Ya en 1861, con el inicio de la Guerra Civil, Tubman entendió pronto que, si la Unión triunfaba en ese conflicto, la esclavitud tenía los días contados, así que no dudó en adherirse a un grupo de abolicionistas de Boston y Filadelfia que ponía rumbo a Carolina del Sur. Ya en el destino se sumaría al general David Hunter, que, además de convencido seguidor de la causa, comenzó a reunir antiguos esclavos para un regimiento de soldados negros. Sin embargo, el presidente Lincoln todavía no estaba dispuesto a conceder la emancipación del sur, por lo que reprendió a Hunter para disgusto de una Tubman que condenó la respuesta del político: «Dios no permitirá que el maestro Lincoln venza al Sur hasta que haga lo correcto», dijo.

Tubman sirvió como enfermera en Port Royal preparando remedios de plantas locales para combatir la disentería y la viruela. Que durante los tratamientos ella no contrajera la enfermedad desató la rumorología de que estaba «bendecida por Dios» y comenzó a forjar los orígenes de su leyenda. Su buen hacer pronto la proporcionó una recompensa económica, pero, ante las sospechas que aparecieron entre los negros liberados de que recibía un tratamiento especial, terminó renunciando a los suministros del Gobierno para ganarse un sustento con los pasteles y la cerveza que preparaba por las noches.

Finalmente, la emancipación del Sur llegó a principios del 63 y sirvió a Tubman para renovar su compromiso. Tanto como para ponerse al frente de un pequeño comando. Se convirtió en la líder de un grupo de exploración de los alrededores de Port Royal. El terreno de Carolina del Sur, compuesto por marismas y ríos, era similar al de la costa de Maryland que la vio nacer, así que se sumergió en un viaje de incógnito para mapear la zona y reconocer a algunos de sus habitantes. Más tarde llegaría su trabajo junto al coronel James Montgomery, al que proporcionó información fundamental para capturar Jacksonville (Florida).

En ese mismo año, Tubman se convirtió en la primera mujer en liderar una expedición militar durante la Guerra Civil. Dirigió a los soldados de Montgomery en los asaltos a las plantaciones de arroz del río Combahee (Carolina del Sur). Incendiaban edificios, tiraban puentes y, sobre todo, liberaban esclavos. Aparecían los barcos de la Unión, tripulados por negros, y los trabajadores del campo corrían a subirse a ellos en busca de huir a una mejor vida y para desgracia de los impotentes capataces, que eran incapaces de frenar la fuga ni con armas ni con látigos. Los botes, repletos, se alejaron hacia Beaufort. Tubman reconoció no haber visto «nunca tal cosa».

Los dueños de las plantaciones, por su parte, gritaban desesperados a sus ya ex esclavos que se verían en Cuba (se había extendido el rumor de que la Unión embarcaba a los recién liberados rumbo a las plantaciones del Caribe para continuar igual). Las mujeres cargaban ollas de arroz todavía humeantes, los cerdos se cargaban sobre los hombros y los bebés se agarraban como buenamente podían a los cuerpos de sus padres con tal de saborear la libertad. La operación del río Combahee excarceló a más de 750 esclavos. Una hazaña de la que los diarios alabaron el «patriotismo, sagacidad, energía y habilidad» de la protagonista.

La mayoría de los hombres liberados se unieron al ejército de la Unión y Tubman pasó a formar parte de la siguiente batalla, el asalto a Fort Wagner, que la abolicionista contó así: «Y luego vimos el rayo, y esas fueron las armas; y luego escuchamos los truenos, y esas fueron las armas grandes; y luego escuchamos la lluvia cayendo, y esas fueron las gotas de sangre cayendo, y cuando vinimos a recoger las cosechas, fueron los hombres muertos los que cosechamos». Se mantendría en combate hasta el final de la guerra trabajando para las fuerzas de la Unión, atendió a esclavos, exploró nuevos territorios confederados y cuidó de los soldados heridos hasta su regreso a Auburn (Nueva York) una vez rendida la Confederación.

Tubman nunca recibió un salario de forma regular y, durante años, se le negó la compensación a todo su servicio. Su estatus no oficial y los pagos desiguales ofrecidos a los soldados negros causaron grandes dificultades para documentar su entrega, por lo que el Gobierno tardó en reconocer su deuda. Aun así, no cejó en un constante trabajo humanitario que la mantuvo en la pobreza de forma casi perpetua.

Un moño, una pedrada y un esclavo

Cuando todavía era adolescente, Tubman fue a un almacén para recoger unas telas, pero lo que se encontró allí fue a un esclavo de otra familia que había escapado. Pidieron la ayuda de la joven para capturarlo, pero esta se negó, así que el capataz, en su afán de detener al fugado, ya a la carrera, lanzó una pesa para atraparlo. No dio en su objetivo, aunque sí en la cabeza de una Tubman que, por suerte, portaba un frondoso moño (siempre creyó que ese recogido le había salvado la vida). De lo que no le libró el peinado es de permanecer dos días semiconsciente y sin recibir asistencia médica. Desde entonces, comenzó a sufrir mareos y desmayos que se han relacionado con una epilepsia relacionada con aquel impacto.