Crítica de “No creas que voy a gritar": La cinefilia como exorcismo ★★★★✩

Esta crítica dura 484 palabras. Frank Beauvois utilizó imágenes de 450 películas para explicar un fragmento de su vida. Ojalá Godard llevara razón cuando decía que escribiendo una crítica estaba rodando una película y rodando una película, estaba escribiendo una crítica. Lo que sí es verdad, en cierto modo, es que toda crítica debería ser un poco autobiográfica, porque revela una manera de ver el mundo, un estado de ánimo subjetivo, a partir de una obra ajena. Por eso este crítico confiesa sentirse tan cerca de lo que ha hecho Beauvois en “No creas que voy a gritar”, que no es otra cosa que abrirse en canal utilizando su cinefilia como médium, como canal abierto entre su torrente de conciencia -desencantado, melancólico, confinado en su propia angustia- y el mundo -aterrado, en declive, bajo un estado policial, la Francia de después del atentado del Bataclán-. Lo micro y lo macro, arrugados en una sola roca de Sísifo: el esfuerzo, el sudor y las lágrimas sabiendo que siempre hay que volver a empezar.

Desde un pueblo remoto de la región de Alsacia, Beauvais rompe una relación amorosa. No tiene coche, ni empleo, ni novio, su padre muere de repente, y quema las naves en una suerte de bulimia cinéfila: el universo de las descargas ilegales es droga dura para el desamor. Cualquier película -un giallo, un ‘soft core’, un clásico secreto del ‘underground’- sirve para interpelarlo. Todas hablan de su fracaso, desmembrarlas significa buscar un nuevo lenguaje, encontrar en ellas un código clandestino que es, a la vez, universal. “Yo no veo el mundo”, dice. “Intento pensar en él a través de las películas que veo día y noche. Penetro en el cine de los otros. El nido se convierte en nicho, y el refugio, en prisión. Y ese cine de los otros solo son espejos, no ventanas”.

La voz de Frank Beauvois no deja respirar las imágenes, las aplasta como frutas maduras. Es imposible identificar de dónde vienen: son fonemas sueltos de tipografías diferentes, como el anónimo de un asesino en serie. Una limitación económica (es una astuta forma de eludir el pago de derechos) se convierte en la sintaxis rota de una vida que busca imágenes que la expliquen (que redunden sus significados verbales) o que la contradigan (aportando desvíos).

Es algo muy parecido a lo que habría hecho Guy Maddin si lo hubieran abandonado y hubiera perdido el sentido del humor. Lo que queda son las ruinas del celuloide, que son también las ruinas del yo y del sistema hermenéutico en el que se inscribe. Y el yo, es inevitable, también es el tú. Un tambor, unos pies colgando, una caja fuerte que se abre, una llave… todos esos objetos, todos esos gestos, también hablan de nosotros, espectadores impertérritos de un arte que no se cansa de dialogar con el alma de esta fiesta en la que ya no se puede fumar.

Lo mejor: Que traduce la obra ajena a un lenguaje íntimo e intransferible, demostrando que la cinefilia es una enfermedad productiva

Lo peor: A pesar de su breve metraje, puede resultar densa y angustiosa para paladares poco sensibles al diario íntimo