Colin Firth y Stanley Tucci, locura de amor

En «Supernova», Harry Macqueen aborda la demencia a través de la relación de una pareja que sabe que la muerte les acecha

Qué bien vendrían hoy aquellos que hace no tanto se tiraban a la calle para sentirse queridos o regalar un poco de cariño, depende del lado del que se mire. Cogían un cartón, escribían «free hugs» («abrazos gratis»), y a recibir/dar amor que se ponían. Pues bien, si al final de cada pase de «Supernova» apareciera algún sujeto de estos, seguro que más de uno se la jugaba sin mirar las posibilidades de infección o la potencial multa por incumplir la distancia de seguridad. Y es que, en tiempos de Covid, los sentimientos, aunque capados, ahí siguen; y si a uno le llega el cuento hasta el tuétano poco se puede hacer para obviarlo.

Que no sirva esto para desincentivar cualquier visita al cine o para ver esta película de Harry Macqueen, sino todo lo contrario, salvo que uno esté buscando la carcajada. Si es de estos últimos, mejor vaya a otra, de lo contrario, apuesten por esta trama «como si fuera un regalo», apuntaba, ayer, el director y guionista del largometraje. Tras veinte años de amor, Sam (Colin Firth) y Tusker (Stanley Tucci) se enfrentan a la demencia prematura del segundo. Para abstraerse e intentar aprovechar los últimos momentos de lucidez (y quién sabe si de vida), inician un viaje por carretera para reencontrarse con sus amigos, familiares y algunos de los lugares de su pasado común.Una historia que no se cuenta necesariamente con palabras. El silencio toma en muchas ocasiones el protagonismo como «sinónimo de la verdad», quiso puntualizar Macqueen en San Sebastián, adonde acudió sin ninguno de los actores.

Unas pausas que no impiden que «Supernova» se adentre en temas universales como «el amor, la muerte y la vida, tres elementos que son, en cierto modo, la misma cosa». Básicos de la «experiencia humana», continuaba el director, en «una película madura sobre el amor romántico en el periodo final de la vida». Aun así, el cierre del drama no es manifiesto. A pesar de un desenlace que no se oculta y que antes o después llegará (no sabemos cuándo), el espectador debe completar hacia dónde se moverán las piezas. Sobre ello, el cineasta opina que «no es un aspecto tan relevante, ni nunca lo ha sido, ni siquiera cuando empecé a escribir el guión. Lo que me interesa es que las películas queden abiertas para que sea el público el que las complete y se lleven a los personajes consigo, como si fuera un regalo. Lo difícil es mantener el equilibro en contar lo suficiente, pero no demasiado. Hay muchos finales potenciales».

Respecto al debate de una muerte a la carta que pone sobre la mesa de «Supernova», Macqueen lamentó que en su país no se permita abrir el melón de la eutanasia y «tener conversaciones honestas y reposadas sobre qué hacer. Esperemos que esto inspire a la conversación sobre el final de nuestro ciclo vital. Una cuestión muy importante, el doble si cabe en este momento que vivimos». Tusker, escritor, pero aficionado a la astrología, da nombre a la cinta de forma indirecta. Se genera el paralelismo entre esas supernovas, esas estrellas que mueren y explotan convirtiéndose en el astro más brillante del universo, y la propia vida del protagonista, «un personaje que ilumina una habitación a la vez que se está enfrentando a su inminente muerte. Es una comparación bastante sencilla, pero ofrece una ventana a los temas de más relevancia que aborda la cinta», argumenta.

En el centro de todos esos asuntos, la demencia, una enfermedad sobre la que Macqueen asegura haber estado indagando durante años y «pasando tiempo con personas que la viven y sufren en todas sus facetas. Es una de las experiencias más conmovedoras que he vivido, y la película procede de ese tiempo de investigación», cerró.