La herencia clásica que nos enseñará a vivir con el virus

En el ensayo «Dioses contra microbios», Alejandro Gándara realiza un estudio de la filosofía clásica y de sus lecciones para aprender a lidiar con las consecuencias de la pandemia

Un poblador de las islas griegas en el siglo V a.C., con apenas 30 años, había pasado por tres guerras, otras tantas hambrunas e incluso alguna que otra peste mortífera que había diezmado a la población. De hecho, se cree que la epidemia que siguió a la Segunda Guerra del Peloponeso acabó con cerca de la mitad de los habitantes de Atenas. Con una esperanza de vida media de 35 años y la fugacidad de ésta presente en cada acto público, se hace casi obvio entender la predisposición al cambio de hábitos del mundo clásico, como aceptando que solo somos dueños de nuestro destino hasta el punto que designaran las deidades. Esta adaptación, o metamorfosis social si queremos ser todavía más precisos, es el punto de partida del ensayo «Dioses contra microbios» (Ariel).

Un estado pasajero

Gracias a una reflexión que parte de la idea clásica de la vivencia como estado pasajero y se extiende hasta hechos tan inmediatos como los conciertos improvisados desde los balcones, Alejandro Gándara halla el orden entre sus ideas del confinamiento: «Durante el encierro me surgió la necesidad personal de sintetizar mis últimos veinte años, proponiendo el estudio de los clásicos en relación con el mundo contemporáneo. Por duro que suene, la Covid me dio esa oportunidad», explica. Y sigue sobre un contexto literario en el que podría producirse una saturación de experiencias víricas: «No tengo miedo de que haya más gente que piense, si acaso al contrario, que este libro sirva para inspirar a otros e invitarles a reflexionar».

El otrora atleta y ahora profesor universitario de Historia de las Ideas, lanza su ensayo «como respuesta a las deformaciones y malversaciones» que se han hecho de episodios históricos como la Peste de Atenas cuando se ha relacionado con la pandemia actual. Lejos del cinismo, dice encontrarse «genuinamente sorprendido» por nuestra capacidad como sociedad de resistirnos a aceptar la evidencia y achaca todo ello a lo que personalmente entiende como una aplicación extrema de la «cuantificación» como arma ideológica.

La experiencia de un corredor de fondo
«La palabra está enferma. Y las palabras que nos legaron los griegos están muertas», llega a afirmar Alejandro Gándara en uno de los pasajes de su nuevo libro, tan hijo de la inmediatez como de la historia misma del pensamiento. Formado inicialmente como corredor, el autor plasmó esa experiencia en su debut con «La media distancia» (Alfaguara) y en 1992 se alzó con el Nadal por su novela «Ciegas esperanzas» (Destino). Construido en los espacios que le permitía el confinamiento y su familia, «Dioses contra microbios» es el resultado de cuatro semanas de escritura intensiva y más de dos décadas en la docencia sobre el mundo clásico y su herencia filosófica para con nuestros días.x

Ulises al mando del Titanic

Aunque no apunta a ningún responsable ni partido político concreto, Gándara explica sin un ápice de vehemencia que «lo fundamental es entender que los números, por sí mismos, no significan nada». Y matiza: «Por supuesto, producen una especie de tranquilidad porque le puedes dar un nombre a lo que está sucediendo, aunque carezca de significado. Hemos estado semanas escuchando cifras de contagiados sin conocer el número de test que se habían hecho o el total de la población al que se aplicaba el porcentaje. Todo el mundo empezó a cuantificar para describir y eso terminó sepultando muchísimas otras cosas, como la desigualdad. Es como ver que el Titanic se está hundiendo y por megafonía el capitán estuviera dando datos sobre el porcentaje del barco que se ha hundido en los últimos 5 minutos. No estás diciendo nada, es una completa manipulación».

En «Dioses contra microbios», además de una pulsión indignada que nos ve como al protagonista de la Odisea intentando volver a un hogar que ya no es tal, hay mucho de costumbrismo. No en vano, cuando se describen aquellos primeros aplausos tímidos que obedecían más a un universo gregario que a uno simbólico, Gándara no duda en evocar la figura del héroe. Así, las figuras más obvias como las médicas, sanitarias y personales de limpieza se alzaban como campeones clásicos: gente ordinaria que se volvía mito en un tiempo extraordinario. «Lamento, eso sí», dice el historiador, «que nos hayamos olvidado tan rápido de esas figuras menos obvias, como repartidores, reponedores o cajeros de supermercado, que aguantaron lo peor de la pandemia dando lo mejor de sí y cuyo reconocimiento fue sumamente efímero».

De hecho, en uno de los pasajes costumbristas que pueblan el ensayo, se describe cómo, ya bien asentada la tradición de las ocho en punto, un repartidor en bicicleta duda de si parar a recibir los vítores que los mismos policías con los que compartía calle tardaban apenas segundos en agradecer. En esa especie de sinécdoque indirecta sobre el héroe, que Gándara entiende como «figura casual e inesperada», parece inevitable hablar del famoso «relato» y del cómo se ha afrontado la crisis desde lo político. En otras palabras: si los que no tenían en su destino ayudarnos lo hicieron sin dudar, ¿cómo es posible que nos fallaran aquellos que hemos elegido expresa y democráticamente para hacerlo?

Más allá de la cuantificación ideológica y la metamorfosis, la mesa de debate que es el ensayo se sostiene sobre otras dos patas directamente relacionadas con la política y la herencia clásica: la nostalgia y la noesis. En el primero de los casos, la afección es clara: «Nos estamos negando a aceptar la realidad. Queremos que todo vuelva a ser como antes y eso no es posible. Esto no significa deshonrar a un millón de vidas perdidas, al contrario, significa que ese sufrimiento como sociedad no haya sido en vano», explica el escritor. Y continúa: «Desde las instituciones del mundo clásico siempre se apelaba a nuestro paso efímero por el mundo y a que, durante nuestra existencia, los cambios bruscos eran algo con lo que tendríamos que aprender a vivir. Eso no se da. Tenemos políticos que apelan a una nostalgia constante y a volver a una normalidad que debemos dejar atrás cuanto antes». Respecto a la noesis, ese concepto platónico que habla de lo intuitivo, del saber hacer,  aleja la culpa del grueso social o de nuestra tendencia al populismo: «Para Aristóteles, la noesis no es impulsividad o dejarse llevar por el corazón, como muchos piensan. Se trata de un concepto más cerebral y relacionado con la experiencia ante la adversidad y la capacidad de reacción». Por tanto, no se trata tanto de saber elegir como de saber decepcionarse. Para un griego, ejemplifica el historiador cántabro, la ambigüedad de la realidad «es casi un tópico de su cultura», pero para nosotros es «lineal», como un camino de hormigas, y «nos roba cualquier capacidad de adaptarnos a circunstancias cambiantes».

Si bien las palabras son agrias y las conclusiones, duras, Alejandro Gándara entiende que su ensayo «no es especialmente negativo» porque también se puede entender como una especie de recetario clásico para lidiar el cambio que hemos de afrontar como sociedad. Los referentes están ahí: desde el falso rito estival que nos debía devolver la vida y el pulso de un nuevo amanecer, hasta los sacrificios, morales y éticos, que ha significado la expansión del virus y nuestro aprender a vivir con una amenaza invisible.

La peste que acabó enterrando el esplendor de Atenas
Traída a colación con más o menos acierto, desde que el mundo asistiera a la trágica expansión del coronavirus, la Peste de Atenas es el gran episodio vírico del mundo clásico. Inmortalizada por el barroco Michiel Sweerts a mediados del siglo XVII, hay que bucear hasta dos milenios para encontrar su referencia original: enmarcada en el contexto de la Guerra del Peloponeso (430 a.C.), se cree que la gran plaga entró por los barcos mercantes del puerto de El Pireo. Algunos historiadores elevan la cifra de fallecidos hasta los 250.000, dato aún más terrible si tenemos en cuenta que la población mundial sobrepasaba por poco la barrera de los 90 millones. Si bien la caída en manos de sus enemigos de una ciudad-Estado como la Atenas del esplendor no se puede achacar a un solo factor, lo cierto es que esta especie de fiebre tifoidea asoló la joya del Sarónico en varias oleadas y sus consecuencias se sintieron durante más de década.