Sobrecorrección cultural: como pienses lo contrario, irán a por ti

Douglas Murray publica «La masa enfurecida», un controvertido ensayo que denuncia la corrección política y asegura que «ser víctima es una aspiración» y que la cultura es «un campo de minas»

Douglas Murray constató que durante las últimas décadas los derechos de los homosexuales en los países de Occidente se habían desarrollado de manera sustancial respecto al pasado y que sus reivindicaciones habían sido aceptadas en un corto periodo de tiempo en la sociedad, por lo que se felicitó. Pero enseguida observó una pequeña distorsión en el paisaje. Todo este cambio había sucedido tan rápido que «hemos pasado de una posición de oprobio moral a una posición que reprueba moralmente todas las opiniones que se salgan, aunque sea un pelo, de los moldes de la nueva concepción». Douglas Murray, escritor, columnista, editor de la revista «The Spectator», comenzó a mirar lo que sucedía a su alrededor. Y comprobó que lo mismo pasaba con otras causas. Empezó a hacerse preguntas: ¿por qué cuando las mujeres habían roto más techos de cristal que nunca y habían logrado mayores éxitos recuperaban la palabra «patriarcado» y aseguraban que los hombres no tienen derecho para hablar del sexo femenino? ¿Y qué sucedía en Estados Unidos para que los movimientos de los derechos civiles, cuando parecían «avanzar hacia una resolución» y «conquistar una victoria», tomaban una senda nueva e imprevista? En el seno de estas cuestiones vislumbró una paradoja: gracias a la ley y al Estado de Derecho se habían producido enormes avances, sin embargo, según los portavoces de muchos representantes de estos movimientos, «los países más avanzados en estas materias son los que se presentan como los peores». Son las naciones donde existen mayores libertades, de repente, las más castigadas. No importa que en países dictatoriales se produzcan mayores iniquidades, porque allí no se presentan semejantes denuncias. ¿Qué estaba pasando? Murray reflexionó sobre la irritación y el rencor acumulados y se preguntó también qué había pasado para que en el seno de las comunidades democráticas se denigraran ciertas opiniones y se vapuleasen a aquellos que manifestaban ciertas ideas que parecían no prestarse al canon que se estaba difundiendo. Quiso dar respuesta al comportamiento «frenético», «irracional», de «rebaño» que se estaba instalando. Enseguida percibió que durante los dos últimos siglos se habían derrumbado las promesas inherentes a la religión, un proceso que comenzó en el siglo XIX; posteriormente la realidad había socavado y hundido las esperanzas que trajeron las ideologías de principios del siglo XX y, después de la Segunda Guerra Mundial, las distintas seguridades económicas, sociales y democráticas no lograron satisfacer a muchos ciudadanos. El hombre estaba solo. Se buscaron nuevos relatos y se emprendieron nuevas batallas y causas. Y, de repente, nos hemos encontrado en un mundo hipertecnologizado en el que se ha instalado lo políticamente correcto, un mecanismo que actúa como una guillotina para cortar la voz de los que discrepan o piensan de distinta manera.

Una broma pesada

El resultado de sus investigaciones es el ensayo «La masa enfurecida» (Crítica), que ha levantado una enorme polémica en Gran Bretaña y que contiene esta afirmación rotunda: «Nuestro entorno cultural se ha convertido en un campo de minas. Da igual que quienes las hayan colocado sean individuos, colectivos o gente con ganas de gastar una broma pesada, el caso es que están ahí, a la espera de que alguien las pise». Y lo acompaña con esta otra declaración: «Existe algo humillante y hasta autodestructivo en tener que seguir al son de consignas en las que uno no cree ni puede creer». Mientras defiende que lo que se espera de nosotros es que «callemos ante ciertos asuntos y que realicemos un acto de fe imposible».

DUEÑOS DE LA NUEVA SUPERIOR MORAL
Estos movimientos nuevos del siglo XXI, que usan términos como «privilegio blanco», «transfobia» o «acabar con milenios de opresión», comenzaron defendiendo causas justificadas y honestas, pero, según el autor, «se han pasado de frenada» y, ahora, no solo no quieren ser marginados, sino que además se han arrogado un peligroso privilegio. «Se presupone que ser negro o gay comporta una superioridad moral. Es por eso que algunos llamar a derribar las estaturas de personajes históricos a los que ven como defensores de una causa equivocada y que, cuando se desea salvar a algunos de ellos, hay que reescribir su pasado».Estos movimientos nuevos del siglo XXI, que usan términos como «privilegio blanco», «transfobia» o «acabar con milenios de opresión», comenzaron defendiendo causas justificadas y honestas, pero, según el autor, «se han pasado de frenada» y, ahora, no solo no quieren ser marginados, sino que además se han arrogado un peligroso privilegio. «Se presupone que ser negro o gay comporta una superioridad moral. Es por eso que algunos llamar a derribar las estaturas de personajes históricos a los que ven como defensores de una causa equivocada y que, cuando se desea salvar a algunos de ellos, hay que reescribir su pasado».

Para él existen varios temas alrededor de los cuales se articulan estas voces, como la segregación racial, la homosexualidad, las mujeres, pero concluye que «el objetivo constante de los activistas de la justicia social ha sido presentar estos asuntos como una fuente de agravios y defenderlos de la manera más incendiaria posible. Su deseo no es remediar, sino dividir; no aplacar, sino inflamar; no mitigar, sino incendiar. Una vez más, atisbamos aquí los restos de una subestructura marxista». Murray, que jalona el ensayo con innumerables ejemplos que muestran con claridad hasta dónde se está llegando, va más allá y se atreve a aventurar cuál es la intención que subyace detrás: «Si no puedes gobernar una sociedad, puedes hacer elegir a una sociedad sensible a sus propios defectos y sembrar en ella la duda, la división, la discordia y el miedo. Lo principal es hacer que la gente dude de absolutamente de todo: de las bondades de la sociedad; de si se la trata con justicia; de si existen entidades como hombres y mujeres». Y deduce: «Cuando has hecho esto, puedes presentarte como si tuvieras todas las respuestas».

Aquí juegan un papel esencial las empresas que han salido de Silicon Valley, las que están más extendidas y que alcanzan a todos los ciudadanos: Facebook, Twitter... son herramientas que en principio estaban diseñadas para poner en contacto a las personas, aunque por detrás existe una intención no tan ideal: conseguir tus datos para comerciar. Estas plataformas «tienen poder suficiente para influir en lo que la mayoría del mundo sabe, piensa y dice, además de que es un negocio basado en encontrar clientes dispuestos a pagar para modificar el comportamiento de otras personas». Para él estamos ante el mayor intento, desde la Guerra Fría, de modificar la mentalidad de las sociedades occidentales. Y todo «sigue una dirección concreta y sus objetivos son muy ambiciosos. Su finalidad consiste en instaurar una nueva metafísica en nuestra sociedad; una nueva religión». Hoy, «la igualdad ya no es suficiente», como comenta, porque «los homosexuales son mejores que los heteros» y algunas feministas «intentan neutralizar a los hombres». Y, para el autor, todo lo mencionado es peligroso, porque cuando los ataques son irrespetuosos y sistemáticos contra tantos, lo único puede engendrar a la larga es violencia.

EL SÍNDROME DE SAN JORGE
Douglas Murray cita «El síndrome de San Jorge jubilado». Para él, estos líderes espontáneos son «gente ansiosa por echarse a las barricadas cuando la revolución ha concluido» y «confunden la barricada con el hogar porque no tienen ningún otro hogar al que ir». La consecuencia es que, para que tengan sentido sus discursos, hay que acudir a la victimización y agrandar los problemas y «esto hace que los problemas crezcan más». Lo que lleva aparejado un recorte de las libertades: «Se puede decir de todo siempre y cuando se afirme que vivimos en una sociedad patriarcal, en una cultura de la violación, homófoba, tránsfoba y racista; siempre y cuando se condene la sociedad propia y se ensalce alguna otra». Por ello ahora las personas se definen por lo que defienden y no por su identidad, y todas tienen que defender ciertas premisas o serán linchadas.