La triste historia de José Luis Manzano, de actor fetiche del cine “quinqui” a preso de la heroína

El actor, que fue un icono en los 80, pasó por la cárcel y la desintoxicación tras realizar seis películas que plasmaron la realidad de España en aquella época

En “El Pico”, José Luis Manzano es a la vez Apolo y Dioniso. Es James Dean y es Lou Reed a un tiempo. El actor da vida al hijo de un guardia civil que se engancha a la heroína porque a finales de los 70 es lo más fácil del mundo, es algo que sucede en todas las periferias de las grandes ciudades. Ya por entonces se empieza a conocer las consecuencias pero no tan claramente como unos años después. Manzano da vida, en la película de Eloy de la Iglesia, a Paco, que hace lo que sea necesario para sacarse unas perras que costeen la dosis diaria, de la que no se puede escapar. Su imagen, la de un efebo de cabello rizado, rebosa vida pero busca una “pequeña muerte”. Cada día muere un poco más. José Luis Manzano, criado en la calle, dio vida a ese ángel caído y ni siquiera la moraleja de la película (de esa y de otras que le convirtieron en actor fetiche del cine quinqui) le previno de terminar en la droga, sino que le atrajo más hacia ella. No había cumplido 30 años cuando murió en 1992.

Eloy de la Iglesia conoció a su actor fetiche en la calle, donde José Luis Manzano se prostituía ocasionalmente. El realizador había dedicado en los 70 sus intereses cinematográficos a la denuncia social desde el punto de vista del marxismo (era miembro del Partido Comunista) y también a los temas sociales más delicados para la moral del tardofranquismo (homosexualidad, incesto...) que le generaron muchos problemas con la censura. Criticaba las contradicciones de la moral del régimen, pero él mismo vivía otras muy fuertes. Porque Eloy de la Iglesia defendía la lucha de clases y al mismo tiempo explotaba sexualmente a jóvenes. Al mismo tiempo, en el Partido Comunista en el que militaba había sectores que no solo no hacían ninguna defensa de la libertad de los homosexuales, sino que les consideraban una “plaga capitalista" o una “degeneración burguesa”. “Juego de amor prohibido” (1975), “Los placeres ocultos” (1977), “El sacerdote” (1978) y “El diputado” (1978) tocaban estos temas de una manera o de otra y, gracias al impulso de la polémica, lograron acogidas notables en taquilla. Sin embargo, tras una década de cierto desencanto político, con la llegada de la democracia y su cada vez mayor conocimiento del lumpen, Eloy de la Iglesia cambia sus intereses hacia el cine social y callejero.

Y así fue: justo en la frontera de la nueva década, en 1980, llega “Miedo a salir de noche”, la cinta que anticipa el que será su estilo característico. El filme se adentra en el terreno de la marginalidad y la delincuencia juvenil a través de una banda de violadores que alienta el clima de inseguridad ciudadana que se vive en España, pero no es más que el primer paso en una fórmula que con el tiempo se irá perfeccionando. De hecho, a continuación llega la primera cinta del “genero quinqui”, “Navajeros” (1980) en la que participa, por primera vez, José Luis Manzano junto a otro de los actores preferidos del director, Enrique San Francisco. De la misma manera que De La Iglesia quería ser director de cine y lo consiguió sin haber conseguido nunca ingresar en una escuela de cine o similar, él quiso que José Luis Manzano fuese actor sin estudiar arte dramático. Manzano iba a cumplir 18 años y apenas sabía leer y escribir: necesitó ayuda para memorizar y comprender los guiones. Pero rebosaba verdad y autenticidad. Sería uno de los papeles de su vida, “El Jaro”: la vida de un delincuente que parece inalcanzable para la Policía, un bandolero de la ciudad.

A continuación llegan “Colegas”, El pico", “El pico 2” y, sobre todo, “La estanquera de Vallecas” para configurar una panorámica y mito de la realidad española junto a José Antonio de la Loma y sus “Perros callejeros”. La recepción de toda la filmografía de De la Iglesia fue el duro desdén. En paralelo, a pesar del mensaje de sus películas, tanto el director como su actor fetiche caen en la adicción a la heroína. Eloy de la Iglesia se sume, a partes iguales, en la sequía creativa y en la defenestración de la industria. El gobierno de Felipe González rechaza la imagen que este cine da del país. Le niegan cualquier financiación. Pero lo que De la Iglesia necesita es la desintoxicación. Pierde completamente el interés en Manzano, quien encuentra el refugio en un sacerdote de Getafe, Pedro Cid, en la parroquia Nuestra Señora de Fátima, quien le da cobijo.

Manzano logra desintoxicarse una primera vez pero sufre una recaída. El cura conoce a Eloy de la Iglesia quien le alerta de que la novia del joven también está enganchada y es imposible que así se limpie. Sin embargo, llega una esperanza en 1991, un puesto en una productora, Spinto TV. Manzano lleva unos meses bien, visitando regularmente a Cid, pero en el ambiente televisivo recae y vuelve a consumir, primero cocaína y luego heroína. Una noche roba una cámara y un vehículo de la productora para venderlos y comprar droga. Se presenta en casa del sacerdote, que le convence de devolver el material. Manzano sólo pide volver con Eloy de la Iglesia. Y el descenso al abismo vuelve a comenzar. En julio de ese año es acusado de atracar a un peatón en la Gran Vía. Es detenido y condenado a ocho meses de prisión, a pesar de no tener antecedentes penales.

El ambiente de la prisión es el que menos le conviene. En Carabanchel es respetado por sus papeles en el cine y su pedrigrí callejero, pero convive con drogadictos y enfermos de sida. Cuando accede al régimen de semilibertad, concede una entrevista a “Interviú” para dar a conocer su situación. Se arrepiente del consumo de drogas y pide ayuda. Manzano está solo en el mundo, no tiene a nadie salvo a su madre y a Pedro Cid. Es el año de las Olimpiadas de Barcelona. Cuando accede al tercer grado, ingresa en una clínica y culmina el tratamiento de desintoxicación. A continuación, realiza un programa de reinserción. El 20 de febrero de 1992, fue hallado sin vida en el piso de Eloy de la Iglesia. La autopsia reveló que su muerte fue de naturaleza violenta, habiéndose encontrado los principios de la heroína y otros tóxicos en su sangre, orina y órganos vitales. Eloy de la Iglesia culminó su desintoxicación y en 1996 recibió el Premio Donostia. Después de “La estanquera de Vallecas” (1987) solo pudo hacer dos películas más: una adaptación para televisión de la obra teatral “Calígula” y una comedia romántica, “Los novios búlgaros” (2003), antes de fallecer tres años después por complicaciones de un cáncer.