El hambre en la retaguardia, el arma más letal de la Guerra Civil

Igual que ocurriera en la Primera Guerra Mundial, la falta de algo que llevarse a la boca resultó más letal que las balas en el frente de batalla

Algunos afectados por la hambruna perdieron memoria y sufrieron alteraciones visuales
Algunos afectados por la hambruna perdieron memoria y sufrieron alteraciones visualesDavid Seymour "Chim"EFE

Durante la Guerra Civil española, la divisa se convirtió en papel mojado y hubo que recurrir al trueque para efectuar compras. A cambio de ropa, hilos, agujas o carteras podían obtenerse así harina, repollos, berzas o algarrobas. Pero el hambre, lejos de remitir, aumentaba cada día en Barcelona, por ejemplo. Los titulares de la tarjeta de los llamados “comedores populares” padecían trastornos digestivos y desnutrición, pues las dietas invariables consistían en lentejas o alubias hervidas sin aceite, acompañadas de 50 gramos de pan, que incluso a veces se suprimía.

Pescado, carne, huevos, leche, aceite, mantequilla y grasa de cerdo eran alimentos prohibidos, igual que en Madrid. En su lugar, casi todo el mundo debió conformarse con sopas de pan, algunos purés (sobre todo de lentejas y garbanzos), verduras y una mínima ración de pan. No fue extraño así que muchas madres de familia se echasen al campo, desesperadas, en busca de hierbas comestibles. Muy pronto, en las mesas se hicieron familiares los bledos, verdolagas, cerrajos, cardos y hasta amapolas. Claro, que muchas amas de casa sabían que la cocción de vainas de habas, habichuelas y guisantes proporcionaba una alimentación mucho más calórica.

La ausencia de grasa animal en la dieta mermó seriamente las defensas del organismo. Los doctores alemanes Maase y Zondek habían investigado ya esta grave carencia, tan frecuente en todas las grandes conflagraciones, durante el invierno de 1916, al inicio de la Primera Guerra Mundial. La hambruna resultó así más letal en la retaguardia, que las balas en el frente, tal y como sucedería también durante la Guerra Civil española. De hecho, los datos comparativos del doctor Rubner sobre la Primera Guerra Mundial evidencian sin lugar a dudas que, conforme avanzaba la contienda en cada uno de los países

beligerantes, el número de muertos en el frente se asemejaba más al de hombres, mujeres, niños y ancianos fallecidos por inanición en la retaguardia. En el tercer año de guerra, perecieron así 294.743 soldados en combate, y 259.627 civiles por déficit alimentario. La diferencia se redujo aún más en el cuarto año de contienda, cuando los muertos en campos de batalla se elevaron a 317.950, frente a los 293.700 de la retaguardia. En España, mujeres, niños y ancianos constituían el talón de Aquiles de las dos retaguardias, nacional y republicana. Eran más propensos a padecer los síntomas de la pelagra: mareos, pérdida de agudeza visual y de memoria, caída del cabello, insomnio, gastroenteritis o estreñimiento.

Avanzada la guerra, los casos de pelagra aumentaron de forma alarmante, al igual que los enfermos de “neuropatías carenciales”, retorcidos de dolor en camastros de hospitales creyendo que les arrancaban las uñas de manos y pies, o incluso pedazos de su propia carne. Los trastornos neurálgicos afectaban a veces a la médula, provocando sensaciones de ardor y quemadura o, por el contrario, un frío intenso por todas las extremidades. Los más débiles padecieron también la llamada “neuritis óptica y acústica”, y perdieron buena parte de la visión o de la agudeza auditiva.

La pésima alimentación destruyó las vitaminas del grupo B2 y surgieron los primeros casos de “glositis simple”, caracterizada por la inflamación de la lengua. En otros enfermos se detectó también falta de memoria, alteraciones visuales o astenia. Muchos padecieron el llamado “edema de hambre”: se les hincharon la cara y las piernas, hasta el extremo de aparentar que habían engordado cuando, por su mala alimentación, sucedía justo lo contrario. La mayoría sufría también diarrea, efectuando hasta veinticinco deposiciones diarias.

En la retaguardia causó también estragos el “latirismo”, una intoxicación producida por el consumo casi exclusivo de legumbres del tipo Lathyrus, como la almorta o el altramuz. Los síntomas eran paraplejia, herpes labial, fiebre y temblores. Un horror. Por si fuera poco, el hambre provocó osteoporosis y dolores vertebrales, pues el hueso era muy sensible al déficit alimentario, como el mercurio a los cambios de temperatura. Además de la descalcificación y de las consiguientes fracturas, los enfermos padecieron fuertes dolores dorsales y lumbares, junto a intensas molestias en el sacro, la pelvis y las costillas.

La llamada “cardiopatía del hambre”, causada por una acentuada avitaminosis, se cebó también con los más débiles en los últimos meses de la guerra, provocándoles incluso la muerte tras sufrir insuficiencia cardíaca y alteraciones circulatorias. Casi ninguna otra munición de guerra provocó tantas bajas durante la Guerra Civil española como el hambre en la retaguardia, castigada sin piedad por los prolongados cortes de suministros. Una vez más, nadie pudo detener el naufragio de los más débiles e indefensos.

Pavoroso documento

En mi archivo conservo un estremecedor documento: el caso de una mujer casada, de 65 años, llamada F. Casanovas, que murió de una tuberculosis provocada por el hambre. La tragedia de esta mujer, que pesaba tan sólo 34 kilos y 100 gramos cuando ingresó en el hospital, simboliza la de otras muchas víctimas inocentes. He aquí algunas estaciones del via crucis de esta mujer, registradas en su historial médico: “Enfermedad actual. Fue precedida de un déficit alimenticio acusadísimo. Para dar una idea del mismo, diremos que en la cocina de su hogar, durante todo el año 1938, sólo fueron cocidas hierbas silvestres que eran recogidas por el monte y alguna que otra hortaliza, todo ello sin aceite alguno. No probó la carne ni el pescado… Aparece disociación entre el pulso y la temperatura y la enferma muere a consecuencia del estallido de una tuberculosis miliar que comprobamos en la autopsia”.