¿Por qué resurgió el comunismo tras el fracaso del Muro de Berlín?

Cuando el Muro de Berlín cayó en 1989 la Guerra Fría acabó y surgiría de todo ello un nuevo orden mundial. Kristina Spohr analiza esa época clave en su ensayo “Después del muro”

Un hombre golpea con un martillo el Muro de Berlín la histórica noche del 9 de noviembre de 1989
Un hombre golpea con un martillo el Muro de Berlín la histórica noche del 9 de noviembre de 1989Fabrizio BenschREUTERS

Cuando fue derribado el Muro de Berlín se dijo que el comunismo tenía las horas contadas, incluso el controvertido Fukuyama lo escribió poco antes en su famoso artículo sobre «El fin de la Historia». El libre mercado y la democracia liberal hacían más felices a la gente que el «paraíso comunista». Es más, todo el cientificismo marxista que profetizaba el seguro advenimiento del comunismo se mostró como una patraña usada por dictadores. François Furet escribió una obra memorable titulada «El fin de una ilusión», en la que reconstruyó la mentalidad de los burgueses occidentales, jóvenes en su mayoría, intelectuales algunos, que habían visto en el comunismo una gran oportunidad con la que dar la vuelta a un mundo que les desagradaba.

El filósofo Tzvetan Todorov, búlgaro, estudió en el París de los años 1968 y 1969 con una beca de su Estado comunista. Veinte años después daba a la imprenta un texto en el que contaba cómo se reía con sus compañeros del Este de los jóvenes franceses que, viviendo con unas comodidades impensables tras el Muro de Berlín, idealizaban el comunismo. No obstante, Todorov, anticomunista y antiliberal, aseguraba que después de la caída de la URSS en 1991 la fascinación por las ideas del comunismo había desaparecido en Occidente. Pero es evidente que se equivocó en su pronóstico.

La mentalidad comunista todavía está instalada en Europa y los Estados Unidos más de lo que se piensa, no solo en la educación, sino en la cultura y en los medios de comunicación. El espíritu leninista persiste en el recelo general al capitalismo, la legitimidad otorgada a los movimientos sociales –a los que, precisamente, se cree más representativos que cualquier institución reglada–, la capacidad de sacrificar la libertad a cambio de tener un Estado paternalista, el encauzar el arte a través de las subvenciones –no existe realmente la contracultura–, el nuevo puritanismo moral que ha irrumpido en los últimos años, la aceptación de la arbitrariedad gubernamental, el estatismo creciente para reglamentar la vida privada, el repudio al individualismo en aras del bien común definido por los dirigentes políticos o el discurso que actualmente se ha abierto contra la desigualdad.

Cien millones de muertos

El éxito del comunismo ha estado en hacer una cosa distinta de lo que predicaba. De esta manera, una generación tras otra ha considerado que del fracaso comunista siempre se podían salvar algunas ideas que no estaban equivocadas. Cuando se publicó «El libro negro del comunismo», de Courtois, contando más de cien millones de muertos, saltó la intelectualidad izquierdista a decir que era mentira o que no eran verdaderos comunistas, sino dictadores aprovechados. Incluso el propio Todorov, que había sufrido el infierno búlgaro, escribió que los comunistas en Occidente eran «buenos tipos», a pesar de que justificaran el fin de la democracia. Otro ejemplo es la gran cantidad de libros que se encuentran en centros y webs capitalistas reivindicando a Lenin, por ejemplo, de Slavoj Zizek, o del ministro Alberto Garzón, y no pasa nada. Ni siquiera la condena de la Unión Europea al comunismo ha servido para apartar a estos totalitarios de entre la «gente de bien».

Kristina Spohr, en su obra «Después del Muro. La reconstrucción del mundo tras 1989», añade un elemento interesante a ese debate sobre la victoria de la democracia sobre el comunismo y, por tanto, sobre el fin del siglo XX. Spohr alude a la irrupción de China como una potencia capitalista al tiempo que ha mantenido la dictadura comunista. Así, el mundo se fue convirtiendo en tripolar, con EE UU, Rusia y China –una democracia, un régimen autoritario y otro dictatorial– centrados en las dinámicas de la economía globalizada que existe. Esto ha supuesto que no venciera la democracia liberal como forma de vida, sino la globalización económica, y que la Unión Europea sea una comparsa de esas tres potencias.

Durante el siglo XIX se necesitaron varias generaciones para poder enterrar la mentalidad absolutista, estamental y señorial que caracterizaba al Antiguo Régimen. Lo mismo ocurrió con el sentimiento religioso, aunque con una mayor dificultad porque, como señala Melvin Konner en su libro «La especie espiritual» (Almuzara, 2020), la fe es natural en el hombre y por eso resulta más complicado erradicarla. Quizá sea eso mismo lo que dificulta que el comunismo, constituido como una religión secular, al decir del pensador francés Raymond Aron, sea tan difícil de borrar de las mentes. La mentalidad totalitaria es una «lepra del alma», como la bautizó acertadamente Todorov, que erosiona la democracia y, por tanto, la libertad de las personas. No se puede esperar que las instituciones europeas extingan la amenaza totalitaria que acecha a toda democracia presente, aunque sí que no la subvencionen ni ayuden tampoco a propagar. Mientras tanto, será una tarea individual de los ciudadanos.

Un nuevo orden mundial

Colosal trabajo que analiza «por qué un orden mundial duradero y en apariencia estable se vino abajo en 1989» y, a continuación, surgió un «proceso mediante el cual se improvisó un nuevo orden a partir de sus ruinas». Así lo resume Kristina Spohr, experta en la historia germana desde 1945 y en diplomacia y estrategia políticas. Este «Después del Muro» (traducción de Efrén Del Valle Peñamil y María Luisa Rodríguez Tapia) tiene un interés máximo para entender el pasado reciente y nuestro turbulento presente, que dejó de serlo tanto al comprobar que el destino global hubiera podido ser peor –generando un hoy del todo diferente– si ciertos líderes no hubieran trabajado codo con codo para urdir una paz estable.
En los años ochenta acababa lo que el historiador Serhii Plokhy llamó «el último imperio», la Unión Soviética. El padre de la Perestroika, Mijaíl Gorbachov, instauraba la política del glásnost («transparencia») para instaurar más libertad a sus conciudadanos, al tiempo que buscaba una actitud conciliadora, hasta el punto de proponer un desarme total a Estados Unidos; algo que no llegó a producirse por las exigencias de Reagan en una reunión en Reikiavik. Spohr se interna en esta calma tensa, pues en 1989 aún había la posibilidad de que la Guerra Fría fuera seguida de un holocausto nuclear, y va contando que tal cosa dio un giro al crearse una situación nueva a partir de un talante pacífico y una serie de acuerdos internacionales.
El otro instante simbólico se produjo el 9 de noviembre de 1989, con la caída del Muro. Spohr sigue las estratagemas de los hombres (y una mujer) más poderosos para explicar las decisiones que reordenaron las fuerzas. Y es que Gorbachov, Kohl, Thatcher, Reagan y Mitterrand se enfrentaron por puntos de vista diferentes en torno a la cuestión alemana, pero eso no fue óbice para que, hasta 1992, las negociaciones llegaran a buen puerto.
Toni Montesinos