La olvidada presencia española en Indonesia

En las últimas décadas no son pocos los conflictos en lugares remotos por recursos como el petróleo, los diamantes o el coltán. Otro “oro negro”, igualmente lucrativo, llevó a enfrentarse al otro extremo del mundo a las grandes potencias de la Edad Moderna

Mapa de las islas Molucas de Petrus Plancius, 1594 (Paulus Swaen)
Mapa de las islas Molucas de Petrus Plancius, 1594 (Paulus Swaen). Paulus Swaen

En 1778 los sultanes de las Molucas enviaron una embajada a Manila solicitando al rey de España su retorno a la antigua soberanía hispana. 115 años después del abandono español de las Molucas (1663), las famosas islas del clavo echaban de menos a sus antiguos tutores y aliados. La salida española les había dejado a expensas de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), que aprovechó la ausencia de su único oponente europeo en la región para imponer sin oposición su agresiva política económica sobre las islas. La petición de ayuda de los sultanes fue desestimada. La respuesta emitida en 1780 desde España por el secretario de Estado, el conde de Floridablanca, fue negativa.

El capítulo español de las Molucas quedaba definitivamente cerrado, iniciando un olvido que llega hasta la actualidad. Sin embargo, la celebración del quinto centenario de la llegada española a las Molucas (Elcano, 8 de noviembre de 1521) nos ofrece la oportunidad perfecta para recuperar este pasado a través de la publicación de “En el archipiélago de la Especiería. España y Molucas en los siglos XVI-XVII”.

El clavo de olor, especia de gran demanda en Europa desde la antigüedad, y de alto valor en la Edad Media, solo se producía en cinco pequeñas islas del norte de las Molucas (de las que destacamos Ternate y Tidore, dos islas gemelas separadas por poco más de 2 km. de distancia, que albergaban los sultanatos más importantes de la región). La especia llegada a Europa a través de un largo camino lo hacía con un alto precio, que convertía al clavo en un producto de lujo. El acceso directo a sus lugares de producción, evitando al alto número de intermediarios, podía suponer uno de los mejores negocios de la época. La llegada portuguesa a Ternate (1512) y la española a Tidore (1521) fue el inicio de las guerras ibéricas en el otro extremo del mundo.

Los portugueses tras circunnavegar África, cruzar el Índico y el mar de Java, llegaban a unas islas para enfrentarse a unos españoles que venían de atravesar el inmenso mar del Sur (océano Pacífico), habiendo antes dejado atrás el Atlántico. La firme oposición portuguesa en las Molucas, bien abastecidos desde sus bases en Goa y Malaca, impidió el proyecto español de establecerse en las islas hasta que, décadas más tarde, diversos hechos dieron un giro radical a los acontecimientos: la expulsión lusa de Ternate en 1575 por parte de su sultán, sumado a la llegada de Felipe II al trono de Portugal cinco años después (1580) hizo que las Molucas se pusiesen de nuevo bajo la órbita española.

Desde Ternate, la monarquía hispana tuvo que hacer frente a uno de los mayores retos de su historia. En un territorio lejano (a varios meses de navegación de Manila), rico en especias pero falto de recursos (las pequeñas islas eran incapaces de abastecer de alimentos a las nuevas poblaciones), se sumó otra gran dificultad: la aparición de su gran enemigo europeo. En 1607, un año después de la conquista española de las Molucas, los holandeses consiguieron instalarse en las islas.

Los comerciantes neerlandeses, en íntima colaboración con sus autoridades políticas, hicieron una fuerte apuesta por Asia. La formación de la VOC, fundada en 1602 por la fusión de las principales compañías provinciales neerlandesas, fue un instrumento muy eficaz para intervenir en Asia. Con importantes concesiones estatales como la firma de alianzas o la fundación de fuertes, todos los años llegaban a las Molucas flotas neerlandesas con el objetivo de expulsar a los españoles de las Molucas, y repetir lo que ya antes habían hecho con las posesiones portuguesas situadas más al sur (Ambon e islas Banda). Sin embargo, en el norte de las Molucas, no lo consiguieron. Durante casi cinco décadas españoles y neerlandeses mantuvieron un frente de guerra abierto equiparable, por el grado de hostilidad, a los establecidos en las tierras de Flandes.

Dos modelos coloniales se enfrentaron en las Molucas. Desde España, vía México y Filipinas, se enviaron recursos para sostener el nuevo territorio. Desde los puertos del mar del Norte, los barcos holandeses, siguiendo el anterior modelo luso de navegación, iniciaban la larga circunvalación por África para, por el Índico, llegar a Java y alcanzar las islas del clavo. Muchos fueron los recursos de ambos bandos para imponerse sobre el otro. Estas pequeñas islas se llenaron de fuertes y baluartes, se iniciaron nuevas expediciones en búsqueda de nuevos recursos y aliados para contrarrestar al enemigo, que llevaron a sobrepasar el archipiélago de las Molucas.

Las casi seis décadas de soberanía española en las Molucas (1606-1663) permanecen olvidadas tanto en España como en Indonesia, escondidas entre un pasado portugués (apreciado y todavía vivo en muchas regiones de Insulindia, como en Malaca o en Timor-Leste) y la extensa administración colonial neerlandesa de tres siglos y medio (vigente hasta 1949). El próximo viajero español que visite los templos de Bali, las playas de Lombok, las tribus torajas del sur Sulawesi o practique submarinismo en los paraísos de Lembeh o de Raja Ampat, podrá saber, gracias a este libro, que cuatrocientos años antes hubo españoles que ya navegaron por estas aguas y visitaron estos lugares.

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