Madrid

Elías León Siminiani: “La vida acaba perfilándote hasta la película más guionizada”

El documentalista, que prepara una serie sobre los atentados de Barcelona del 17-A para Netflix, ha ganado en la sección Fugas del Documenta Madrid con “El síndrome de los quietos”

El director y documentalista Elías León Siminiani, que ha presentado en Documenta Madrid "El síndrome de los quietos"
El director y documentalista Elías León Siminiani, que ha presentado en Documenta Madrid "El síndrome de los quietos" FOTO: LEÓN SIMINIANI

Después de la nominación al Goya, al Feroz y al Forqué, y de poner patas arriba la actualidad nacional con “El caso Alcàsser”, la serie documental para Netflix que analizaba los crímenes de 1992 y su trasfondo social en clave de violencia de género, el cineasta Elías León Siminiani (Santander, 1971) presentó la semana pasada “El síndrome de los quietos”. Enmarcado en el festival Documenta Madrid, que celebra ya su 18ª. Edición, el cortometraje planeaba trasladarnos a la Colombia de 2018 para inventarse una enfermedad ficticia que paralizara por completo al país… Y entonces llegó la pandemia. En el palmarés que se anunció este fin de semana, el nuevo proyecto de Siminiani se alzó con el premio de la categoría “Fugas”, en la que participaba. Documenta Madrid seguirá en formato digital gracias a Filmin, hasta el próximo 6 de junio.

-¿Cómo nace el proyecto? ¿De dónde viene la idea?

-Es un proyecto de larga gestación. Empieza por la voluntad de Jorge Caballero, que es un amigo colombiano, residente en Barcelona. Surgieron una serie de temas y ahí vinieron el silencio y la quietud como algo importante para los dos. Para mí en un nivel más existencial y para él en un contexto histórico o político más grave, viniendo de una sociedad como la colombiana, que de alguna manera es una sociedad de ruido continuo. A partir de ahí entramos en contacto con Luis Ospina, padre del falso documental, y todo comenzó a rodar.

-¿Cómo se acerca uno a la realidad colombiana sin meter la pata?

-Con mucho respeto y solo con Jorge como compañero y socio creativo. Su trabajo es muy observacional y comprometido, y siempre ha estado muy al tanto de la realidad. Además, como tratábamos de algún modo la herencia histórica y política de Colombia, que es una cosa gigantesca, también quisimos que personajes de primera línea se sumaran al juego. Por eso, la película de alguna manera se sustenta sobre tres personalidades tan profundas como Luis Ospina, el escritor Juan Gabriel Vázquez y Gustavo Petro, que perdió las elecciones frente al actual presidente por un margen mínimo y accedió a hablar con nosotros apenas tres días después de aquello.

-Usted contrapone las imágenes del vacío en las calles por el último censo en Colombia, a las del Mundial de Fútbol de 2018, y ahí resuena la pandemia…

-La búsqueda de esas imágenes del censo tenía algo de arqueología, porque se habían grabado en 1993 y en un formato obsoleto. Fue complicado traerlas de vuelta. Para un bogotano, quizá puedan transmitir la misma extrañeza que cuando salió “Abre los ojos”, de Amenábar, y salía la Gran Vía completamente vacía. Luego, con los años y la pandemia, se han convertido en imágenes reproducidas ad infinitum, pero antes era inimaginable. La vida acaba perfilándote hasta la película más guionizada.

-¿De dónde sale la idea de establecerlo como una crónica desde el futuro?

-A partir de los nuevos mapas de algoritmos que nos descubrió la inteligencia artificial. Al poder “mapear” todo lo que habíamos grabado, nos dio la sensación de que el documental también podía alimentarse de ello, despersonalizando de algún modo el relato. A ello también ayuda la narración, que no es humana sino de uno de los mecanismos de dictado más avanzados del mundo. Un poco de valle inquietante.

En "El síndrome de los quietos", una inteligencia artificial nos guía por un proyecto cinematográfico abandonado
En "El síndrome de los quietos", una inteligencia artificial nos guía por un proyecto cinematográfico abandonado FOTO: LEÓN SIMINIANI

-¿Cree que la pandemia nos ha hecho ver más documentales?

-Sí, pero por más de una causa. Primero por las plataformas, que desde “Tiger King” a “Making a Murderer” han propiciado narrativas más cercanas a la ficción y al “true crime”, cerrando un círculo con el que venimos trabajando desde hace décadas. En España, el mejor ejemplo es “Muerte en León”. Otro factor que yo siento es que, de alguna manera, el documental también ha buscado al público con más inquietud. Ambos se han redescubierto. “El año del descubrimiento” supo remover algo en nuestra conciencia colectiva, y lo hizo con 3 horas largas de metraje. Es muy importante.

-¿Cómo vivió el debate tras “El caso Alcàsser”?

- En todo lo que hemos hecho con Bambú hemos intentando contar una historia con los patrones narrativos clásicos del “true crime”, con interés criminológico y con una serie de pautas que lo hicieran interesante, pero que a la vez tuvieran un trasfondo sociológico. Y que siempre la historia criminal fuera una percha para hablar de un momento concreto de la sociedad y qué le estaba ocurriendo. Doy por bueno cualquier debate o controversia que pudiera suscitar, porque significa que estamos tocando una fibra sensible de la sociedad.

-¿Le afectó o le molestó a nivel personal?

-Fue un punto de inflexión, porque jamás había sentido que trabajara con un material que vibrara así en el imaginario colectivo. Con Alcàsser, lo que aprendí es que hay materiales que existen más allá de lo que uno pueda hacer con ellos. De hecho, muchas de las críticas negativas se podían traducir en un “este no es mi Alcásser”. Trabajar con un material así te hace crecer en la idea de responsabilidad.

-¿En qué está trabajando ahora?

-Estamos terminando una serie documental sobre el 17-A, los atentados de las ramblas y Cambrils.

-¿No le da miedo el jardín?

-No, porque es una serie que, de alguna manera, intenta aportar una mirada complementaria a la que ya está muy extendida respecto a los hechos. Intenta, tal vez, ir un poco más a las causas y a entender cómo puede suceder algo así. Es complementaria al relato hegemónico.