Centenario de la derrota de Annual: Comienza el ataque sobre Igueriben

En el primer asalto de esta batalla, los españoles quedaron aislados y se vieron obligados a beber vinagre para sobrevivir

Retrato de los guerreros moros que acosaron a los españoles desde los riscos
Retrato de los guerreros moros que acosaron a los españoles desde los riscosLa RazónLa Razón

El 7 de abril de 1906 España adquirió la obligación, ante Gran Bretaña, Alemania y Francia de ejercer su protectorado sobre el norte de Marruecos. Los gobiernos de Madrid comenzaban la labor de pacificar, desarrollar y «civilizar» el país teniendo como foco de su acción colonial las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Estas plazas, por causa de la lenta progresión de la labor político militar de España en Marruecos al comienzo de los años 20 del siglo pasado, seguían teniendo que comunicarse, fundamentalmente, por mar. La llegada del general Dámaso Berenguer a la Alta Comisaría del Marruecos español, en enero de 1919, máxima autoridad del territorio, implicó que España se decidiese a terminar con la revuelta de Ahmed el-Raisuli en la zona Occidental, mientras que en Melilla su comandante general, el general Silvestre, recibía la orden de progresar hacia el oeste en una operación en la que tenía como objetivo llegar a la bahía de Alhucemas y pacificar a las cabilas, especialmente a los Beni Urriaguel y los Bocoya. Silvestre, general de caballería, de carácter impulsivo, estaba decidido, empujado por el ministro de la Guerra Eza, a llegar a Alhucemas, posición clave para lograr la pacificación de la zona Oriental del Protectorado.

Sin recursos

El 6 de abril, Berenguer escribía en la Orden General del Ejército: «Recibid las más efusivas felicitaciones, que espero reiteraros pronto en la bahía de Alhucemas». España no invertía los recursos económicos necesarios en las fuerzas armadas que tenía en Marruecos, un «ejército de piojosos», lo que llevó a afirmar al general británico Rudkin, observador militar, a su colega Silvestre: « (...) Voy a decirle a usted una cosa, y conste que hablo a un camarada y, a fuer de camarada, me creo obligado a ello. Mi general, felicito a usted efusivamente por la operación que ha hecho; pero, a fuer de camarada, le digo que si a un general inglés le mandan hacer esto, contesta: Gobierno, hazlo tú; yo no lo hago. Mi cargo está a tu disposición; no porque se ventile mi prestigio, que vale poco, sino porque se ventila el prestigio del país y acaso su porvenir». Las tropas de Silvestre progresaron camino de Alhucemas hasta llegar a las posiciones de Abarrán, Annual e Igueriben, a un paso de la bahía de Alhucemas.

El 17 de julio de 1921 las harcas del líder de los Beni Urriaguel Abd el-Krim sitiaron la posición de Igueriben guarnecida por una pequeña tropa mandada por el comandante Benítez. Los moros, experimentados guerreros, ocuparon los riscos y peñas que rodeaban Igueriben hostigando el campo fortificado español, una posición protegida por un pequeño parapeto de doscientos metros. La harqueños, superiores a los mil quinientos hombres, armados muchos de ellos con fusiles modernos Lébel franceses y Mauser, disparaban con casi total impunidad sobre los soldados españoles. A las descargas enemigas la guarnición respondía con gritos de «¡Viva España!». La situación de Igueriben, sin agua, alimentos y casi sin municiones, se agravaba por minutos. Los mandos ordenaron la salida desde Annual de una columna de socorro mandada por el teniente coronel Pedro Marina Villares. El mismo día 17 el capitán Cebollino von Lindemam marchaba protegiendo el convoy de suministro que tenía que entrar en Igueriben con su escuadrón de sesenta jinetes, logrando entrar para luego regresar con su escuadrón hasta el grueso de las fuerzas principales del convoy, rompiendo, nuevamente, el cerco enemigo y recogiendo todas sus bajas para luego seguir hasta Annual. Por esta acción le fue concedida una Cruz Laureada de San Fernando. El 18 la situación se agravó. Los Beni Urriaguel aumentaron su acoso sobre los soldados de Silvestre. Ante la debilidad española otras cabilas, que olieron la sangre y la posibilidad del saqueo, decidieron tomar las armas contra España. Los oficiales de Regulares de permiso en Melilla son reclamados a toda prisa. Igueriben sigue sin agua y sin tregua.

Beber orina y vinagre

Silvestre intenta reagrupar sus tropas para no perder la iniciativa. Los jinetes de Alcántara son enviados a la posición de Dar Drius. El regimiento San Fernando llega a Annual al mando del teniente coronel Pérez Ortiz. Ambos regimientos van a tener un papel destacado en las tristes jornadas que se aproximan. El 19 Silvestre escribe a Berenguer solicitando ocupar una nueva posición en la desembocadura del río Salah para recibir suministros por mar en caso de quedar aisladas sus fuerzas de Melilla. En Igueriben el calor, la falta de agua y el olor insoportable que causan los mulos y caballos muertos por docenas convierten el ambiente en irrespirable. La guarnición ha comenzado a beber orines, vinagre, y se refrescan la garganta con patatas crudas machacadas con azúcar. Los harqueños han capturado un cañón en la posición española de Abarran que empieza a disparar sobre Igueriben. Los españoles contestan con fuego de contrabatería. Al anochecer, un aparato de señales lanza desesperado destellos de luz pidiendo auxilio a Annual, que responde: «El mando felicita a los heroicos defensores, alentándoles a seguir manteniendo la resistencia con el admirable espíritu de sacrificio que es la admiración y orgullo de sus hermanos de armas. Ya se hallan reconcentradas en Annual numerosas fuerzas que han de convoyar los socorros que tanto necesitaba esta la posición y tropas frescas para relevar a los heroicos defensores de Igueriben, que tan ganado tienen el descanso. La patria, atenta a vuestro gallardo gesto, sabrá pronto recompensar vuestros sacrificios». La posición parece sentenciada.