Historia

El ocaso de los indios en Norteamérica

José A. López rescata en un libro cómo la llegada de los europeos terminó con los últimos nativos

Dibujo del asalto a Acoma, al que los españoles acudieron con 70 hombres
Dibujo del asalto a Acoma, al que los españoles acudieron con 70 hombres FOTO: La Razón La Razón

«La guerra marcó la relación entre los europeos y los pueblos indios norteamericanos desde el primer momento, ya sea en defensa del territorio propio, como costumbre o “ethos” de sociedades guerreras, atraídos a su bando como mercenarios por las diferentes potencias europeas que se internaban en su territorio o, finalmente, luchando por su propia supervivencia...», escribe José A. López en su libro «Las Guerras Indias en Norteamérica 1513-1794» (HRN Ediciones). Se trata de la primera parte de una obra que aborda los contactos entre los europeos –los descubridores españoles, seguidos de portuguesas, franceses, ingleses y neerlandeses– y los nativos. Los encuentros se caracterizaron por el asombro y la desconfianza de las primitivas poblaciones autóctonas y la curiosidad y, sobre todo, la codicia de los recién llegados, suscitando situaciones violentas con resultados habitualmente negativos para los indios. El segundo volumen narrará el desarrollo de una lucha progresivamente más desigual, sobre todo tras el nacimiento de los Estados Unidos, con el resultado del ocaso de las poblaciones autóctonas de América del Norte. No se trata de una obra de investigación. El autor lo manifiesta desde el comienzo que «tiene una mera intención divulgativa (…...) y proporcionar una visión de conjunto sobre la larga intervención europea en Norteamérica...», pero el lector verá que se trata de un trabajo concienzudo, con un desarrollo tan clarificador como fácil de seguir y leer.

La Tierra de Pascua Florida

La llegada de los europeos a las costas de los actuales Estados Unidos tuvo lugar dos décadas después del descubrimiento colombino del continente americano. Los primeros catorce viajes (1492-1513) exploraron las ínsulas caribeñas y algunos territorios centroamericanos o sudamericanos de la costa Atlántica, pero no fue hasta 1513 cuando Juan Ponce de León tomó posesión de la Tierra de Pascua Florida, en algún lugar de la actual Península de Florida. Desde entonces hasta finales de siglo se produjeron varias expediciones españolas con ánimo descubridor, con el propósito de incorporar nuevas tierras a la corona, con la intención de evangelizar y civilizar a sus habitantes y, en todos los casos, con el deseo de hallar las riquezas que allí existiera. Para entonces comenzaba a estar claro que las tierras recién descubiertas navegando hacia el oeste no eran las esperadas islas de las especias, pero a falta de clavo, nuez moscada, azafrán, canela o jengibre, que no se veían por ninguna parte, si advirtieron que algunos nativos utilizaban como adorno o signo de distinción pequeñas joyas de oro o perlas...

Eso despertó la codicia de los españoles y de cuantos llegaron tras ellos. Todos –aventureros, navegantes, soldados, políticos– pusieron el máximo empeño en conocer la procedencia de aquellas riquezas, que significaban no solo la manera de financiar las expediciones, sino también la forma de enriquecerse. Pese a las diversas leyes emanadas de la Corona española para la protección de los nativos exigiendo que fueran tratados humanitariamente e imponiendo graves penas a los transgresores –reparo que no frenó el resto de los europeos que participaron en la conquista del territorio–, la fiebre del oro se impuso casi siempre y varios jefes tribales fueron torturados y asesinados para que confesaran el origen del codiciado metal, cosa que habitualmente desconocían. Eso provocó diversos efectos: la resistencia de los indígenas a los descubridores, la lucha contra ellos y su muerte o esclavización y la invención de lugares maravillosos donde hasta las casas eran de oro puro, información que procedía de leyendas existentes o creaciones astutas para alejar de sus tierras a los codiciosos extranjeros o de enviarles a lugares de donde les fuera difícil volver.

Paulatinamente, las expediciones –algunas muy potentes, como las de Ponce de León, Menéndez de Avilés, Pánfilo de Narváez o Hernando de Soto, por mencionar sólo las españolas y del siglo XVI– fueron avasallando a los nativos, imponiendo su organización militar y la calidad de las armas, que inicialmente no fueron las de fuego, excesivamente lentas y sensibles a la humedad, sino el acero de lanzas, espadas y machetes, unidas a la protección utilizada por la tropa (escudos y piezas metálicas, cotas de malla, petos, hombreras y grebas de cuero) y los caballos. Las armas nativas con filos de piedra perdían rápidamente eficacia al chocar con el acero y sus flechas, lo más temible que tenían, con frecuencia resultaban poco útiles ante las protecciones de los soldados.

La diferencia en la calidad del armamento fue acentuándose con el paso del tiempo, uniéndose a ello la progresiva fuerza de las expediciones y el número de los colonos, lo que determinó paulatinamente el retroceso de las poblaciones nativas hasta su casi extinción al cabo de cuatro siglos.