Jevin D. West: «Si algo parece demasiado bueno o malo para ser verdad, no te lo creas»

En español no tenemos un término tan gráfico como “bullshit”, pero nos sobran los charlatanes, troleros o vende humo que tratan de llevarnos al huerto con datos, algunos incluso verdaderos

FOTO: dreamstime La Razón

El autor de «Contra la charlatanería» (Capitán Swing), escrito a cuatro manos con Carl T. Bergstrom, disfrutó la semana pasada de un oasis de «bullshit». La caída de las redes sociales de Facebook le dio a él, y al mundo entero, seis horas de tregua de las medias verdades, manipulaciones interesadas y trolas disfrazadas de certezas que nos van a dejar sordos. Su consejo para combatir tanto ruido: piensa más, comparte menos.

-En España no hay manera de traducir «bullshit» (literalmente, «mierda de toro»).

-Aunque suene cómico, este es un tema que el mundo académico ha tomado siempre muy en serio. El profesor de Yale Harry G. Frankfurt escribió uno de los libros más vendidos de filosofía sobre esto. Es el lenguaje, la retórica, pero también los datos, gráficos y otras formas de presentación destinadas a impresionar y abrumar al interlocutor para convencerlo. Da igual que los argumentos sean o no verdad.

-¿En qué difiere de la mentira?

-Los mentirosos saben cuál es la verdad y tratan de alejarla, a los charlatanes no les importa. Puede ser o no cierto; su objetivo es captar la atención y obtener un beneficio.

-¿La de la vieja escuela era otra?

-La antigua se apoyaba meramente en el lenguaje; ahora, se emplean técnicas más intimidantes.

-Parece mentira que nos la sigan colando cuando podemos verificar todo en tiempo real.

Justo. Es súper irónico. Si a mí hace veinte años me hubieran dicho que iba a poder sacar una maquinita del bolsillo para poner todo en duda no lo habría creído. Sin embargo, la «bullshit» sigue aumentando. La cuestión es que la cantidad de información es tan ingente que hace imposible contrastarla. Antes era muy difícil tener una audiencia semejante, a no ser que fueras un partido o un periódico. Ahora lo puedo hacer en pijama desde mi sofá.

-¿Cuál es la relación entre la «bullshit» y las «fake news»?

-Suelen coincidir, aunque depende de lo que consideres «fake news». Si solo se trata de una información errónea, no sería «bullshit».

-Esta le va a resultar fácil: ¿cuál ha sido el mayor «bullshitter» de los últimos tiempos?

-Ja, ja. Es sencillo de responder, sobre todo porque Trump se enorgullecía. El problema es que la gente acaba sin saber a quién o qué creer y se pierde la fe en el sistema democrático, en el periodismo, en la ciencia. Incluso en los ciudadanos. De verdad que es algo mucho más dañino de lo que parece. Hay una gran crisis de confianza en todo el mundo.

-En la pandemia, ¿cuál ha sido el mayor ejemplo de «bullshit»?

-Ufff... ha habido tantos que necesito varias horas. El tema de los antivacunas, por ejemplo, no es nuevo, pero ha explotado en la pandemia porque hay gente sacando réditos de la desinformación. Una muy popular ha sido que nos insertan un microchip para registrar todo lo que hacemos, como si con el teléfono móvil hiciera falta. Ya nos siguen a todas partes.

Jevin D. West, autor de "Contra la charlatanería"
Jevin D. West, autor de "Contra la charlatanería" FOTO: La Razón La Razón

-Llama la atención que el ámbito científico sea terreno abonado para la charlatanería.

-Sí, ha quedado demostrado que no es inmune. Y eso que soy uno de sus mayores fans, pero también tiene sus desafíos. Durante lo peor de la pandemia, por ejemplo, se produjo un incremento notable de prepublicaciones científicas que aún no habían sido revisadas, algo antes impensable. Y la audiencia no es consciente de que se trata de investigaciones no verificadas. Esto confunde mucho.

-Parece que todo el mundo encuentra algún remoto estudio para apoyar sus argumentos, incluido nuestro presidente del Gobierno.

-Exacto. Ahora existen datos y evidencias supuestamente científicas para apuntalar la «bullshit». Cualquiera, desde partidos políticos a instituciones, puede decir: ¿lo veis? Hubo un artículo en «The New England Journal of Medicine», una publicación muy prestigiosa, que hablaba de la utilidad de las mascarillas contra el contagio. Era un pequeño estudio que, básicamente, decía que las de tela no eran tan efectivas. Esas conclusiones se usaron tanto por los defensores como por sus detractores porque si leías el texto a fondo quedaba claro que su uso era, pese a todo, recomendado. Se emplea la ciencia de manera selectiva.

-¿Hay un sesgo cultural?

-Aún no lo hemos investigado, lo que sí tenemos identificadas son profesiones más propensas, como políticos, gente de marketing, vendedores de coches...

-En el libro describe un suceso trágico en India que desencadenado por un simple rumor.

-Sí, es uno de los peores tipos de «bullshit». En India el principal medio de comunicación es Whatsapp y por ese motivo los rumores se extienden a una velocidad vertiginosa, como en el caso que comentas. Una chica había sido violada y empezó a circular el perfil del culpable que, supuestamente, había sido identificado por la Policía. Las autoridades no pudieron hacer nada por contener a la turba revanchista e incluso Facebook, que es propietario de Whatsapp, se vio obligado a limitar el número de veces que se podía compartir el mensaje. Hay que tener en cuenta que si los nativos digitales ven algo en su teléfono lo creen inmediatamente, como ocurría antes con el periódico.

-Esta semana ha habido una caída sin precedentes de los productos de Facebook, ¿ha sacado alguna conclusión?

-Al menos nos libramos durante seis horas de mucha «bullshit». Fue muy interesante ver cómo no le pasaba nada a los adictos a las redes por no usarlas. Fue muy revelador también comprobar la intensa relación de las compañías de Facebook con la actividad comercial de miles de empresas que perdieron muchísimo dinero. Y la cantidad de gente que usa FB como cuenta de entrada a otras aplicaciones y que tampoco pudo acceder. Es como si el mundo entero se hubiera apagado de alguna forma.

-¿Cuál considera más fiable?

-Depende mucho de los grupos con los que te relaciones. En mi caso, donde encuentro más material sobre ciencia, tecnología, etc. es en Twitter. Desde luego no en TikTok, que es donde se nutren los más jóvenes. Luego están las nuevas como Parler, sesgada políticamente y que puede resultar problemática y extrema.

-¿Qué estrategia recomienda para librarnos de la «bullshit»?

-Sé que suena muy simple, pero es esta: piensa más y comparte menos. Cuanto más compartimos, más alimentamos esos algoritmos dañinos. Hay que hacer una pausa cuando nos llega contenido dirigido a causar una reacción emocional. Entiendo que no se pueda comprobar cada cosa, eso es imposible, pero sí evitar que siga circulando. Si algo parece demasiado bueno o malo para ser verdad, posiblemente sea mentira.

-¿Cómo se explica esa urgencia por compartirlo todo?

-Tiene que ver con el deseo de recibir atención, que es un bien limitado. A mucha gente le gusta ser el centro de atención, el enterado. Aparentar importancia y capacidad de influencia. Además, como tenemos una memoria tan a corto plazo, ni siquiera parece importar que nos mientan. Se nos olvida. Hay un principio que repetimos mucho y es que la «bullshit» es asimétrica; es muy fácil crearla y se tarda mucho en limpiarla.

-¿Qué son «palabras de comadreja»?

-Es la retórica que usamos para expresar cosas que parecen ciertas pero que no lo son. Por ejemplo, si una firma dice que ellos nunca invierten directamente en compañías de combustible. Puede que ellos no, pero usan intermediarios.

-La imprenta también dio miedo en su día.

-Hubo muchos pensadores que temían la llegada de la imprenta porque iba a poner al alcance de cualquiera escribir un libro. Filippo di Strata la comparaba con un burdel, decía que no podían dejar pasar a cualquiera. Pero mira, lo superamos y aquí estamos. Creo que también vamos a sobrevivir a las redes sociales. Es verdad que aún es un poco como el salvaje oeste, tenemos que regularlo bien y educar mejor.

-Pues la exclusiva de «The Wall Street Journal» no es precisamente esperanzadora.

-Terrible. Pone de manifiesto cómo en FB sabían que su plataforma y su reajuste de los algoritmos estaba afectando a los adolescentes y a su autoimagen, aumentaba el discurso de odio, pero les daba igual porque aumentaba sus dividendos. Es un crimen como el de las tabacaleras, sabían el efecto nocivo de los cigarrillos y seguían mintiendo.

-¿Qué son las «deepfakes»?

-Vídeos, audios e incluso textos falsos generados en apenas unos segundos. Con tecnología puedo coger esta entrevista y hacerte decir cosas que no has dicho. Vamos a ver más cada día. A través del modelo de lenguaje GPT-3 se crean textos completamente falsos, imposibles de distinguir de los escritos por un humano. La gente tiene que saber que esto existe para que se cuestione todo.

Portada del libro
Portada del libro FOTO: La Razón La Razón