Literatura

Javier Menéndez Flores: “La Movida tuvo carácter individualista, todos querían erigir su propia estatua”

Después de ganar el Premio Cartagena Negra de Novela con “Todos nosotros”, el escritor y biógrafo regresa con “Madrid sí fue una fiesta”, sobre la Movida madrileña y todos sus tótems

El escritor Javier Menéndez Flores, autor de "Madrid sí fue una fiesta" (Cúpula)
El escritor Javier Menéndez Flores, autor de "Madrid sí fue una fiesta" (Cúpula) FOTO: MARGARITA BAÑÓN

La última vez que quien escribe habló con Javier Menéndez Flores (Madrid, 1969), el autor acababa de presentar “Todos nosotros”, un thriller apasionante y publicado por Planeta en el que, entre oscuridades y salidas nocturnas, se atisbaban los elementos clásicos de la Movida madrileña, entre películas, canciones y bares con aura mística. Aquel contexto, del que se enamoró el autor en su juventud, quería romper por las costuras de la excelente novela y así, apenas unos meses más tarde, Menéndez Flores presenta “Madrid sí fue una fiesta” (Libros Cúpula), una especie de guía enciclopédica y ensayística de más de 500 páginas sobre aquella revolución cultural sin líderes ni manifiesto de la que tanto hemos hablado, escrito y publicado en las más de cuatro décadas que nos separan de su génesis.

A través de la exploración de los personajes, y su legado, más que de las personas o las míticas “vacas sagradas” de la Movida, Menéndez Flores construye un relato completo y rotundo sobre “aquellos maravillosos años” y además lo hace con una perspectiva crítica, pudiendo ser útil y hasta didáctico para que nuevas generaciones se acerquen a lo que él no quiere calificar como “movimiento”. El autor atiende a LA RAZÓN con motivo de la publicación del libro y en medio de un clima, el que nos ha dominado durante el último tiempo, en el que la revisión histórica avanza tan rápido que ni medio siglo parecen aguantar las estatuas históricas de aquel tiempo.

Alaska y los Pegamoides fueron uno de los grupos definitorios de la Movida o, como se le llamó en un principio, la Nueva Ola
Alaska y los Pegamoides fueron uno de los grupos definitorios de la Movida o, como se le llamó en un principio, la Nueva Ola FOTO: La Razón (Custom Credit)

-¿Está viva la Movida? Para un chaval que tenga hoy la edad de los que protagonizaron la Movida, ¿qué queda? ¿Se puede establecer un diálogo con lo que ocurrió en Madrid hace más de 40 años?

-La actual corrección política, que vigila como un Gran Hermano cada palabra que decimos, es la antítesis del aire de espontaneidad y provocación que se respiró durante la Movida, allá por el primer lustro de los ochenta, y aun en los años posteriores a ella. La libertad de expresión era entonces mayor, porque, aunque en ciertos medios e instituciones aún había censura, no existía, a diferencia de hoy, la autocensura, y todo era mucho más salvaje. El mejor diálogo que puede establecerse entre la actualidad y ese ayer, es a través de la cultura. En ese sentido, para un chaval que tenga ahora 20 o veintitantos años, si es curioso y quiere ir un poco más allá de lo que le ofrece el presente, hay una hermosa colección de canciones y películas que lo emocionarán y lo ayudarán a captar el aroma de los ochenta y, quizá, a entender en parte esa década.

-¿Por qué ahora? ¿Qué le ha llevado a “Madrid sí fue una fiesta”? En su última novela se entreveía, así como en buena parte de su literatura, pero nunca de una manera tan enciclopédica, tan didáctica…

-En la primera parte de mi novela “Todos nosotros”, en paralelo a la trama policiaca me ocupé, en efecto, del Madrid de entonces, pues se desarrolla en 1981, último tramo de la Transición, pero me centré, sobre todo, en el clima social y policial. Con “Madrid sí fue una fiesta”, en cambio, mi propósito ha sido el de recuperar la atmósfera cultural de aquella época. En concreto, desde la Constitución del 78 hasta el ecuador de los ochenta, y hacerlo de forma que resulte una lectura ilustrativa y amena. La idea de escribir un ensayo en forma de diccionario enciclopédico me pareció la mejor para ello. No sólo están los nombres de personas y publicaciones y los títulos de las obras (canciones, películas) y los programas de radio y televisión, también los escenarios, las costumbres, las drogas, el sexo... Y he huido de las meras fichas informativas: mezclo información y opinión, y me mojo. Hay entradas más literarias y otras más explicativas, pero la ironía recorre sus más de 500 páginas.

-Usted habla de “vacas sagradas” de la Movida, como Almodóvar o Nacha Pop. ¿Cree que el sol no nos dejó ver las estrellas? ¿Que hay muchas voces que se perdieron en la Movida hegemónica, por así decirlo?

-Se nos ha vendido siempre la idea de una Movida elitista, algo así como un club exclusivísimo capitaneado por modernos y niños bien a los que les iba la marcha y el lado salvaje de la vida, y esa fue sólo una de sus múltiples caras. Y ahí mi libro sí es desmitificador, ya que amplío el perímetro y, sin dejar de ocuparme de esa Movida oficial, he metido en el saco otros nombres y manifestaciones artísticas que coincidieron con ellos en el tiempo y se sumaron a la fiesta, enriqueciéndola y haciéndola menos sectaria: roqueros, rockers, mods, flamencos, heavies, cantautores, cineastas de diversas temáticas, vocalistas del fenómeno fans, cantantes melódicos… Sin olvidar a algunos ídolos extranjeros que, aunque no calentaron las barras de los bares de Madrid, influyeron decisivamente en algunos de los principales actores de la Movida y sonaron a todas horas. Hablo de Bowie, Lou Reed, Warhol, Ramones, Sex Pistols…

-En la prensa del libro, se subraya una frase de Almodóvar, que dice que “no había un sentido de solidaridad ni política” en la Movida. ¿No es eso también política? ¿No es la propia desafección algo ciertamente reaccionario? O incluso el individualismo extremo del que habla en el libro, que también puede ser considerado político…

-No era una cuestión de desafección política, sino de prioridades. Veníamos de un invierno de cuatro décadas que fue la dictadura franquista, y quienes estrenaron la democracia tenían un déficit de libertades, por lo que lo prioritario, lo urgente, era vivir, divertirse, disfrutar de los muchos placeres que se les ofrecían, y decidieron lanzarse a ello en vez de saldar cuentas con el pasado reciente.

-Y, en esa misma línea, ¿por qué cree que muchos referentes de la Movida se asocian ahora con ese carácter reaccionario, con ese no aceptar las vanguardias de las que un día fueron líderes? Personajes como Fabio McNamara, más allá de que haya o no “performance”, han sido situados en el espectro político contrario del que se les supuso en la Movida. ¿Está ahí el error, en el suponer?

-No sé si son “muchos” los referentes de la Movida a los que hoy se les atribuye una deriva reaccionaria, pero lo que hay que entender es que una parte importante de los protagonistas de la Movida eran muy jóvenes, y el paso del tiempo suele modificar, inevitablemente, el modo de pensar de las personas. McNamara, en cualquier caso, fue una rareza entonces y quizá lo siga siendo hoy día, y es difícil saber cuánto hay de verdad en sus manifestaciones y cuánto de mera impostura y deseo de escandalizar. Creo que McNamara está condenado a ser un personaje siempre.

-Hábleme de ese sentir de “fiesta colectiva” del libro. Por supuesto, hizo que la ciudad vibrara culturalmente como nunca antes durante la dictadura, pero trajo consigo la extensión de las ETS y la drogodependencia endémica. ¿Fue la Movida un movimiento también posible por inocencia? ¿O por ignorancia?

-Las enfermedades de transmisión sexual, sobre todo el sida, y el consumo de drogas duras, sobre todo la heroína, estuvieron ahí, y, de hecho, guardaron una estrecha relación. La heroína proporcionaba una felicidad inmediata que, en poco tiempo, se tornó en todo lo contrario, en un infierno. No había apenas información y acabó con las vidas de miles de jóvenes. Pero eso no se contradice con esa “fiesta colectiva” que se aprecia en las páginas del libro. Sostengo que la Movida, que desde luego no fue un movimiento, pues careció de los atributos necesarios para ello, fue un estallido de libertad, una primavera superlativa, y la agitación cultural que hubo entonces, múltiple, diversa, no ha vuelto a darse. No, desde luego, de esa forma tan explosiva y rica.

-Escribe usted que, como período que siguió al más sombrío de nuestra historia reciente, no cabe “magnificación” en la Movida. ¿Dónde queda entonces el artefacto nostálgico? ¿No cree que siempre hay quien busca una Movida que nunca existió, o que solo lo hizo en su recuerdo? No dejan de sorprendernos declaraciones de quien afirma que había más libertad entonces, cuando no se podía abortar o se penalizaba la homosexualidad…

-Magnificar es peligroso, porque deja escaso margen para la mirada crítica. La nostalgia es necesaria, e inconsciente, y suele estar asociada a los años de juventud, cuando uno, en teoría, fue más feliz. La movida, esa atmósfera de conquista de libertades y explosión creativa, sí existió, pero es mejor analizar los hechos históricos sin excesiva pasión y sin excesivo escepticismo. Conviene observar el paisaje del pasado y las obras que quedaron, sobre todo cuando acometes la escritura de un libro o el rodaje de una película o documental, con serenidad, sin euforia ni desdén. En 1981, bajo el Gobierno de la UCD, se aprobó la Ley del Divorcio, que ya existía en la Segunda República y fue derogada por Franco cuando llegó al poder, y ese fue un incontestable logro democrático de aquellos años. Y en cuanto a la homosexualidad, el artículo que condenaba los actos homosexuales, incluido en la ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, fue eliminado en 1979, y los homosexuales fueron una avanzadilla artística de peso, pues un porcentaje elevado de los creadores de la Movida (diseñadores, músicos, pintores, fotógrafos, cineastas) eran gais, y en muy poco tiempo se hicieron con importantes centros de poder.

-¿Cuál diría que es el legado más importante de la Movida como movimiento cultural? Más allá de las canciones y las películas, claro.

-Es que las canciones y las películas son importantísimas, pues reflejan los gustos y las modas de una época, y algunos de sus creadores también. Da igual que te gusten más o menos las películas de Almodóvar: su figura tiene, desde hace ya décadas, proyección internacional, como la de Banderas, Miquel Barceló, Carmen Maura, Sabina en Latinoamérica… Pero el mayor legado es el de la eclosión de las libertades y el haber convertido Madrid en “la ciudad más divertida del mundo”.

-Y poniéndonos más concretos, al revés. ¿Cuál diría que es su canción de la Movida? ¿Y su película? No tienen por qué aspirar a ser generacionales ni hegemónicas…

-Es que tener que elegir una entre tantas… Dependiendo del día te puedo decir una u otra. Te voy a citar dos canciones y dos películas. Como el libro lleva por título “Madrid sí fue una fiesta”, elijo “En las calles de Madrid”, de Loquillo y Trogloditas, y ‘En cualquier fiesta’, de La Mode. Son dos canciones sobresalientes y resumen muy bien, por su contenido, el principio y el final de aquella época. Y en cuanto a las películas, “Deprisa, deprisa”, de Carlos Saura, y “Ópera prima”, de Fernando Trueba.

-En la nota aclaratoria, usted explica que ha usado los nombres artísticos por encima de los de certificado. ¿Es eso también la Movida? ¿La primera vez que un montón de jóvenes pudo elegir quién quería ser?

-Los seudónimos y nombres artísticos no se inventaron en aquella época, vienen de muy atrás, pero tu pregunta tiene sentido. En la Movida hubo un marcado sentimiento individualista entre los artistas, incluso entre los grupos de música, pues cada integrante, salvo unas pocas excepciones, intentaba erigir su propia estatua. No fue un fenómeno solidario ni se pensó de forma colectiva, lo que confirma que no se trató de un movimiento. Y hubo en general una necesidad de ‘disfrazarse’ y de forjarse una personalidad artística al margen de lo que dijera el DNI.

-Cada cierto tiempo, hay quien intenta desacreditar la Movida: bien precisamente por ese carácter apolítico, por su difusión o posible origen en Galicia o por la evolución de sus referentes. 500 páginas después, ¿cree usted que alguna vez se establecerá un relato hegemónico de lo que fue el movimiento, como ha acabado ocurriendo con la Nouvelle Vague o el realismo mágico?

-Es que, insisto, la Movida, pese a la paradoja, no fue un movimiento. A diferencia de la ‘Nouvelle vague’ o el arte pop, por citar sólo dos ejemplos, en la Movida no existieron una corriente intelectual ni un propósito artístico concretos, fue algo puramente espontáneo, impremeditado, no planificado. El relato hegemónico que se nos ha vendido durante años ha sido el de un grupo de modernos drogadictos y frívolos, cuando fue algo mucho más ancho, más largo y más hondo. Y el relato hegemónico que debería imponerse es el de la conquista de los espacios públicos, la atmósfera de diversión total, las canciones de todos los estilos conviviendo en armonía, las películas de Almodóvar, el cine quinqui de De la Loma y Eloy de la Iglesia, la comedia madrileña de Colomo y Trueba… Libertad y diversidad, en fin.