Nacha Pop, Rocío Jurado y un crimen sin resolver

El escritor y biógrafo Javier Menéndez Flores vuelve a la ficción con “Todos Nosotros” (Planeta), un thriller clásico y analógico ambientado en gran parte en el Madrid de los ochenta

En el Madrid de 1981, ese que se quería abrir al mundo pero cargaba con tres décadas de atraso, un policía hijo de la democracia y otro anclado en la dictadura intentarán descubrir el paradero de una serie de jóvenes desaparecidas en un corto intervalo de tiempo. Después de desgranar el crimen de los marqueses de Urquijo en “El hombre que no fui”, Javier Menéndez Flores vuelve a la ficción con una novela negra, muy negra, y además clásica, casi analógica.

— ¿Por qué ese año en concreto?

—Lo primero que imaginé de la novela es que transcurriría en una gran ciudad. Elegí 1981 varios motivos: quería escribir sobre un momento en el que la policía disponía de muy pocos avances científicos y técnicos, y tenían que encomendarse a su capacidad deductiva y a su perspicacia. No había teléfonos móviles, no había pruebas de ADN y tampoco había cámaras de seguridad. También lo elegí porque quería hablar de la ebullición de esa España salvaje, muy inocente y muy efervescente a nivel social y cultural.

— Su libro empieza con un disparo.

— En este género, el autor que lo cultive no se puede permitir tonterías. El que demanda novela negra quiere rocanrol. A mí me han recomendado un thriller en el que no pasa nada en sus primeras 150 páginas. En este género no te lo puedes permitir. Un thriller es pura tempestad.

— ¿Cómo se «convierte» en el asesino?

— Hay que hacer un ejercicio de transformismo. No es meterse solo en la piel de un personaje, si no también adoptar la psicología de un mundo entero. He sido asesino, he sido víctima y he sido policía. Hay que aspirar a que los personajes estén vivos y que el lector empatice con ellos y se sienta cómplice.

— ¿Cómo se evita caer en la misoginia más cruda que a veces puebla el género?

— Para alguien que secuestra, viola y después asesina, la mujer no es nada. Eso lo vemos tristemente y cada dos por tres en los informativos. De pronto desaparece una chica, no se sabe nada de ella y a los dos meses alguien encuentra una mano que asoma de la tierra del campo. Creo que tristemente la realidad siempre supera a la ficción. ¿Por qué consumimos tanta novela negra y tanto thriller? ¿Por qué vemos tantas series con esa temática? Porque el thriller nos permite vivir vidas que por fortuna nunca vamos a vivir. El oficinista que llega a casa no le apetece ver una serie de burocracia y abogados, le apetece marcha o una serie de situaciones extremas. Los crímenes ahí son un incentivo.

— ¿Por qué siempre volvemos a «la movida»?

— Es una época muy atractiva, quizás la que más en nuestra historia reciente. No es tanto esa movida de paladar fino y niños bien, malotes, que se ponían una chupa de cuero. Eso fue una facción, una tribu urbana más de la movida. La movida fue algo mucho más general y transversal. Tras una larga dictadura se rompe una olla que inunda las calles, las plazas, los garitos. Entre la gente que se metía en El Penta o en La Vía Láctea también había universitarios con camisa, jersey y vaqueros que se lo pasaban igual de bien intentando echar un polvo, tomando cualquier tipo de sustancia para desinhibirse. Entrábamos en un orden nuevo, como si se abrieran los sentidos.

Respecto a su revisionismo, nunca nos vamos a poner de acuerdo. La foto de Almodóvar o la de Alaska venden mucho, mola mucho, pero la movida fue mucho más que eso. Fue un soltarse la melena, quitarse la caspa y el peso del pasado. Hay una frase de Banderas que me gusta mucho: “Franco estaba mucho más muerto entonces que hoy en día”. Nadie quería saber nada de eso. Madrid era universal.

— ¿Qué hay de los que se quedaron por el camino?

— Ese es el plano más terrorífico, el del consumo radical de drogas. Con la heroína cayeron muchos. Se primó la búsqueda del placer en una época en la que no había información alguna. De hecho, cuando la Policía y el Ministerio intentaron poner en marcha un plan para luchar contra eso ya estamos hablando de 1985. Hay un lustro entero en el que la gente se desmadró sin ningún tipo de información ni política de contención.

— ¿Cree que la cultura ha sido abandonada por los políticos?

— Creo que hay prioridades. Uno entiendo que durante los primeros meses de emergencia sanitaria se deje de lado lo no esencial, pero a partir de ahí… El Ministerio de Cultura ha tenido un papel desconcertante. No ha sabido explicar a la gente que vive de la cultura que había una serie de prioridades pero que no iban a olvidarles. Si no, ¿para qué cojones existe el Ministerio de Cultura? En ese sentido, el gremio cultural está, con mucha razón, enfadado con sus representantes políticos. Dicho esto, no creo que la cultura tenga que estar por delante de lo sanitario o de alimentarse. No está por delante de vivir o morir.