Luis Paret, el antagonista de Goya

El Museo del Prado dedica su primera exposición monográfica, que reúne 80 obras, entre las que se encuentran gran parte de sus trabajos, aparte de dibujos

Hay un arte funcional, de aleros más académicos, que suele acompañar las convenciones y el gusto marcados por la sociedad, y otro, de aire más levantisco y tono inconformista, que se construye contra las normas vigentes y hunde sus raíces en el fósforo de la propia personalidad. Luis Paret resultó ser así un artista escindido por dos culturas de diferente cuño que terminaron moldeando su particular fisonomía creativa: la tradición que había heredado de su progenitor francés y la que provenía por parte de su madre española. Dos afluentes que beben de fuentes dispares, pero que originaron un pintor insólito en España, donde se le ha tildado a menudo de ser el «Watteau español», como si este apodo significara por sí un menosprecio, un baldón o una descalificación.

Desde sus inicios, este artista singular, frecuentador de una pintura inusual a la que no se le ha prestado suficiente atención, arrastraba una mirada más abierta y personal que la mayoría de los pintores contemporáneos con los que se codeó. Nació el mismo año que Francisco de Goya y sus carreras avanzaron de una manera paralela, convirtiéndose para gran parte del público en antagonistas. Una idea que fructificó y generó una equivocada rivalidad, semejante a la de Beatles y los Rolling Stones, donde uno tenía que estar siempre de un lado o del otro, pero nunca podía elegir a los dos. Una posición absurda, más en este caso, si se tiene en cuenta que en aquella centuria no veía incompetencia alguna en deleitarse en estilos y planteamientos pictóricos tan distintos. Al contrario, se regodeaban en estas plasticidades opuestas y los dos maestros compartieron el mismo patrón.

Paret, a diferencia de otros artistas y quizá por influencia de su padre, evitó encerrarse en las tonalidades ocres que definían la tradición española y optó por una paleta más colorista, vital, alegre y rica, que invitaba al disfrute y el goce. Ambicionó, desde sus primeros pasos, tocar géneros y temas que en nuestro país solían orillarse, como su querencia por el paisajismo, un asunto muy europeo y que queda reflejado en sus perspectivas de las costas y puertos del norte de nuestro país.

El Museo del Prado dedica la primera exposición monográfica, que reúne más de 80 obras, a Paret, un hombre virtuoso, dotado para el arte, pero que también tuvo sus padecimientos y que sufrió destierro durante tres años por proporcionar mujeres al infante de la Corona. La muestra, comisariada por Gudrun Maurer, conservadora de Pintura del siglo XVIII y Goya en el museo, recorre la trayectoria completa del artista y aborda los diferentes géneros que tocó para resaltar su enorme calidad y su grandísima técnica.

El director de la pinacoteca, Miguel Falomir, destaca que con sus lienzos sobrevienen palabras que no solemos emplear cuando hablamos de otros artistas: «Elegancia, sofisticación, cosmopolitismo, humor. Él es como un ovni que hubiera pasado por la pintura española. Tiene un inmenso valor social y, también, como cronista de nuestro siglo XVIII». Con esta idea aludía a uno de sus valores. Mientras Goya trae el mundo de la nobleza y las majas, Paret repara, no solo en la pintura religiosa, algo ineludible, sino también en la burguesía y en los gabinetes científicos que florecieron y que hablan, justamente, de una España que pudo ser y que nunca fue. Como recalca Falomir, que considera que «Él está mejor formado que otros, es más culto, y representó escenas que no tienen parangón», es en estos óleos donde vemos toda una España que pudo ser si la historia hubiera escogido otros senderos y que, en cambio, se perdió.