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Attica: La destrucción del templo del Bakalao

La discoteca, cuyo edificio acaba de ser derruido, fue un «templo» emblemático de la Ruta del Bakalao

  • Attica fue el símbolo del exceso de los 80 y 90, noches de sudor, irresponsabilidad y drogas de diseño.
    Attica fue el símbolo del exceso de los 80 y 90, noches de sudor, irresponsabilidad y drogas de diseño.

Tiempo de lectura 2 min.

14 de julio de 2018. 03:01h

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Alberto Bravo.  14/7/2018

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Attica fue el símbolo del exceso de los 80 y 90, noches de sudor, irresponsabilidad y drogas de diseño. Eran tiempos en los que la discoteca era parada habitual de la famosa Ruta del Bakalao y que el devenir de los tiempos maltrató de la peor de las maneras posibles hasta convertirlo en un antro de droga dura y criminal. Hasta ahora, reducida a escombros para desalojar una ocupación ilegal que daba inmensos problemas a los bares, restaurantes y vecinos de la zona. Para entender qué fue Attica hay que retrotraerse a aquel 1987 en el que abrió sus puertas.

La Movida, con su pop, rock and roll, artes diversas y energía creadora, comenzaba a mostrar sus primeros síntomas de agotamiento. Las drogas duras y de diseño se habían abierto paso y la música electrónica, en cualquiera de sus variantes, era la nueva tendencia. Los Dj’s comenzaban a ser estrellas y gente como Pepo, Abel Ramos o Cristian Varela hacían saltar a cientos de personas que asumían cada noche como si fuera la última de su vida. Completar la famosa Ruta del Bakalao, y contarlo, era lo máximo a lo que podía aspirar el adolescente más sumergido en aquellas noches de triple salto mortal. Eran 72 horas de excesos, visitar todas las discotecas de Madrid a Valencia en un viaje desmadrado. Y Attica era parada obligatoria. La discoteca madrileña era la más pura expresión del exceso.

Tenía una terraza llamada «el cielo» y una pista de baile, con jaula incluida, denominada «el infierno». Su tremendo equipo de sonido hacía palpitar el suelo y las luces proporcionaban unos efectos alucinantes que el paso de las horas convertía en alucinógenos. Era una propuesta forjada del material con el que se contruían los sueños desfasados de quienes allí acudían. Un desmadre absoluto. Pero en los cimientos de Attica también estaba la ilegalidad y tuvo que cerrar sus puertas hace dos décadas para formalizar el final de una era.

Entonces sus paredes dieron cobijo a los okupas y a gentes sin hogar. Todo se llenó de suciedad, plásticos agujereados, cucharillas, hornillos, preservativos y jeringas. El más puro símbolo de decadencia y degradación de la sociedad contemporánea. Los gritos –discusiones o monos– y los lamentos fueron el sonido que quedó donde antes había habido música electrónica y danzas tribales. Unas máquinas excavadoras y unos policías fueron los únicos testigos de la demolición de una época.

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