Cultura

Coppola, cuarenta años después del apocalipsis

El nuevo estilo que trajo el director abordó uno de los conflictos más sangrantes de EE.UU: Vietnam. El resultado fue una de las obras maestras del cine bélico. Se presenta una versión aligerada con motivo del aniversario del filme.

El nuevo estilo que trajo el director abordó uno de los conflictos más sangrantes de EE.UU: Vietnam. El resultado fue una de las obras maestras del cine bélico. Se presenta una versión aligerada con motivo del aniversario del filme.

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Fue el principal motor de una generación de titanes. El hermano mayor de todos ellos, el discípulo listo y excesivo, culto y amable, del viejo Roger Corman. El que primero disfrutó del éxito comercial, gracias sobre todo al triunfo colosal de «El padrino», la película que aprendió a odiar. El líder o capitán en cuya espuma llegaron Spielberg, Lucas, Scorsese, De Palma, Cimino y el resto. Arruinado con «Corazonada», reinventado una y mil veces, dedicado desde hace años más a sus vinos que al cine, enfrascado de un tiempo a esta parte en unas películas de arte y ensayo que conservan pocos destellos del genio que conocíamos, lo cierto es que a Francis Ford Coppola le sobra y le basta con su primera filmografía, la que va de «El Padrino» a «Apocalipsis now» pasando por «La conversación» y, si apuran, a «Rumble fish» y retazos de «Drácula», para garantizarse un lugar bien ganado en el Olimpo de los incontestables.

Ahora, con 80 años, presenta una nueva versión, la tercera y asegura que la definitiva, de «Apocalypse now», su clásico de 1979 escrito y filmado entre Filipinas y Ángeles. Con la tinta mojada en «El corazón de las tinieblas» de Joseph Conrad y el pulso corazón infartado de Martin Sheen, entre los tifones que asolaban las islas, el paludismo, las drogas, omnipresentes, los pasotes de Dennis Hopper, la megalomanía de Marlon Brando y el rock and roll psicodélico y airado, colorista y terrible, que animaba la vida y la muerte de muchachos masacrados en Vietnam.

Por supuesto, nada de una película pacifista o una oda antibelicista. A «The Guardian» le ha explicado que «nadie quiere hacer una película a favor de la guerra, todos quieren hacer una película contra la guerra. Pero una película contra la guerra, siempre pensé, debería ser como El arpa birmana: algo lleno de amor, paz, tranquilidad y felicidad. No debería tener secuencias de violencia que inspiren un deseo de violencia. ''Apocalypse now'' tiene escenas conmovedoras de helicópteros que atacan a personas inocentes. Eso no es contra la guerra». No. Eso es, más bien, una sobredosis de adrenalina y violencia, sinsentido y ópera elevado a la dosis exacta por un maestro en destripar las pasiones humanas y sus afanes más sórdidos, generosos y/o grandilocuentes.

Para presentar este tercer intento de fijar la epopeya, en lo que viene siendo ya una maniobra creativa que recuerda las indefiniciones y tijeretazos, ampliaciones y cambios de humor y partitura de Bruckner con sus sinfonías, el director ha convocado a algunos periodistas para charlar al norte de San Francisco. Allí tiene su bodega y su mansión, y allí ha criado a sus hijos.

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Mitología y paranoias

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Pero antes toca rebobinar. En 2001 llegó «Apocalypse now redux», con casi una hora extra. Demasiado, juzgaron algunos críticos y, al parecer, el mismísimo Coppola, que con ocasión de 40 aniversario de la cinta entrega ahora un corte de 183 minutos titulado «Apocalypse Now final cut». La película llega en 4K y los afortunados que ya han podido verla hablan de una calidad en la imagen verdaderamente enloquecedora y un guión más ajustado y potente que nunca. Atención a lo que ha explicado a la agencia AP, cuando reflexiona lo que tuvo de choque generacional la cinta, igual que la propia guerra, tan alejadas de la mitología sobria y dura de la II Guerra Mundial o las paranoias de Corea. «La guerra de Vietnam fue diferente a otras guerras estadounidenses. Emanaba una sensibilidad de la Costa Oeste en lugar de una sensibilidad de la Costa Este. En las películas de guerra antes de ''Apocalypse'' siempre había una especie de personaje de Brooklyn, o una personalidad de la Costa Este y el Medio Oeste. ''Apocalypse now'' era L.A. y estaba había surf drogas y çrock and roll». A lo mejor, de una vez, Coppola ha encontrado la fórmula imposible para fijar un fresco siempre cambiante. Él mismo en algunas de sus charlas explica que lo que entonces parecía vanguardia hoy apenas sirve para empapelar las paredes. En otros momentos acusa a sus vendedores y productores de obligarlo a suprimir escenas, o mejor partes de escenas, que añadían locura, surrealismo y tensión onírica a la historia. Había que aligerar la película, de por sí pura dinamita, de cuanto pudiera espantar al público masivo. El presupuesto se había disparado. La Prensa llevaba un año especulando con el hundimiento del director, al que los reporteros pintaron en términos propios de Shakespeare, como un rey desmesurado y caprichoso incapaz de finalizar la maldita cinta. En Hollywood todo estaba preparado para celebrar sus exequias y añadir su cabeza al panteón de jóvenes vanidosos ante cuyos ejemplos catastróficos se levantaría la industria de los ochenta en adelante, infinitamente más cautelosa y conservadora.

Pero que nadie se engañe. Coppola, además o por encima de cualquier otra consideración, era y fue un cineasta con vocación de dramaturgo moralista. Como le cuenta al periodista de AP, en la guerra en Vietnam «había muchas contradicciones extrañas relacionadas con la moral involucrada. Una vez leí una línea que no está en la película, pero para mí resume el significado de la película. Algo así como que ''Enseñamos a los niños a disparar a las personas, pero no les dejaremos escribir la palabra joder en sus aviones porque es obsceno''». Había que evitar que los niños pronunciaran obscenidades y, al mismo tiempo, fregar con bombas incendiarias toda la selva. Al final de varias de las entrevistas recuerdan que ha retomado «Megalópolis», la película futurista con la que durante décadas los partidarios de Coppola soñaron una regreso del ídolo en condiciones.