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«Crimen y telón»: La imperfección de unos genios

  • «Crimen y telón»: La imperfección de unos genios

Tiempo de lectura 4 min.

05 de enero de 2018. 00:51h

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5/1/2018

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Autoría: Ron Lalá. Director: Yayo Cáceres. Intérpretes:Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Álvaro Tato. Teatro Fernán Gómez. Madrid. Hasta el 28 de enero.

Tanto es el talento de Ron Lalá que, a la vista de su último trabajo, empieza a pensar uno que apenas puede ya ajustarse a los parámetros convencionales de una pieza teatral. Con la ciencia ficción, el género negro, el cómic y el musical, y hasta con la Historia del Teatro, entre otras cosas, arrambla por ensalmo la exitosa compañía en este nuevo espectáculo que, además, reivindica con inteligente humor y con verdadero espíritu crítico, «verdadero» implica que ese espíritu es también autocrítico, la importancia del arte y la cultura en la sociedad. Por si fuera poco, la obra lleva con audacia el recurso de la metateatralidad, en estos tiempos que tanto se estila, hasta más allá de cualquier límite conocido hasta ahora, dejando que los personajes terminen para siempre fundidos en la realidad del espectador que ocupa el patio de butacas y conformando así, con todos ellos, un vasto y abstracto universo en el que el juego dramático original sería solo una pequeña galaxia. El punto de partida argumental suena tanto a Phillip K. Dick como a Ross Macdonald: en un futuro no muy lejano en el que las artes están prohibidas y perseguidas, el Teatro, que controla «el mercado negro de sentimientos y emociones», después de fugarse de la cárcel, aparece muerto. El detective Noir, en permanente pugna con el Teniente Blanco de la Agencia Anti-Arte, deberá esclarecer lo ocurrido. El curso de esta surrealista investigación, que obligará al protagonista a repasar la historia de la víctima, con deliciosos guiños a obras, autores y corrientes teatrales de todos los tiempos, se traducirá en una divertida y certera sátira en la que no faltan referencias al poder político y a su afán manipulador; al desprecio por la cultura que tienen gobernantes y ciudadanos; a la vanidad, rayana a veces en la necedad, de los artistas; a la situación de España, de Cataluña y del mundo en general; al desbarajuste medioambiental; al mal uso de la tecnología; a la mala educación del público dentro de una sala de teatro; a las interminables reivindicaciones de los colectivos profesionales; a la desigualdad, en cuanto a género, que sigue imperando en la cultura... y, en definitiva, a la hipocresía de todo títere viviente, incluyendo, por supuesto, a los propios artífices del espectáculo. Un momento brillante y demoledor de la función es, en este sentido, cuando el Teatro descubre el rostro de su más acérrimo enemigo, el poder, y se encuentra con un simple espejo. Hay también un bonito homenaje a la poesía, la más compleja y escurridiza de todas las artes, y al teatro en verso; y todo marida a la perfección, como siempre en la compañía, con la música y las canciones. Sin embargo, el montaje es tan, tan ambicioso, por la cantidad de temas y estilos que quiere tocar y por la cantidad de guiños que intenta hacer, que el núcleo argumental se resiente en su cohesión y continuidad dramática, quedando como un escueto pretexto para hilvanar los maravillosos adornos que son cada una de las escenas.

LO MEJOR

La compañía demuestra otra vez un talento sin parangón entre los nuevos creadores

LO PEOR

La propuesta quiere abarcar tanto que se distrae más de lo debido de la línea argumental

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