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«Efecto Màxim», los dos ministros que duraron 10 días y 24 horas

La dimisión del titular de Cultura, después de seis días en el cargo, trae a la memoria dos casos similares, los de Salustiano de Olózaga y el conde Clonard, ambos en el reinado de Isabel II

  • Un hombre a pie de calle Este grabado reproduce la escena en que el político Salustiano de Olózaga se dirige a la multitud reunida en un café durante uno de los discursos que pronunció
    Un hombre a pie de calle Este grabado reproduce la escena en que el político Salustiano de Olózaga se dirige a la multitud reunida en un café durante uno de los discursos que pronunció

Tiempo de lectura 8 min.

17 de junio de 2018. 13:44h

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Jorge Vilches 17/6/2018

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El ascenso y caída de Màxim Huerta, ministro de Cultura durante seis días, casi rompe marcas en la política española. Hubo otros que duraron menos o un par de jornadas más; son los casos de Salustiano de Olózaga, diez días presidente, y del conde de Clonard, tan solo 24 horas. Amoríos, conspiraciones políticas y amenazas truncaron esas carreras. Esta es su historia.

Olózaga, líder del Partido Progresista, nacido en Oyón (Álava) en 1805, fue nombrado Presidente del Gobierno el 20 de noviembre de 1843. El país estaba conmovido tras una larga guerra civil y la regencia frustrante de Espartero. No obstante, los españoles contaban con Isabel II, la reina niña, declarada mayor de edad con trece años, cuya imagen pública era objeto de una delicada campaña de propaganda. Era la «alumna de la libertad», en expresión de Argüelles, el «iris de paz y libertad», decían los liberales, y en ella se depositaban las esperanzas generales.

El Partido Progresista estaba dividido en facciones personalistas que se unieron al Partido Moderado en la oposición. Olózaga fue derrotado en la elección del presidente del Congreso, pero no dimitió. Fracasada la vía parlamentaria para derribar al Gobierno quedaba que la reina desautorizara su política. Esto precisaba el control de la voluntad de Isabel II, por lo que la batalla política se dio en la Corte. Olózaga era su tutor en ausencia de la reina María Cristina, su madre, exiliada en París. El nuevo presidente despidió al personal de Palacio más desafecto, e intentó establecer lazos afectivos con la reina niña regalándole dulces y llevando a su hija Elisa a jugar con ella. Se decía que la trataba con familiaridad, y que incluso una vez, jugando, encontraron en un secreter un Toisón de Oro. Las malas lenguas dijeron que él se lo quedó, asunto que desmintió años después.

La marquesa de Santa Cruz, agente de María Cristina, continuó en Palacio e intentó usar su influencia en Isabel II para exonerar a Olózaga a través de una desautorización. La tarde del 28 de noviembre el presidente aprovechó que Santa Cruz había ido a un baile. Llevaba dos decretos ordinarios, y otro de disolución de las Cortes que le permitía convocar elecciones y conseguir una mayoría adicta. Santa Cruz había aleccionado a la reina contra esta disposición. Isabel II firmó los dos primeros, y se negó al que ponía fin a las Cortes. Olózaga explicó que era un parlamento ingobernable.

Una reina violentada

L

a reina no resistió mucho tiempo porque la entrevista duró quince minutos. Isabel firmó, y él le pidió que guardara el secreto. A la mañana siguiente, Santa Cruz preguntó a Isabel II sobre el día anterior, y la niña respondió: «No me acuerdo bien, pero creo que firmé uno disolviendo las Cortes». La marquesa se enfadó y gritó que había «firmado la sentencia de muerte de la monarquía». Santa Cruz reunió a Narváez, Serrano, Donoso Cortés, González Bravo y otros, y ahí nació el bulo: Olózaga había violentado a la reina para que firmara el decreto, la persiguió por la habitación, echó los cerrojos, y cogió su mano con fuerza para obligarla a poner su rúbrica. La exoneración de Olózaga solo podía hacerla un ministro. Convencieron a Joaquín Frías, quien, entre lágrimas, firmó el decreto que echaba a su compañero. La noticia se difundió por Madrid en la mañana del 29 con gran escándalo. El 1 de diciembre se leyó en Palacio la acusación ante el cuerpo diplomático, y luego en las Cortes, donde se ponía en boca de Isabel II: «Me agarró del vestido y me obligó a sentarme. Me agarró la mano hasta obligarme a rubricar». Olózaga salió de Madrid por la noche, a caballo, casi sin equipaje. Tomó el camino de Extremadura para refugiarse en Portugal. Huyó de las amenazas y retos a duelo que le habían llovido desde que la prensa difundió el escándalo. Diez días, y al final la jauría.

Peor fue el llamado «ministerio relámpago», en la España de 1849. Isabel II todavía no había sido reconocida por la Santa Sede. El año anterior, el papa Pío IX había caído en una conspiración que terminó con la proclamación de la República de Roma. Francia envió tropas para restaurar al Pontífice, y Narváez hizo lo propio para conseguir el reconocimiento papal de la reina española. A cambio, Francia exigió la continuación del régimen constitucional en los Estados Pontificios. El Nuncio en Madrid convenció al rey Francisco, casado con Isabel II, de que eso digustaba al Papa.

Francisco fue mal marido de Isabel II, no solo en el ámbito carnal, sino porque conspiró y aspiró a la regencia. No se llevaban bien. Incluso ella, más fuerte que él, «le dio de puñetazos», escribió Donoso Cortés. Hablaron de divorcio y nulidad matrimonial. Francisco, frustrado y encogido, se rodeó de una camarilla vulgar y clerical, como el escolapio padre Fulgencio y sor Patrocinio, la «monja de las llagas». En la «cuestión de Roma» vio Francisco una buena excusa para atemorizar a Isabel, echar a Narváez y poner de presidente a un títere suyo: el conde de Clonard. Escribió una carta a su esposa exponiendo los peligros de romper con la Santa Sede y la necesidad de cesar al Gobierno. La Reina fue astuta. Ese día, el 18 de octubre de 1849, informó de la maniobra a sus ministros.

Compungida y llorosa

La noche del 19 de octubre, Isabel II comunicó a su esposo que sustituiría a Narváez por Clonard. Luego se reunió con sus amigos para que éstos la vieran compungida y llorosa. A las cuatro de la mañana firmó los decretos de cese y nombramiento. A las pocas horas ya lo sabía todo Madrid. Clonard estaba loco de alegría. Salió del cuarto del rey, anunció su gabinete y tres horas después fue al ministerio de Guerra. La trampa ya estaba tendida. La prensa acusó al unísono al rey de dar un golpe de Estado, al tiempo que Narváez se paseaba por Madrid para recibir el aplauso popular. Los altos cargos dimitieron y la Bolsa cayó. Inasequible al desaliento, Clonard se presentó en Palacio. Llevaba unos decretos bajo el brazo. Allí le esperaban la reina y Narváez. Le hicieron esperar cuatro horas en un pasillo. Cuando fue avisado, el ayudante le dijo que no llevara consigo los papeles porque no hacían falta. Entró en la sala e Isabel II le pidió que nombrara a San Luis ministro de Gobernación. Muy nervioso, Clonard quiso firmar muy alto en el papel, cerca de la rúbrica de la reina, y Narváez le amonestó. Abrió entonces los Evangelios para la jura de San Luis, pero no atinó, por lo que Narváez, zumbón, dijo: «No es por ahí, señor conde: se conoce como ha jurado Vd.». Nombrado San Luis, éste exoneró al resto. Fue entonces cuando Narváez le soltó a Clonard: «Ya está Vd. aquí de más». La prensa habló de «impotencia y de imbecilidad», de «golpe de Estado», de un Gobierno que no había podido resistir a «dos días de risa general». Narváez echó al rey Francisco a El Pardo y desterró a toda su camarilla. Había sido el «ministerio relámpago», cuyos hombres eran, decían los periódicos, personajes «oscuros, desconocidos, alguno de ellos encausado, sin antecedentes, sin posición política».

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