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«El clan»: la matanza no fue en Texas sino en Argentina

Trapero presenta en Venecia una reflexión sobre la dictadura, mientras que «A Bigger Spalsh», de Luca Guadagnino, se lleva injustos silbidos

  • El director Luca Guadagnino (izquierda), con los actores Tilda Swinton (centro) y Ralph Fiennes (derecha)
    El director Luca Guadagnino (izquierda), con los actores Tilda Swinton (centro) y Ralph Fiennes (derecha)

Tiempo de lectura 4 min.

06 de septiembre de 2015. 23:47h

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6/9/2015

La historia del clan Puccio no es tan distinta a la del clan de Leatherface en «La matanza de Texas». Lo que la hace más perturbadora es que esta familia no vivía en la América profunda, aislada de la civilización, ni se dedicaba a la carnicería sin licencias higiénicas. Los Puccio eran de clase media, tenían su casa en el barrio bonaerense de San Isidro, uno de sus hijos era jugador de rugby en el equipo nacional y, mientras tanto, el padre, Arquímedes, secuestraba a gente pudiente, las encerraba en el baño o en el sótano, pedía rescates millonarios y las mataba impunemente. Decimos «impunemente» porque estaba protegido en las sombras por la dictadura argentina. «El clan», título estrella de la jornada de ayer en la Mostra, cuenta su historia, que ya lleva la friolera de dos millones de entradas en las taquillas argentinas.

El cáncer de los Puccio

«El cine te permite encontrarte a ti mismo en el presente», afirmó el director, Pablo Trapero. «De lo contrario, sería como leer un libro de Historia». Es decir, lo más interesante de «El clan» es examinar los cambios sufridos por la sociedad argentina en el tránsito (del 82 al 85) de la dictadura a la democracia y comprobar cómo se proyectan hacia lo que ocurre hoy en día. Los Puccio son lo que el autor de «Mundo grúa» denomina «el síntoma» de un cáncer que ha hecho metástasis, y cuyo alcance es universal: a los españoles perfectamente podría recordarnos la transición del franquismo a la democracia, y cómo los misterios sin resolver de aquella época convulsa se han ido transformando en la alarmante avalancha de casos de corrupción de la actualidad. Quizás esa universalidad es la responsable del abrumador éxito del filme –producido, como «Relatos salvajes», por los hermanos Almodóvar– en Argentina. «No sabíamos cómo iba a reaccionar la gente de mi generación, por ejemplo, que ya conocía el final de la historia», explicó Trapero, «y mucho menos los jóvenes, a quienes el caso les queda muy lejos. Después de todo, es una película incómoda y exigente». Lo es en teoría: tiene todos los elementos para erizarnos la piel. Sin embargo, le falta la intensidad necesaria para provocar la náusea. Y debería provocarla.

Uno de los indudables atractivos de la trama es la figura del patriarca, auténtico demiurgo del mal que Guillermo Francella interpreta con hierática convicción. Trapero hace hincapié en la relación entre el padre y Alejandro, uno de sus hijos: uno es el amo de espíritu pétreo y manipulador, el otro el esclavo con dudas. «La película habla de la hipocresía», sostuvo Trapero, «de esos casos en los que la gente rehúye responsabilidades y mira hacia otro lado». Y, sin embargo, más allá de la avaricia, la ambición social y económica, la película no explica el estado de hipnosis en el que se encuentra esa familia. Hablar de «banalidad del mal» es quedarse corto: como corta y un punto superficial se queda «El clan» al demoler los cimientos de una institución que aquí funciona como sinónimo de un régimen totalitarista.

La familia deja paso a la pareja y las derivas del deseo en «A Bigger Splash», de Luca Guadagnino, «remake» de «La piscina», que fue recibido con sonoros (e injustos) abucheos por parte de la Prensa. Amarrada a una de esas situaciones a puerta cerrada (o «huis clos», como dicen los franceses) que tanto le gustan a Polanski, que reúnen a unos cuantos personajes en un lugar claustrofóbico o apartado de la civilización para que caigan las máscaras, y situada en una isla, Pantelleria, que gustaría tanto al Rossellini de «Te querré siempre» o «Stromboli» como al Antonioni de «La aventura», la película habla de amores reencontrados, excesos superados, adocenamiento burgués y ánimos autodestructivos con fría frivolidad, pero las memorables interpretaciones de Ralph Fiennes bordando el baile frenético del «Emotional Rescue» de los Rolling y Dakota Johnson como ángel del pecado y ninfa lolitesca, le dan sopas con honda a buena parte de la sección oficial que hemos visto hasta ahora. Es cierto que infrautilizar a los refugiados, que aquí aparecen como objeto decorativo, es bastante irresponsable, pero tampoco se puede culpar al director de «Io sono l’amore» de los males de Europa.

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