¿Es un pájaro? ¿Es un avión? no, es Michael Keaton

Michael Keaton, formidable en «Birdman», en su aparición en el Festival de Venecia
Michael Keaton, formidable en «Birdman», en su aparición en el Festival de Venecia

En una entrevista publicada en la revista «Screen International», Alberto Barbera, director de la 71ª edición de la Mostra de Venecia, explicaba el porqué de algunas sonadas ausencias a competición, citando incluso las películas que le hubiera gustado tener en nómina y que finalmente han caído como una bomba nuclear en el próximo Festival de Nueva York: «Gone Girl», de David Fincher, e «Inherent Vice», de Paul Thomas Anderson. Dos títulos que le habrían permitido criar fama y echarse a dormir, pero que no han cruzado el charco porque parece, dice, que «muchas producciones americanas tienden a no considerar los festivales como lugares privilegiados para promocionarse». Es el momento, afirma, de «abrir nuevas perspectivas y recuperar una de las funciones originales de este tipo de certamen: el descubrimiento de cinematografías poco conocidas o de autores ignorados». Es una forma como cualquier otra de justificar un cambio de orientación en la programación forzado por las leyes del marketing y por el auge imparable de tres festivales norteamericanos (Telluride, Toronto y Nueva York) que están dejando a la Mostra sin carne de primera. Con todo, Barbera no puede quejarse: «Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)», la nueva película de Alejandro González Iñárritu, inauguraba el festival entre merecidos vítores y aplausos. Contra todo pronóstico, «Birdman» demuestra que el cineasta mexicano tiene sentido del humor. Cínico, reseco, pérfido, pero ahí está, torciendo la sonrisa ante el ego de un actor que confunde el amor con la admiración y que quiere demostrar al mundo que él también es un artista (ergo, puede hacer teatro en Broadway) a pesar de que el público siga pidiéndole autógrafos por su papel más icónico, un superhéroe llamado Birdman. «Quería que el humor naciera de la ambición del personaje por lograr el éxito, aunque la realidad le informe de lo contrario», explicó en rueda de prensa el director de «Babel». «Es la historia de cada ser humano, de cada uno de nosotros, cada día de su vida».

Parece que la era digital está fomentando la vena más metatextual del cine contemporáneo: como en el caso de «El congreso», que se estrena esta semana en España, y en la que Robin Wright interpreta una versión de sí misma, no es difícil detectar rasgos de la carrera de Michael Keaton en el personaje de Riggan Thomson. «Michael fue el pionero del fenómeno de los superhéroes», afirmó Iñárritu refiriéndose al Batman de Tim Burton. «Poca gente en el mundo tiene la autoridad para hablar de esa experiencia». He aquí, pues, la extraordinaria resurrección de un actor olvidado, merecedor de mejor suerte, en la piel de un actor que quiere resucitar dirigiendo, produciendo y protagonizando una adaptación teatral de «De qué hablamos cuando hablamos de amor», de Raymond Carver. Podría ser una idea de Charlie Kaufman, una mezcla más accesible de «Cómo ser John Malkovich» y «Sinécdoque New York», si Iñárritu no la llevara a su terreno; esto es, al descenso a los infiernos, a la desolación moral y a la redención final de altos vuelos. Thomson no está tan lejos del Javier Bardem de «Biutiful», sólo que las derivas de la película hacia el realismo mágico –las conversaciones entre el personaje y su álter ego, la voz del superhéroe que le dio la fama; sus levitaciones y poderes telequinésicos– están integradas de una forma más orgánica, menos impostada que en aquella hagiografía de cartón piedra.

Una secuencia de dos horas

Hablando de ritmos orgánicos, es difícil imaginar una puesta en escena más virtuosa para contar esta historia en el limitado espacio de un teatro y sus trastiendas. El plano secuencia de apertura de «Gravity» debió de ponerle los dientes largos a Iñárritu, que ha contratado a Emanuel Lubezki, el director de fotografía de su compatriota Cuarón, para que orqueste lo que parece un solo plano secuencia de casi dos horas de duración, que une espacios, tiempos y personajes con transparente fluidez, y que obliga a los actores a trabajar en condiciones idénticas al teatro, sin que haya cortes que falseen su verdad. Iñárritu, que comparó su método a escribir sin puntos ni comas, no quería «manipular nada en la mesa de montaje, donde es tan fácil disimular tus errores». Lo que ves es lo que hay: después de meses de meticulosos ensayos, la interrelación entre los intérpretes –están todos memorables, desde Edward Norton hasta Zach Galifiniakis, pasando por Emma Stone– construye «un espejo en un espejo en un espejo» cuyo reflejo definitivo es tan simple como devastador. «Todos llevamos un "Birdman"dentro», concluye Iñárritu, y debe de llevar razón.