Cultura

Las cartas íntimas del rey Alfonso XII a Elena Sanz

El intercambio entre la cantante de ópera y el monarca comprometió la reputación de hombre casado de este. Suspiraba rendido ante su diva

La cantante de ópera Elena Sanz tuvo una relación muy especial con Alfonso XII
La cantante de ópera Elena Sanz tuvo una relación muy especial con Alfonso XII FOTO: La Razón
La fecha: 1881. Si las cartas de amor eran falsas, como alegó entonces la Casa Real, ¿por qué pagó para que no saliese ni una sola a la luz pública?
El lugar: Madrid. Una de esas epístolas me la mostró la nieta de su regio autor, María Luisa Sanz. Decía: «Idolatrada Elena: Cada momento te quiero más y deseo verte».
La anécdota. El monarca cayó rendido: «Siempre que puedo te miro y se me van los ojos tras de ti... Mi corazón y mis sentidos», afirmaba en otra carta..

La cantante de ópera Elena Sanz siempre fue muy especial para el rey Alfonso XII. Entre otras cosas, porque le dio dos hijos varones, Alfonso y Fernando Sanz y Martínez de Arrizala, el segundo de los cuales, a diferencia del primero, sí fue concebido mientras el monarca estaba casado con la reina María Cristina. La mejor prueba de ello es la fecha de nacimiento de Fernando Sanz inscrita en el Registro Civil de Buenavista: 25 de febrero de 1881. Su madre no cautivó solo al rey.

El ex jefe del Gobierno de la Primera República, Emilio Castelar, quedó impresionado también al conocerla: «Quien haya visto en su vida a Elena Sanz –escribió– no podrá olvidarla nunca. La color morena, los labios rojos, la dentadura muy blanca, la cabellera negra y reluciente como el azabache, la nariz remangada y abierta con una voluptuosidad infinita, el cuello carnoso y torneado a maravilla, la frente amplia, como de una divinidad egipcia, los ojos negros e insondables, cual los abismos que llaman a la muerte y al amor». Incluso Pérez Galdós dedicó a la musa un espacio de honor en sus célebres «Episodios Nacionales»: «Moza espléndida, admirablemente dotada por la Naturaleza en todo lo que atañe al recreo de los ojos, completando así lo que Dios le había dado para goce y encanto de los oídos».

Tampoco Julián Cortés Cavanillas, biógrafo de Alfonso XII, escatimó piropos a la cantante: «Elena Sanz era el tipo representativo de la “buena mujer” de aquella época. Muy alta, con todas las curvas necesarias y perfectas para demostrar la hermosura integral...».

Pero ninguno de estos requiebros, provenientes de tres hombres que ya lo habían visto casi todo, podía compararse con las cartas íntimas que escribió Alfonso XII a su amada; cartas que comprometían su reputación de hombre casado, por muy rey que fuese. En ellas, Alfonso XII suspiraba, rendido, ante su diva: «Tú estás que te hubiera comido a besos y me pusiste Dios sabe cómo...». También ejercía de padre, interesándose por «los nenes» y preguntando a su madre, coloquialmente, si necesitaba más «guita».

Media docena de copias de esas cartas me las mostró mi amigo Juan Balansó (q.e.p.d) en su casa, una tarde de septiembre de 1995, antes de transcribirlas en su libro Trío de Príncipes. El propio señor Cobián, abogado defensor de la Familia Real en el pleito de filiación presentado por los hijos de Elena Sanz, tuvo en sus manos varias cartas que, a su juicio, no probaban que Alfonso XII fuese padre de Alfonso y Fernando Sanz. Pero, dijera lo que dijese Cobián, no hace falta ser un lince para adivinar que a quienes llamaba el rey con gran afecto «los nenes» eran sus propios hijos. El letrado negó además la autenticidad de toda esa correspondencia. Pero si era falsa, ¿a cuento de qué iba la Casa Real a pagar por ella 750.000 pesetas de entonces para que no se publicara ni una sola de aquellas líneas tan comprometedoras?

Uno de esos increíbles billetes amorosos que conservaba como el más preciado tesoro la nieta de su regio autor, María Luisa Sanz de Limantour, cuando la entrevisté para componer mi libro Elena y el Rey, publicado en 2014, reza así: «Idolatrada Elena: Cada momento te quiero más y deseo verte, aunque esto no es posible en estos días. No tienes idea del recuerdo que dejaste en mí. Cuenta conmigo para todo. No te he escrito por falta de tiempo. Dime si necesitas “guita” y cuánta. A los nenes un beso de tu, Alfonso».

Pero hay más: «Elena mía: Qué retratos y cómo te los agradezco. El chico hace bien en agarrarse lo mejor que tiene y por eso me parece le va a gustar tocar la campanilla... Tú estás que te hubiera comido a besos y me pusiste Dios sabe cómo... Daría cualquier cosa para veros. Mas no es posible». Y más aún: «Idolatrada: Perdona si no soy siempre gentil; si anoche te hice tanto sufrir. En el pecado llevo la penitencia, pues varias veces me he despertado pensando en ti y lleno de remordimientos. De diez menos cuarto a diez y media te verá con sumo gusto mañana domingo, tu Alfonso».

Y ya el sumun: «Idolatrada Elena: Mucho gusto he tenido en verte todos estos días en las funciones y siempre que puedo te miro y se me van los ojos tras de ti y tras de ellos. Mi corazón y mis sentidos. Ayer te vi en tu ventana. Mil besos de tu invariable, A.».

LA HERENCIA

La inesperada muerte del rey Alfonso XII, con tan sólo veintisiete años, le impidió dejar atada su última voluntad. El monarca falleció así angustiado por el incierto porvenir de sus «otros hijos», abandonados en manos de la providencia. Excluidos de su testamento, Alfonso y Fernando Sanz no se beneficiaron así finalmente de la póliza de seguro contratada por su padre con La Previsión por valor de 500.000 pesetas de la época. Quedó estipulado que el dinero debía satisfacerse a los veinte años de la firma del contrato, o inmediatamente después de la muerte del regio asegurado, como así sucedió. Sin ser boyante la situación económica del rey Alfonso XII a su muerte, tampoco podía considerarse en modo alguno desesperada, como llegó a calificarse durante el encendido debate parlamentario sobre la lista civil del difunto monarca. De hecho, éste legó a su hijo Alfonso XIII una cantidad nada despreciable de dinero.