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Blas de Lezo: la forja de un héroe

Cojo y tuerto a los 18, manco poco después. Terribles heridas que forjaron un carácter inquebrantable, a un hombre que rechazó una vida de tullido en la Corte para consagrarse al servicio de la Corona y de la Real Armada. El libro 'Blas de Lezo. Una vida al servicio de España' hace justicia a su figura

Blas de Lezo, retrato de autor desconocido
Blas de Lezo, retrato de autor desconocidoMuseo Naval de Madrid

Blas de Lezo y Olavarrieta, el “Medio Hombre”, se ha convertido en los últimos años en la figura más reconocida, y querida, de la Historia Naval española. Sin embargo, se le recuerda prácticamente en exclusiva por su valeroso desempeño en la defensa de Cartagena de Indias de 1741 y no por el resto de sus meritorias acciones al servicio de la Real Armada española.

Su vida, si bien corta para los parámetros actuales, dio mucho de sí, pues sirvió en el mar casi 40 años, desde el mar Mediterráneo hasta el océano Pacífico. Ciertamente, la defensa de Cartagena de Indias fue el colofón de un larga y exitosa carrera naval, pero por sí misma no explica cómo Blas de Lezo se convirtió en el héroe que todos conocemos.

En el libro 'Blas de Lezo. Una vida al servicio de España' se hace un minucioso repaso por la carrera militar y la vida del marino guipuzcoano.

Cojo y tuerto a los 18

El destino de Blas de Lezo y Olavarrieta, en el momento de su nacimiento, ya estaba marcado por el olor a salitre y a pólvora, pues nació en la villa marinera de Pasajes de San Pedro en una familia hidalga y de larga tradición naval. Su abuelo paterno era el propietario del galeón Nuestra Señora de Almonte y San Agustín y entre sus ascendientes maternos estaba Domingo de Olavarrieta, capitán de la nao Nuestra Señora de Icíar durante la Jornada de Inglaterra de 1588.

Como tercer hijo del matrimonio de sus padres, no le quedó otro remedio que transitar la senda del segundón de casa grande: las armas o el mar. Su destino fue el mar.

Así, tras finalizar sus estudios en el Collége de France, una institución para los hijos de los hidalgos guipuzcoanos, fue enviado a Francia a servir en Marina Real francesa del gran almirante Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse. En el contexto histórico de 1701, la Real Armada española todavía no se había creado y los secretarios reales del recién coronado Felipe V decidieron enviar a dos jóvenes a Francia a formarse como "gardes de la Marine" según la doctrina francesa. Uno de los elegidos fue Blas de Lezo, el otro era el hijo del conde de Fernán-Núñez.

El joven Blas de Lezo, con apenas doce años, fue destinado al navío Foudroyant, el buque insignia del conde de Toulouse, en el que recibió sus primeras lecciones de matemáticas, astronomía y náutica. Sin embargo, también allí recibió su bautismo de fuego, pues el 24 de agosto de 1704, en el uno de los compases marítimos de la Guerra de Sucesión española, la escuadra del conde de Toulouse se enfrentó en aguas frente a Vélez-Málaga al combinado angloholandés del almirante George Rooke. El combate, aunque indeciso, se recuerda como una de las batallas navales más sangrientas del siglo XVIII. Dentro de los 1.700 heridos que sufrió la escuadra del conde de Toulouse, además de otros 1.500 muertos, por los 3.000 muertos y 1.900 heridos de los ingleses, había un joven guardiamarina español de quince años. Había perdido la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Esta podía haber sido la primera y última batalla, y el fin de la carrera de un oficial naval, pero Blas de Lezo se recuperó de su herida.

El gran almirante Luis Alejandro de Borbón quedó tan sorprendido por la entereza y el valor del joven Lezo, que en ningún momento había abandonado su puesto en el alcázar, que escribió a Felipe V de España para para informarle del suceso. Felipe V entonces ofreció al joven guardiamarina un puesto en su Corte como caballero de hábito, un empleo cortesano con una renta anual que le permitiera subsistir, pero el orgulloso Blas se negó a aceptarlo.

Así fue como el carácter del joven marino se empezó a forjar: con el fuego y la pólvora de la artillería, con el salitre y la brisa marina y con la madera de las cubiertas y de su nueva extremidad. Durante los siguientes años estuvo en diversas acciones y combates de la Guerra de Sucesión española, entre ellos los socorros de Peñíscola y Palermo y la defensa del puerto de Tolón. Todavía en la Marina Real francesa, esta vez bajo mando del mariscal René de Froulay de Tessé, defendió con bravura el castillo de Santa Catalina de Tolón frente a las tropas saboyanas e imperiales del general Johann Wilhelm de Sajonia. Allí, una esquirla de metralla le perforó el ojo izquierdo. Con 18 años ya era cojo, y ahora también tuerto.

A pesar de todo, su carrera continuó siendo meteórica y recibió el ascenso a teniente de bajel de guardacosta, pasando al puerto atlántico de Rochefort. Durante los siguientes años se destacó en misiones de patrulla y guardacosta, en las que capturó once buques enemigos, y escoltó a la Flota de Nueva España de Andrés de Pez, a través del océano Atlántico, hasta San Juan de Ulúa y su regreso a la bahía de Cádiz sin incidentes. Esta flota trajo una rica carga en lingotes de plata y azogues, la ansiada financiación que permitió a Felipe V ganar la Guerra de Sucesión española.

Cuando Blas de Lezo regresó a España, con 23 años y tras dos combates más contra escuadrillas inglesas, recibió el ascenso a capitán de fragata y su primer mando: la fragata Valeur. No podía tener mejor nombre.

Joven oficial de la Real Armada

Tras servir con su fragata en diversas operaciones de guardacosta, entre las que se reseña una famosa batalla contra el navío inglés Stanhope, retratada magistralmente por el pintor Ángel Cortellini Sánchez y que se puede visitar en el Museo Naval de Madrid, combate que, dicho sea de paso, nunca ocurrió, en 1712 pasó definitivamente a la Real Armada española. En los siguientes dos años estuvo destinado en la escuadra de Andrés de Pez en escoltas de convoyes logísticos y más tarde en la de Manuel López Pintado en el cuarto bloqueo de Barcelona, todavía en manos de los austracistas. En esta última misión, la que marcaría el fin de la Guerra de Sucesión española, actuó como capitán de navío en el navío Nuestra Señora de Begoña. En 1714, en los meses finales de la contienda, una de las descargas de las baterías del puerto de Barcelona impactó en su navío y alcanzó a Blas de Lezo en el antebrazo derecho, dejándoselo inútil. Cosa de un mes más tarde, se firmaba la capitulación de la plaza ante el James Fitz-James Stuart, duque de Berwick, y la Guerra de Sucesión finalizaba.

Cuando terminó la guerra, Blas de Lezo y Olavarrieta tenía 25 años, ya era capitán de navío, y también cojo, manco y tuerto. Sin embargo, algunos hombres están moldeados en el fuego y en el sufrimiento, y el marino guipuzcoano todavía hubo de cazar a los piratas ingleses George Shelvocke y John Clipperton en el océano Pacífico con su Armada del Mar del Sur, participar en la reconquista de Orán y Mazalquivir y forzar el puerto de Mostagán con la escuadra del Mediterráneo de Francisco Javier Cornejo, y defender Cartagena de Indias de la gran armada de Edward Vernon.

Los héroes no nacen en una batalla, sino que se forjan durante toda su vida, en el caso de don Blas, una vida al servicio de España.

CIRUGÍA NAVAL

A inicios del siglo XVIII, la cirugía naval todavía no estaba desarrollada como una disciplina científica, por lo que la mayoría de los cirujanos se formaban en “asientos” fuera de las universidades. Estos cirujanos romancistas se oponían a aquéllos que sí habían tenido una formación más reglada, los llamados cirujanos latinos. Debido a la dificultad técnica y a los rigores del servicio marítimo, la cirugía naval todavía era muy precaria en estos tiempos, lo que implicó que Blas de Lezo recibiera una atención sanitaria un tanto tosca: se le amputó la pierna con una sierra y se le puso pez hirviendo para controlar la hemorragia y sellar la herida frente a la infección; se le enucleó el ojo con una cucharilla y se le cosieron los párpados; y se le suturó la herida del antebrazo sin tener en cuenta el daño al nervio. Las consecuencias de estas cirugías de control de daños para la recuperación de la movilidad y las secuelas permanentes marcaron toda su vida y su, aún así, exitosa carrera militar. Curiosamente, el momento de traslado de Blas de Lezo de la Marina Real francesa a la Real Armada española coincidió con la expulsión de los cirujanos romancistas del servicio sanitario naval y la implantación de un nuevo sistema de médicos-cirujanos.

La portada del nuevo libro de Guillermo Nicieza Forcelledo
La portada del nuevo libro de Guillermo Nicieza ForcelledoDesperta Ferro Ediciones

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